Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio

El café de la Luz

Por Julio A. González

Llegó a las 9 y cuarto de la noche, como todos los sábados, y se sentó a modo de presidencia en el centro de la mesa, como si de la última cena se tratase. Yo les observaba a todos ellos desde detrás del mostrador, mientras limpiaba vasos y tazas, vaciaba ceniceros o rellenaba sifones. Miguel, el encargado, me trataba bien. Era mayor que yo pero pronto nos hicimos buenos amigos; yo no conocía a nadie en Madrid y en los últimos seis meses, lo único que había hecho era servir cafés a señoritos de segunda con ínfulas de intelectuales, literatos deslucidos y algún que otro anarquista sin bomba.

Café Pombo

El café era lugar de bienvenida para artistas y filósofos, bohemios de la época, que pasaban sus horas del sábado conversando sobre todo tipo de doctrinas. Pero los que acapararon mi atención casi de inmediato, fueron don Ramón y sus compañeros de tertulia. José Gutiérrez Solana, Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Mauricio Bacarisse, Pedro Emilio Coll y Salvador Bartolozzi, actores, productores, poetas, todos ellos pertenecientes al movimiento vanguardista. En sus acaloradas diatribas estaban permitidos todos los temas, todos excepto uno; la política.

Últimamente Don Ramón, comenzaba la velada con un reproche a don José Gutiérrez Solana, por la demora en la finalización del tan antojado cuadro de las tertulias; vigilaba muy de cerca al díscolo pintor, procurando que aprovechase el tiempo al máximo, y no distrajera en demasía, ninguna pincelada entre trago y trago. Mientras tanto, el resto de tertulianos, se dedicaba a la tarea diaria de diseccionar la última faena literaria de algún aspirante a escritor.

Durante aquel verano y a última hora de la noche, solía aparecer por la botillería Álvaro Montiel,   gran promesa de la fotografía periodística española y afanado ayudante en el estudio de Don Alfonso Sánchez García. Siempre llevaba colgada del hombro izquierdo una maquina de retratar, que un militar alemán de paso por Madrid, le había entregado en pago de unos servicios que aun están por determinar.

Álvaro y Miguel se conocían desde la infancia, cuando sus familias compartían patio y mugre en una corrala de Lavapies. Ahora mantenían una sana amistad, y una muy insana afición por la vida nocturna de Madrid, y la legítima reivindicación de la juerga del sábado por la noche. Me sentí muy honrado al saberme participe de tan entrañable camaradería, que compartimos durante aquellas noches de verano, en salidas nocturnas por tertulias, corrillos y verbenas.

Esa noche, Miguel nos sugirió que pasáramos por el café Levante, en la puerta del sol. Allí debería coincidir con un paisano que traía noticias de su familia en el pueblo.

El encuentro duró tan solo unos minutos, sin apenas cruzar unas palabras. Un gesto de complicidad, un abrazo, la entrega de un pequeño libro y un apretón de manos para la despedida.

Al término de la cita y según Miguel, para celebrar las buenas nuevas llegadas desde casa, nos dirigimos al El café de la Luz, un local clandestino regentado por una famosa ex modelo portuguesa, que solía estar frecuentado por toda clase de personajes, desde políticos ilustres hasta famosos toreros, pasando por todo tipo de ralea.

Se encontraba ubicado en lo que había sido un antiguo taller de reparación de carruajes, muy cerca de donde nos encontrábamos. Decorado en terciopelo rojo y oro con motivos orientales, el cliente disfrutaba de la fortuna de contemplar, autenticas falsificaciones de cuadros famosos de la época, lo que confería al entorno, un aire de burdel afrancesado.

Tras cruzar la entrada, la clientela podía admirar una fiel reproducción, del retrato realizado por Vincent Van Gogh a Agostina Segatori en el Café du Tambuorin. La Señora Gracia, que así se hacia llamar La doña, defendía a capa y espada que ella misma era el vivo retrato de Agostina Segatori e incluso en noches de paladar caliente, aseguraba que el cuadro autentico, era el suyo.

Vestían las paredes del establecimiento otras grandes obras, como La absenta, en el café de Edgar Hilaire Degas o el lienzo de Edouard Manet, Café concierto, realizada ya en los últimos años del pintor Parisien y como se refleja en ella, al Café de la Luz también acudían hombres de la alta sociedad en busca de amistosa compañía femenina.

El local contaba con dos salas. Una más amplia donde se desarrollaba la mayor parte de la vida social y otra más discreta y apartada donde según las habladurías sostenían, el mismismo rey tenía reservada una mesa.

A esta sala, se la llamaba La sala China, y solo se podía acceder a ella a través de una puerta de doble hoja disimulada en la pared, por un gran lienzo que plasmaba con gran exactitud, el cuadro El salón de la Rue des Molins de Toulouse-Lautrec. La obra representada, despedía tal admirable destreza y realismo que podría pasar por obra autentica del aristócrata francés.  

Mientras nos acomodaban en una mesa, reparamos que aquel día, la clientela era más reducida que de costumbre y un singular transito apresurado de camareros y doncellas hacia La sala China, dejaba el salón principal un poco desatendido.

Doña Gracia, hizo llamar a Álvaro, que excusándose ante nosotros, desapareció discretamente por la puerta de la sala de visitas, como nosotros la solíamos llamar.

El Montiel, que nunca desaprovechaba la oportunidad de cobrar un trabajo bien remunerado, realizaba artísticas fotografías por encargo; alegorías eróticas para el recreo y disfrute de algunos aristócratas y clubs de caballeros, que en días de “visita”, se reunían en la Sala China del Café de la luz. Bigotes importantes, grandes fortunas, escudos ilustres que intentaban pasar torpemente desapercibidos entre los parroquianos.

Miguel y yo conversamos durante horas, especialmente de política, del estado actual del país y de nuestros planes de futuro.

De vez en cuando, Miguel soltaba bravatas de anarquista y hacia alardes de valentía delante de alguna señorita, con la evidente intención de conseguir alguno de sus favores. Se encaramaba a alguna mesa del café, y aseguraba que en su bolsillo, portaba la solución que salvaría al pueblo de seguir siendo súbdito de un rey.

Yo le solía observar en la distancia, con envidia, intentando disimular como podía mi sonrojo.

Ya de madrugada, mientras cada uno se desperdigaba por las calles de Madrid,

Álvaro nos relataba con ironía, lo ocurrido aquella noche en La Sala China, ofreciendo pormenores de las perversiones y costumbres, de pretendidos aristócratas y prelados.

Sin duda, aquellas conversaciones, nos habían hecho amigos, y entre risas y bostezos al llegar a la Puerta del Sol, nos despedimos hasta otro día, mientras se escuchaba por la calle Carretas, la distinguible voz del sereno.

 

 

 

Marzo-abril 2008 ©

 

 

anterior

 

sumario

 

 

calidoscopio.net © 2006-08