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Dream Jazz Club II

Por Sonia Antón Ríos

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Se terminó de un trago el whisky, apagó el cigarrillo, recogió el abrigo y abrió la puerta que sujetó esperando a que aquel hombre, aquel Allen, se levantara y saliera de su casa.
–¿Tienes coche?
–Sí.
–Entonces ¿me puedes acercar al club? Por cierto ¿cómo te llamabas?
–Creo que no te lo dije… Víctor, me llamo Víctor Allen.

Entraron en el ascensor en silencio. Ángela era consciente de que Víctor le pedía respuestas, pero ella aún no estaba segura de poder dárselas. Sólo necesitaba algo de tiempo.
El coche paró en la puerta del Dream Jazz Club.
–Víctor, espere a que yo me ponga en contacto con usted, estoy vigilada por Peter y no debe verle. Por favor, no haga nada. Que Peter no le vea más. Y no venga por aquí.

Cerró la puerta y entró con paso ligero y corto de nuevo en el club, allí le esperaba la policía y un gran revuelo.

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–Ricky! ¿Qué ha pasado?
–¡Hola Ángela! no veas la que se ha montado. La muchacha esa que estaba contigo sentada…
–Sí la francesa, Camille.
–Sí, esa, pues que le ha roto una botella en la cabeza al tipo ese con cara de matón, creo que tú lo conoces.
–¡Peter!
–Sí, creo que se llama así. Casi lo ha dejado KO, se lo han tenido que llevar al hospital, y luego se ha montado una bronca increíble, una pelea como las de hace años.
–¿Donde está Camille?
–Ángela, no te vayas que la policía quiere hablar contigo. Por cierto, nos ha dicho la francesita que tú eras la dueña del club.
–¿Eso os ha dicho? la voy a matar…
–¿Es verdad? ¿y qué mas da que lo sepamos?
–Solo tengo parte del club.
–Ya, pero eres la jefa y lo tenías en secreto, ¿cómo has podido?
–Y qué más da, acaso no era mejor así.
–Bueno, sí, era un misterio, las órdenes nos venían del contable pero no sabíamos quien las daba, bueno ya hablaremos. Deberías ir a ver al la francesa, está como una cabra.
–Voy a ver que pasa, gracias Ricky. En otro momento más oportuno hablamos, ¿de acuerdo?

En el local estaba la policía, los músicos recogiendo los instrumentos y los camareros los cristales rotos. Había un silencio raro, sólo se escuchaban pisadas, murmullos y, de fondo, alguien que lloriqueaba. En la puerta del servicio de señoras había un hombre corpulento de generosa papada y gafas caídas que miró a Ángela con desconfianza y con algo de esperanza.
–¿Es usted Ángela Wright?
–Sí, soy yo.
–Soy el inspector de policía Steel. ¿Conoce a la joven que está ahí encerrada?
–Sí, es mi sobrina.
–¿Sabe usted lo que ha pasado?
–No, lo siento, acabo de llegar.

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–De todas formas creo que debería decirle que no estoy aquí por el botellazo que la joven esa que está llorando, sino por la persona a quien le ha propinado el botellazo, lo estábamos buscando desde hace meses. De hecho, gracias a ella lo tenemos. Lo conoce usted, ¿conoce usted a Peter Ryan? El camarero dice que ha venido aquí un par de veces.
–¿Por qué lo buscaban?
–Es sospechoso de asesinato. Si lo conoce tengo que hacerle unas preguntas, lo mismo que a esa joven, esperaré aquí hasta que salga para interrogarla.
–Al señor Ryan lo he visto un par de veces en el club, pero ya sabe usted como es esto, viene mucha gente, todo tipo de personas, pero nadie se mete en la vida de los demás.
–Quiere decir ¿que no sabe nada de él?
–Exactamente. Alguna vez se sentó e intentó invitarme a una copa que rechacé, pero no hay nada más que contar. ¿Me permite que vaya a ver si puedo sacar a la chica de ahí?
–Sí claro, señora Wright, se lo agradecería mucho. Esperaré ahí, en la barra. Por cierto su marido…
–¿Qué pasa?
–Están separados, ¿por qué sigue usando su apellido?
–Es fácil, me gusta más que el mío, pura estética, bueno y la costumbre supongo.
–Y posiblemente así se quita muchos moscones, ¿no?

Ángela pensó que era una estupidez contestar aquello, así que consiguió fingir una leve sonrisa y entró al servicio de señoras.

