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El bar como espejo
de la sociedad

 

Por Jordi Corominas i Julián

El café, antes de media hora, se quedará vacío. Igual que un hombre al que se le hubiera borrado de repente la memoria. El cierre de un bar se asemeja a las sensaciones que un libro deja en la retina. Durante unos días encadenas recuerdos que, en la mayoría de casos, se van diluyendo a medida que el cronómetro avanza sin preguntarnos. Quizá por eso sea necesario retomar viejas lecturas y despejar la duda de las nieblas de la impresión antigua para llegar al   juicio presente.

Llevaba doce años sin leer La colmena de Camilo José Cela. ¿Se renovaría la primera impresión negativa? ¿Renacería el entusiasmo de la segunda? No lo sabía. Mi mente, guiándome sin previa advertencia, decidió que mi universo para con la obra maestra del Nobel gallego era el bar y un personaje llamado Martín Marco. No iba desencaminado, aunque conviene decir que después de la revisitación los elementos aparecen más claros, con nitidez de paneles definidos.

Madrid en los años 50

Los bares en La colmena recorren su tejido y configuran parte del retrato social de una época, la inmediata posguerra, de penuria, silencio y alienación para buscar una salida al sopor grisáceo de un Madrid vivo y derrotado. La polifonía del texto permite ver la capital de España a vista de pájaro y disfrutar con el movimiento de los personajes en el mapa, lleno de establecimientos dedicados, en principio, al mero ocio entre seres humanos.

En este sentido el Café La Delicia se erige en espacio simbólico de las intenciones del novelista. La dueña y los trabajadores del local conviven con clientes fijos e individuos de quita y pon, seres que sólo guardan fidelidad a sí mismos y a sus circunstancias. Estos personajes son, en mi opinión, los más interesantes de La colmena, y creo que Camilo José Cela pensaba lo mismo, pues a lo largo del primer capítulo, menciona como los clientes de los cafés son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. Su universo se compone de un orden inmutable con pequeñas variaciones. Pertenecen a un panel de la colmena del mundo, y viven su rutina con la conciencia que el bar es un espacio que protege, un sitio donde sentir seguridad entre cuatro paredes porque En el café, parece que no, todo se sabe. También lo saben los trabajadores. Doña Rosa se siente poderosa por ser la propietaria de La Delicia. Su carácter plano en lo político contrasta con su autoridad casi hitleriana con los empleados. Sabe que el local es su feudo y por eso se siente importante, con licencia, si quieren, para matar chillando. Su concepto del bar es alienante al ser su propiedad el sentido mismo de su existencia, un anexo corporal. No ocurre lo mismo con los empleados, quienes piensan en algo más que las horas laborales para intentar sobrevivir a la miseria, siempre presente, siempre punzante. El músico Seoane, a quien le gusta no meditar las cosas para que pasen deprisa, toca su violín y piensa en su mujer, a quien le harían falta unas buenas gafas. No sabe que podrá cumplir su deseo por el despiste de un aspirante a poeta con necesidad de dinero y bolsillos vacíos, y rotos. Los cinco duros de Martín Marco en el suelo del café finalizan en manos del músico, mientras el Dedalus menor de Cela se frustra al comprobar, delante de un grabado que iba a ser para su amiga Nati Robles, que no encuentra las veinticinco pesetas que tanta falta le hacían.

