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Piper

Por Jesús Alonso

 

“Si me quedo ciego traedme a Piper. Es el único lugar en el que podría vivir sin problemas. Me lo sé de memoria. Aquí nunca tropezaría”.

Piper, Salamanca. Sólo hacia falta poner la oreja y donde ponías la oreja llegaba la frase, como una bala.

–¿A casa?

Cualquier noche de cualquier año.

–¡A casa, lo último!

Poca gente me vio salir de Piper, salvo el camarero que cerraba. Nos gustaba tanto Piper que aunque alguien nos dijera o mejor aunque oyéramos rasgarse el cielo anunciando el advenimiento al mundo en simpática armonía de todas las legiones de ángeles celestiales tocando las trompetas anunciadoras del juicio final ninguno de nosotros se hubiera asomado a la puerta porque en Piper teníamos ya nuestro cielo y nuestro infierno y la noche eterna.

Sabíamos que la claridad puede volverse engañosa. En Piper trabajábamos para que la noche fuera eterna como en los ojos de los ciegos. Éramos vampiros colocados de espaldas a la puerta para que la luz que esperaba fuera para colarse sin pagar no nos convirtiera a la noche y a nosotros en pura ceniza.  

Piper no era un bar, era un submarino anclado en la nocturnidad más premeditada. En Piper estaba la noche como está la fidelidad en los patos. Piper era el último mohicano de la tribu nocturna, asediado por la luz invasora. La noche se refugiaba en Piper como el mercurio derramado se recluye en una única bola y si acababa el día era porque la noche se decidía y comenzaba a manar de Piper para ocupar la ciudad y sus alrededores.

–Ponte a la puerta de Piper y cuenta. Siempre entra más gente de la que sale. En verano cierran para sacar los cadáveres acumulados.

Pero había quien defendía la tesis contraria.

–Ponte   a la puerta de Piper y cuenta. Siempre sale más gente de la que entra. Piper es una puerta que comunica con el infierno y que surte a la humanidad de luzbeles.

–¿O de antípodas?  

–Ahora no me voy a poner a discutir si son luzbeles o antípodas.

En lo que todos estábamos de acuerdo era en la calidad y estatura de la barra.

–Esta barra me sienta como si estuviera hecha a medida. ¿Quién hizo la barra de Piper? ¿Cuándo y dónde nos tomó las medidas? ¿En que oscuro sueño nos imaginó?

–Hay sitios cálidos como lotos en los que uno se siente como en el vientre de la madre   –decía la amiga japonesa.

–En Piper, sólo podíamos morir alcanzados por fuego amigo –decía el amigo americano.  

–¿Cuántas piedras certeramente modeladas se fueron llorando por el agua?

A Piper iba todas las noches un tipo obsesionado por la erosión de la piedra arenisca de Villamayor. Pedía voluntarios para crear una unidad de subsuelo que siguiera su rastro por alcantarillas.

–Las lluvias discontinuas, el viento torpe o cruel arrastran celosías, miradores, balaustradas, cúpulas, cornisas, a todas horas diluyéndose. La arena que fue piedra de la ciudad orgullosa corre sumideros abajo allá donde las aguas son más sucias, para dar lugar a otra ciudad que la ciudad ignora. Germina la destrucción, ruina en forma de polvo dorado, bullendo bajo la ciudad ajena a una lepra antigua.

Basura venerable, despojo de una ciudad en perpetua disolución. Defendía que tanta pasión y hermosura no podía quedar en nada, que bajo la ciudad que quedaba resistiendo a la erosión, la otra ciudad resucitaría en cavernas donde se recompondría y reafirmaría en arquitecturas aún más fantásticas. Arriba una ciudad soluble, abajo una ciudad disuelta reconstruyéndose de nuevo.

–Como la piedra es ajena a su belleza así sois ajenos vosotros a vuestra capacidad de maniobrar contra la destrucción.

La retórica era caduca y nada emocionante, pero el alcohol es un gran actualizador de retóricas y emociones.

–Pedernoso cual tú sea mi nombre

         de los tiempos la roña resistiendo.