–Camille, abre la puerta…
–Señora Wright… pase.
–Llámame Ángela y ¿se puede saber qué ha pasado? ¿Has visto la que has liado? ¿Qué haces? ¿Y quieres dejar de llorar?
–Sólo es un poco de marihuana, es que estoy muy nerviosa y no puedo dejar de llorar, seguro que lo he matado.
–Vamos no digas tonterías, ese tiene la cabeza muy dura seguro que un botellazo de una joven frágil como tú no lo mata…
–Pues se quedó sin conocimiento… y por qué te ríes…
–Cómo no me voy a reír. Y no me digas que te vas a fumar un canuto, eres una maldita hippie de esas que fuman hierba.
–Te molesta… ¿quieres una calada?
–Bueno, no creo que me mate, trae, estos servicios son un poco estrechos, ¿no? Y dime ¿qué pasó?
–Pues yo estaba en la barra y vino el tipo ese y dijo que yo era muy bonita y que me invitaba a una copa en su casa. Oye no te lo fumes todo.
–¿Y qué pasó?
–Pues en un primer momento pensé que porqué no, total Paul no sabe ni que existo.
–¿Qué Paul?
–Ángela ya te lo conté, ¡el contrabajista! Por el que he venido a Nueva York, el que ni si quiera sabe que existo…
–No llores otra vez, vamos, cómo puedes llorar tanto, Dios mío, llevas todo el día llorando, ¿no te das cuenta?
–Y tú porque te ríes, Ángela ¿te ríes de mí?
–Que no… Vamos sigue.
–Pues eso que como Paul ni siquiera sabe que existo pues pensé que porqué no, que así tendría un sitio donde dormir. Pero en ese momento noto como su mano empieza a magrearme el culo de manera descarada y asquerosa y justo a nuestro lado pasa el camarero que llevaba una botella que yo le quito y le rompo en la cabeza al asqueroso ese amigo tuyo…
–No, no, no. No es amigo mío, ni se te ocurra decir a la policía que es amigo mío, yo ni le conozco.
–Ángela, vocaliza, casi no te entiendo ¿y quieres dejar de reírte?
–Es que no puedo, esto que me has dado… me hace reír.
–Y ¿no deberíamos salir?
–Acaso quieres ir a la cárcel Camille… no, no, no llores, que es broma… aquí estamos bien, sentadas en la taza del water mirando la puerta con ese corazón que pone Camille y Paul… ¡te voy a matar!
–No te enfades, se puede borrar y creo que no deberías fumar más, ni reírte tan escandalosamente. ¿Me perdonas Ángela?
–¿El qué?
–Todo.
–Vale.

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–¿Estás mejor Ángela?
–Sí, muy bien, ya se me ha pasado. ¡Mira Camille! Vamos a salir y le vas a decir al policía lo que me has contado, pero no le digas que conozco a Peter Ryan,¿de acuerdo?
–Sí, Ángela.
–Vale. Y luego nos iremos a mi casa.
Y Camille asintió con la cabeza mientras sonreía con los ojos y apretaba los labios. Salieron, se miraron en el espejo, la joven terminó de sacarse las lágrimas y salieron fuera del servicio de señoras. Al verlas salir el policía llamó a Camille y Ángela se dirigió hacia la barra donde estaba acodado Smith pendiente de todo lo que sucedía. Aunque en ese momento se extrañó de verlo allí tan tarde, por otro lado pensó que tenía suerte y que era justo la persona que necesitaba.