El bar cambia la vida de sus empleados por pequeños detalles. Que se lo digan a López, el encargado, quien preso de los nervios al saber de la presencia de su ex mujer en la ciudad, romperá unas cuantas botellas, pecado ahora y pecado mayor en una época donde la escasez y el estraperlo mandaban. Más tarde, todo personaje merece una pequeña cuota de protagonismo, Marujita Ranero, tal es el nombre de la antigua esposa del encargado, llegará al bar e indirectamente ajustará las cuentas de López con doña Rosa mediante la intimidación que proporciona el vil metal y la palabra compra. Nada ha cambiado en el mundo, el cambio de color es casi una cuestión semántica. Por eso aún podemos entender, quitándole los atributos propios el tiempo en que fue escrito el libro, la esencia de algunos personajes que pueblan la realidad y la imaginación del bar. La señorita Elvira corre el serio peligro de convertirse en un mueble más. Se sienta siempre en el mismo lugar, acude a su cita con La Delicia un poco porque sí, tiene muchas ganas de fumar y hasta liga, lo que le permite tener buen tabaco, no la pedrea habitual de picadura. La seducción de Elvira es importante al marcar a través de ella la existencia de un personaje clave en los locales de ocio: el hombre que entra, se queda prendado de una clienta y al día siguiente piensa en ella como lo más bello que ha visto en su vida. Normalmente el hechizo se rompe, pero puede ser que el enamorado vuelva a pisar el bar con la esperanza de encontrar a su objeto de deseo. Y así, en ocasiones, hasta nacen amores.

Los personajes son marionetas del piloto gallego, quien sobrevuela Madrid y mueve los hilos para abrir nuevos confines en la trama narrativa. El bar de doña Rosa sirve como punto de partida de recorridos urbanos que en muchos casos tienen paradas similares.

El autobús de la vida de Martín Marco nada sin dinero a la búsqueda de una nada que quizá algún día cobre sentido. Su inicial expulsión del café por no tener, como quien dice, ni una perra gorda marcará su vagar por Madrid. Siempre vacío, siempre atento a su manera, combinará encuentros donde lo monetario tendrá especial relevancia en los diálogos. Con y en Martín vemos personajes prototípicos del momento histórico, hombres y mujeres que luchan, en una óptica muy neorrealista, por subsistir en la jungla del desastre, antiguas amistades y compañías adquiridas de contraste entre la pobreza y el misterioso lujo de los que ostentan. Nati Robles, guapa como el sol, viste bien a sus veinte años y no le falta de nada. Deja dinero a Martín y recuerda el primer beso en los labios en un parque. La Uruguaya y su cliente caminan con otro contoneo. La chica domina sus encantos y su lujurioso acompañante los del monedero. Martín se aprovecha y ve la vida pasar, no como el señor Suárez, la fotógrafa, mariquita coja que emprende su viaje urbano en La Delicia para terminarlo en el calabozo por su actitud demasiado cariñosa, de vago y maleante, en un bar de la calle Ventura de la Vega. Su madre yace muerta, asesinada brutalmente. Doña Margot en la morgue. Su hijo en chirona.

Quien tiene un poco más de fortuna es el bachiller Eloy Rubio Antofagasta, hombre raquítico y sonriente a quien Mario de la Vega decide contratar a ciegas como corrector de pruebas en su imprenta. La escena transcurre en primera instancia en el café de doña Rosa y posteriormente se alarga para exhibir, una vez más, la miseria de uno y la conciencia altruista del rico, contento de ayudar a quien lo merece, rol que sirve para introducirnos una nueva historia y un nuevo ambiente barístico. El hermano del bachiller es Paco Rubio, tísico con una novia enamoradísima que haría cualquier cosa por él, hasta prostituirse para poder pagar la comida y los medicamentos que Paco necesita, verbo que se impone en la narración, para seguir hacia delante. En esas está cuando un extraño caballero se acerca a su vera, la llena de hermosas palabras y dispara con bala verbal. Quedan para más tarde. Una propuesta en el aire. El lugar es el Café de San Bernardo, diametralmente opuesto al de doña Rosa, más lujoso y con otra función social. Lo frecuenta gente de bien que al igual que ocurre en su pariente pobre cotillea, los cobistas son claves en el ambiente, husmea en lo ajeno y malvive lo interior, como si la existencia fuera la crónica de un aburrimiento letal que sólo matar las horas puede aliviar. En el San Bernardo los clientes se extrañan si Pablo y su soporífera novia Laurita no intiman como antes, pero no se escandalizan si el extraño señor y Victorita, la novia del tísico, se sientan al fondo, lugar de confidencias y secretismos. De ellos, más bien de secretos, abunda el bar Aurora de Celestino Ortiz, quien le puso este nombre por su amor a Friedich Nietzche, autor subversivo, pista para entender las tendencias políticas de Celestino y las actividades nocturnas que desarrolla en su establecimiento, que Martín Marco tiene muy presente en sus oraciones . El bar es local comercial y casa. Se habla de repartir el oro del banco de España y del hambre de los trabajadores. La aurora contrasta con, volvamos a sus hábitos, el gusto de Pablo y Laurita. La hija de la portera nunca pisará, mientras su novio le aguante, nada con reminiscencias a la voluntad de poder. La atmósfera de un nivel superior trasluce en los bares de lujo cerca de la Gran Vía, pocas mesas, tragos largos de Norteamérica   y descripciones como la que sigue: Los clientes beben. Los hombres whisky, las mujeres champán; las que han sido porteras desde hace quince días beben pippermint. En el local hay todavía muchas mesas, es un poco pronto.