”Volverán hombres nuevos a buscarte piedra pérdida, piedra baldada. Torcerán la suerte de la gárgola que los siglos de hierro deshicieron. Reconstruirán bajo tierra lo que se derrumba en la superficie, levantarán debajo una ciudad idéntica a la que se va perdiendo arriba, convertirán la ciudad en una ciudad que se traslada copiándose a sí misma. Marchemos jubilosos hacia la batalla, corramos hacia ella como a una fiesta, con pies veloces, como el caballo de agitada crin que busca las yeguas".

–¿Y dónde será   la batalla?

Y él señaló con el dedo el centro de la alcantarilla del suelo de Piper.

Era ingenuo, no me lo digan, ya lo sé, lo sabíamos todos, pero la ingenuidad es perversa y eso enamora. Hicimos una brigada contra la erosión y durante un tiempo intentamos abrir la tapa y descender en busca de la piedra disuelta.  

Luego el tiempo también nos fue limando.

En Piper el tiempo no sólo se aceleraba, había un tiempo hípico que daba saltos y un tiempo esquizofrénico que se desdoblaba. No solía pasar muchas veces, pero en ocasiones podías ver arriba a un tipo que estaba también abajo.

–Tómate algo.

–No, ya estoy tomando algo abajo.

Y era verdad.

En Piper se estropeaban todos los relojes.

–Un ser vivo tiene metabolismo y, por tanto, un tiempo propio a contrastar con el que recibe del exterior, el de los planetas y calendarios. Resultado: el tiempo no sólo fluye del pasado hacia el futuro sino, que también se acelera.

En Piper se podría estudiar como en ningún sitio la aceleración del tiempo, ocurría siempre a partir de las tres.

–Cuando la densidad de un objeto celeste sobrepasa cierto límite su gravedad es tan grande que colapsa sobre sí mismo hasta convertirse en un punto singular que atrae todo lo que tiene a su alrededor. Esto es lo que llamamos agujero negro.

¿Sería Piper, un agujero negro? Quizá Piper fuera una singularidad en el universo, uno de esos lugares difícilmente imaginables, que son como un sumidero energético del que nada, ni siquiera la luz puede escapar.

En Piper tomaban copas un investigador médico y un físico cuántico. El investigador solía entrar en torno a la una, se tomaba cuatro o cinco copas y a las 5 de la mañana se iba al laboratorio a observar los cultivos. El físico iba más de cuando en cuando, pero cuando iba, iba de verdad.  

Todos pensábamos que eran unos Don Nadie, ¿cómo podíamos creer en unos científicos que pasaban tantas horas allí? A Piper iba también un peluquero, todos los días, eso nos hacía creer que era un peluquero moderno y creativo. Luego, la vida puso a cada uno en su sitio. El médico emigró a Estados Unidos y entró a trabajar en el equipo que descubrió los oncogenes. El físico público un artículo en Science haciendo algunas precisiones a la teoría de la relatividad. El peluquero me cortó una vez el pelo. Me dejó horrible. Son los prejuicios de la gente de letras.  

–Este tipo que sale en el periódico no es el de Piper.

–¿Dice en la entrevista que echa de menos a Piper? Pues entonces no es.

De Piper se podía hablar mucho, pero no lo hacíamos porque era hacer metapoética y nosotros éramos gente sana.

Entrometámonos más en las conversaciones, incluso en los monólogos.

–Sólo sabéis hablar de fútbol, tetas y culos.

–No es cierto también sabemos hablar de balompié, pechos y nalgas.

–¿Sabéis que se pueden hacer trasplantes de hígados a humanos?

–¡Qué bien! Por fin vamos a tener el hígado que nos merecemos. El mundo empieza a tener cierta lógica.

–¿Es una contradicción o no que un grupo anarquista abra una cooperativa autogestionada de conservas?

–Mira Chuchi, estoy indignado. Ese tío me quiere dejar, se ha molestado porque me ha visto por la calle agarrado de la mano de otro. ¡Y eso que es universitario! ¡Cómo está la Universidad eh, Chuchi!

