Tengo un vecino que no sé cómo se llama, pues cada día cambia de nombre.
Todas las tardes nos vemos después del trabajo. Me quito el traje –mi disfraz de comercial–, toco el timbre de la puerta de al lado y suenan unos pasos que se arrastran. Todas las tardes oigo el pestillo que se descorre, su mirada desconfiada al principio, un reconocimiento lento de mi persona y después la sonrisa en su rostro. "Hola Miguel Ángel" me dice siempre. Siempre hay un deje de sorpresa y emoción en su voz, tanto más curioso porque sé que la única visita que recibe soy yo.
—Hola vecino —le digo. Todas las tardes bajamos alegremente y en silencio las escaleras del viejo edificio del DF en el cual malvivimos; nos acercamos al bar de la esquina y pedimos el primer mezcal de la tarde.
Hasta aquí todo igual. Tarde tras tarde.
La diferencia estriba en el número de licores que bebamos. Yo aguanto muy bien el mezcal, a pesar de ser español; pero mi pinche amigo mejicano no… O sí. Juzguen ustedes.
Conocí a mi vecino una tristona tarde de diciembre de mi primer mes en Méjico. Estaba entrando en el bar a tomar una Corona cuando lo vi sentado en una esquina, bebiendo solo. Me hizo señas y me acerqué.
—¿Es usted español? —me dijo. Yo asentí —. Le he visto por las escaleras. Yo me llamo Paulo y soy brasileño. Vivo en el departamento contiguo.
Le saludé y me senté. Me invitó a un mezcal y me gustó. Me gustó tanto que me olvidé de la cerveza. Me gustó tanto que me olvidé de hacer otra cosa después del trabajo que no fuera buscar a mi vecino para beber mezcal, preferentemente la marca "Los suicidas", la favorita del señor Amadeo Salvatierra, el cantinero.
Mi vecino aquel se presentó como Paulo. Llevaba bebidos seis tequilas y me contó que se llamaba Paulo Coelho y era escritor. Aquel día le creí. Durante varias tardes mi vecino me obsequió con unas cuantas citas de sus obras, que yo encontré un tanto ingenuas, aunque no dije nada por cortesía.
Dos semanas después de conocerlo, a la caída de la fría noche, mi vecino superó los diez mezcalitos y confesó que realmente se llamaba José Saramago y era un escritor portugués. A mí que llevaba diez "Suicidas" encima, tampoco me sorprendió tanto en un principio.
Una mañana iba paseando por una de esas eternas calles que tiene el DF cuando entré en una librería, la primera vez en mi vida. Allí encontré, en localización privilegiada, la última obra de Paulo Coelho; en la contraportada estaba la foto del autor, que no se parecía en nada a mi vecino. Busqué entonces, picado por la curiosidad, un libro de Saramago. Y lo encontré: se llamaba "El hombre duplicado" y, al hojearlo, comprobé que alguien se había olvidado de puntuar el texto. Pensé entonces, divertido, que tal vez había rebasado el número de mezcales aconsejable antes de sentarse a escribir. La contraportada no tenía foto pero decía que el autor vivía en Lanzarote. Sospeché entonces que mi vecino me engañaba.
Esa noche, cuando el número de licores llegaba a diez me armé de valor y le conté a mi vecino lo que había visto: le pedí una explicación. Él no habló, pero siguió bebiendo mezcal y lo mismo hice yo. Sin embargo, cuando pidió el decimoquinto mezcal, alcanzando un registro a la altura de pocos estómagos, temblando de excitación y oscilando de adelante hacia atrás, confesó:
—Querido Miguel Ángel —dijo él —. En realidad me he estado ocultando, soy un escritor argentino amenazado por los intolerantes y me llamo Jorge Bucay.
Me leyó entonces, arrastrando las palabras, un breve relato que dijo que había escrito. Y no sé si era verdad o mentira, pero el relato era tan malo, simplista y pretencioso, que decidí dejar de ser su compañero de tragos.
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En la actualidad todas las tardes bajo a tomar margaritas con mi vecina española del piso de abajo, que también dice ser escritora. Además de ser fea con ganas y llamarse Lucía Etxebarría, cuando supera el número de cinco cócteles confiesa que es Espido Freire.
Marzo-abril 2008 ©