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Café des Deux Magots

Por Manel Güell

El Café des Deux Magots estaba casi desierto. En la terraza, un anciano pasaba lentamente las hojas de Le Parisien sin prestar mucha atención a su contenido mientras que con la otra mano meneaba el vaso de vin chaud casi frío.

–Fíjate en el viejo –anunció Tony señalándolo a través del cristal–, verás lo que hace.

Justo en el momento que Dominique se fijaba en el hombre de la terraza, éste echó la silla hacia atrás al haber derramado el vino sobre el periódico y lanzó gritos mientras alzaba los brazos al cielo.

Los dos chicos rieron a escondidas.

En el interior del café, aparte de la mesa ocupada por los jóvenes, había otra más con una pareja y su hija pequeña; dos camareras paseando de un lado al otro del local y el camarero que secaba los vasos detrás de la barra.

–Ahora mira al camarero –apuntó otra vez Tony.

Dominique le observó un rato hasta que vio un vaso resbalar de sus manos y estallarse contra el suelo. Lanzó también improperios al aire.

–Pero… –la voz de Dominique fue interrumpida por la carcajada de su amigo.

–Y ahora observa la niña y la camarera rubia.

La niña se deslizó del taburete y caminó hacia los cristales que habían esparcidos por el suelo. La camarera rubia se acercó corriendo para impedir que la niña se cortara con ellos y, a un metro de llegar a ella, patinó, cayendo de espaldas sobre los cristales y propinándole una patada a la mocosa que intentó apartarse al verla caer. La otra camarera, pelirroja, corrió en su auxilio aguantando el equilibrio de la bandeja llena de vasos que portaba. Se acercó con velocidad al lugar donde estaba su compañera jadeando de dolor, tumbada de espaldas sobre el charco que había creado su propia sangre. Al pasar junto a los chicos resbaló un poco pero consiguió mantenerse en pie zarandeándose.

–Aparta el brazo de ahí, Dominique. ¡Rápido!

El chico, asustado, se llevó el brazo hacia el cuerpo. Dos segundos más tarde cayó en el lugar la bandeja repleta de vasos de la camarera pelirroja. Basculó hacia el suelo sin manchar ni herir a ninguno de los dos chicos. La pelirroja corrió en busca de su compañera sin hacerles caso.

Dominique miró a su compañero frunciendo el ceño.

–¿Se puede saber cómo sabes tú todo eso?

–¿A qué te refieres, Dominique?

–¡Sabes a qué me refiero! Primero lo del viejo, luego lo del camarero, más tarde lo de la niña y la rubia y ahora lo de la pelirroja –el rojo de su cara aumentaba –. ¿Eres brujo o qué?

–¿Brujo yo? –preguntó Tony sonriendo–. Mejor que eso.

–¿Quién eres?

Tony hizo chasquear los dedos y todo el mundo desapareció del Café des Deux Magots. Tan sólo quedaron ellos dos. No había viejo en la terraza, ni niña ni camareras; ni siquiera había los cristales rotos ni la sangre en el suelo.

–¿De verdad quieres saber quién soy? –preguntó levantándose lentamente y acercando su rostro al de su amigo. Éste estaba ya acongojado –. Soy el creador de esta historia.

Otro chasquido de dedos hizo desaparecer a Dominique. Se bebió la taza de café de un sorbo y abandonó el lugar pensando qué otra historia podría escribir.

 

 

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