–Otra vez se ha quedado solo el último replicante.  

–Estás loco.

–Sí, soy el locus amenus. Estoy loco de amor por una mujer a la que ni siquiera amo.

Había días que parecíamos condenados a la soledad y otros en los que éramos unos adelantados de una futura sociedad telepática.

En Piper había locuras individuales y colectivas. La fiesta solía ir por barrios, pero luego estaban las noches que alguien bautizó como panteistas. Esas noches, la fiesta estallaba en medio de todos.   Como por ejemplo aquella noche en que Antonio apareció a las tres de la mañana con una bicicleta y a Federico se le ocurrió hacer una contrarreloj. Se discutió en asamblea si individual o por equipos. Por fin, se decidió que en vistas de que sólo había una bicicleta lo mejor sería correr individualmente. El primero en salir fue Federico, y el último, porque al tomar la primera curva le derrapó la rueda trasera y cayó sobre el asfalto con tan mala suerte que se le clavó en un pulmón el bolígrafo que llevaba siempre encima por si se le ocurría una frase brillante. Quince días estuvo entre la vida y la muerte por culpa de sus tres grandes amores: Piper, el ciclismo y la literatura.

Sabíamos que la tragedia del hombre es irrisoria y que el éxito también.

En Piper deberían haber puesto un cartel que dijera: Prohibida la entrada a todas aquellas personas que no crean en la esencial heterogeneidad del ser.

–¿Tendré cosquillas en los pies?

Juro que alguien me pregunto estó una vez en Piper.

En la barra de arriba de Piper estaba Víctor, pero nosotros lo llamábamos Antonio das Mortes, matador de cangaceiros. Una vez contrataron a un camarero simpático, los ortodoxos, con el apoyo del resto consiguieron que fuera despedido, incluso algunos pagamos de nuestro bolsillo la idemnización:

–Tío, no es nada personal, vuelve cuando aprendas a ser un borde.

Del piso superior de Piper al piso inferior no se bajaba: se descendía, descenso guarda en su seno más verticalidad. Pero también pudiera ser, que a veces ese descenso o esa caída accidental o voluntaria se produjera de forma ascendente. El caso, es que el piso inferior de Piper era pórtico de gloria o prólogo de infierno y los allí descendidos o ascendidos (directamente o después de jugar la promoción) parecieran ángeles semicaídos o demonios acogidos a la reinserción.

En Piper era la noche donde abrevaban caravanas de sedientos noctívagos mercuriales.

En Piper la noche era más clara que alborada.

En Piper las metáforas vinculaban dinámicamente los espacios distantes y los elementos primigenios, de tal modo que todo se asociaba en un mundo no unitario paro no por ello inapelablemente fragmentado.

Piper se basaba en el recato de las pretensiones explicativas, la autenticidad de la interrogación, la conciencia del tiempo, tan antiguo y tan moderno.

–Hace tanto tiempo que no me acuesto con nadie que creo que me he vuelto virgen otra vez

Piper no tenía un campo magnético global. Piper vivía de anomalías magnéticas, similares a las de Marte. Todos eran objetos, probablemente formaciones de una misma roca fundida que de alguna manera emergieron a través de la corteza y se solidificaron. Cuando se enfrían adquieren memoria del campo magnético original.

En Piper aprendimos que las herejías no triunfaron porque tenían menos armas pero también porque defendían ideas más complicadas y que no hay que confundir lo apolíneo con lo dionisiaco.

Todo lo que leía lo identificaba con Piper.

De Piper siempre recordaré a aquella mujer llorando delante del novio con el que había roto y al imbécil destrozado recogiendo los pañuelos que ella empapaba con sus lágrimas.

–Los guardaré en la caja de los gusanos de seda, así me acordaré siempre de lo capullo que he sido. Él era así, hilarantemente tremendista. Se perdía por una frase.  

Hace mucho que no vamos por Piper pero me han dicho que andamos por allí clonados. Quizá el de los oncogenes... quizá aquellos cultivos eran nuestros cultivos.   

 

 

 

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