No sabemos si Celestino conoce al gitanito de seis años que ejerce de fino hilo entre bar y bar. No tiene horario, la calle marca su agenda y malvive hasta con la dificultad de cambiar las pocas monedas que gana, pues, se sabe, los bares siempre andan cortos de cambio. Su disparidad horaria es lo opuesto a las sanas costumbres de los clientes habituales: En el café de doña Rosa, como en todos, el público de la hora del café no es el mismo que el público de la hora de merendar. Todos son habituales, bien es cierto, todos se sientan en los mismos divanes, todos beben en lo mismos vasos, se toman el mismo bicarbonato, pagan en iguales pesetas, aguantan idénticas impertinencias a la dueña, pero, sin embargo, quizás alguien sepa por qué, la gente de las tres de la tarde no tiene nada que ver con la que llega dadas las siete y media; es posible que lo único que pudiera unirlos fuese la idea, que todos guardan en el fondo de sus corazones, de que ellos son, realmente, la vieja guardia del café. Los otros, los de espués de almarzoar para los de la merienda y los de la merienda para los de después de almorzar, no son más que intrusos a los que se tolera, pero en los que ni se piensa. ¡Estaría bueno! Los grupos, individualmente y como organismo, son incompatibles, y si a uno de la hora del café se le ocurre esperar un poco y retrasar la marcha, los que van llegando, los de la merienda, los miran con malos ojos, con tan malos ojos, ni más ni menos, como con los que miran los de la hora del café a los de la merienda que llegan antes de tiempo. En un café bien organizado, en un café que fuese algo así como la República de Platón, existiría sin duda una tregua de un cuarto de hora para los que vienen y los que van no se cruzasen en la puerta giratoria.

café cubano

Párrafo perfecto que muestra una característica aún vigente en los pocos bares de toda la vida, hablo en clave barcelonesa, que todavía resisten el impetuoso y anodino triunfo del diseño cool y homologado. En el bar Raim de Gracia, el cubano, los horarios no son los de los tiempos de doña Rosa, pero he observado muy atentamente con mis propios ojos el trasvase de medianoche, cuando los clientes de aperitivo, charla y ya veremos qué depara la noche emigran para dejar su plaza a los que aspiran a adueñarse de la nocturnidad a partir de la potencia del bar, siempre el mismo, siempre brillante, con la posibilidad de aportar a través de su conocimiento el ingrediente diario de novedad. Los dos grupos, salvo alguna historieta de amor sin más importancia, nunca se juntan, viven vidas separadas dentro de un universo paralelo.

Las ciudades contemporáneas merecen volver a ser descritas como en tiempos de Joyce, Dos Passos, Ruttman o, no lo infravaloremos por amoríos de senectud, Camilo José Cela. Este humilde texto podría tener mucha más extensión si ahondáramos en uno de los grandes temas de La colmena, el sexo, con sus bancos públicos, casas de citas, sufrimiento interior y un sinfín de espacios mentales y físicos que darían para una investigación en profundidad. Pero eso, ya es otra historia dentro del viaje de Marco con gafas que recuerdan a Dublín hasta en los prostíbulos, un Dublín madrileño que más de medio siglo después de su publicación en Buenos Aires sigue siendo algo más que el simple testimonio de un tiempo y un lugar. No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

 

 

 

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