–Ricky por favor, ponme un whisky. Hola Smith, ¿le importa si me siento en este taburete?
–Buenas Sra. Wright. No, claro que no. Será un honor para mí.
–Gracias. Oye Smith, ya se que usted y yo apenas hemos hablado, pero me deja que le cuente algo que pocas personas saben, por lo cual, confío en su discreción.
–Claro, me encantaría y puede confiar en mí, además no tengo prisa –y sonrió tendiendo lazos cómplices que a Ángela no le apetecía recoger, pero debía continuar.
–¿Sabe que estoy separada?
–Algo se rumorea, pero en realidad sigue siendo una persona de las más misteriosas de este club, y vienen bastantes, ¿verdad?
–Quizá ese sea parte del encanto de un sitio como este, al que acuden muchos fieles que nunca se confiesan. Usted mismo también es un personaje misterioso, dígame Smith ¿cuál es su verdadero nombre? Y a qué se dedica.
–¿De repente se ha vuelto usted curiosa?
–Digamos que todo tiene su porqué. Quiero cerciorarme de que es una persona honesta a quien le puedo vender mi parte del club. ¡Venderlo ya!
–No me diga, ¿se va?
–Sí.
–Pues perderá un gran aliciente este local.
–Gracias, pero exagera.
–Qué va, lo digo en serio.
–Gracias, pero vayamos al grano, ¿estaría dispuesto a comprarlo?
–A qué pregunta quiere que le conteste primero…
–Perdone, quizá le esté apabullando.
–No se preocupe, me divierte todo esto. A ver, vayamos por partes: me llamo Eliot Swan.
–Bonito nombre.
–Gracias. Soy profesor de universidad y, segundo, estudiaré atentamente la oferta, aunque presumo que el precio será elevado, ¿Qué le hace pensar que tengo el dinero?
–Quizá sea intuición.
–Intuición femenina.
–¡Oh! Venga vamos, no me diga que cree ese rollo de la intuición femenina. Es un invento para explicar cosas que no se pueden explicar o que la mayoría de las veces son coincidencias o suerte. Sólo es intuición y que le he observado, claro. Viste bien y gasta dinero pero no derrocha. Debe de vivir solo por lo que no tendrá muchas cargas y no sé, tenía que probar.
–Mire señora Wright.
–Ángela, por favor.
–Creo que puede que me interese comprarlo, quizá tenga el dinero, pero no se si quiero complicarme la vida, y además, ¿por qué quieres venderlo? ¿y por qué tanta prisa?
–Está bien Eliot, creo que ahora me toca hablar a mí. Hace unos tres años me diagnosticaron una enfermedad degenerativa, el mayor síntoma era que iba a perder la memoria paulatinamente. Aquello me aterró, es más, desde entonces vivo con el miedo de que al día siguiente comience a perder el recuerdo de mi vida. Aquella crisis trajo también la de mi matrimonio y, amistosamente, decidimos separarnos. En el reparto apareció que mi marido tenía el setenta por ciento de este club, algo que me había ocultado. Yo necesitaba hacer algo con mi vida, ya que hasta ese momento había sido sólo ama de casa, y ambos decidimos que yo me quedara con el club. Creo que una de las mejores experiencias de mi vida.
–Así que eres la dueña y nadie lo sabe… qué interesante. Y ¿ni siquiera los camareros lo saben?
–No, bueno no lo sabían, pero justo esta noche se han enterado.
–Vaya. ¿Por qué no se lo dijiste antes?
–Lo iba a hacer, te lo juro, pero quería esperar. No quería ejercer de jefa, sencillamente no me apetecía, y menos que me conocieran bajo ese rol. Y al final pasó el tiempo y me acostumbré a que me trataran como una visita habitual, y me gustaba esa relación, más de camaradas que de otra cosa. Pero bueno, casi hasta hoy, porque Johnny se ha enterado, e imagino que, aunque es una persona discreta, se lo habrá contado a los compañeros, más que nada para ponerlos sobre aviso.
–¿Por qué lo vendes? No lo entiendo.
–Es fácil Eliot, necesito el dinero. ¿Me lo dirás en estos días?, confío en ti y en tu silencio, no quiero que se entere nadie de que me voy de viaje. Lo siento, deberás decidirte pronto.
–Y tú que harás…
–Pues aún no lo sé. De momento ahora mismo me voy a casa, estoy rendida.
–Yo también me voy, ¿quieres que te acerque?
–No gracias, espero a Camille, Johnny nos llevará. ¿Lo pensarás?
–Está bien, lo pensaré. Hasta mañana Ángela.

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Observó cómo salía del club, le daba pena, pero no podía evitarlo, Smith le ponía algo nerviosa, aunque le caía bien y le daba una extraña confianza. Camille estaba en la barra hablando con Paul, esto le sorprendió y sonrió mientras se acercaba a ellos. Pensó que hacían buena pareja, la frágil loca y el taciturno músico, algo rara pero buena, jóvenes modernos, ansiosos de vivir experiencias. Siempre le había gustado a Ángela juntarse con gente más joven, le contagiaban ese optimismo, muchas veces absurdo, lo sabía, pero esa ignorancia propia de la inocencia, pensaba, debía de formar parte de una felicidad casi plena.
Se acercaba a ellos y se le agolpaban los pensamientos y los recuerdos, le recordaban a ella, hace años, también en un bar.
El club ya apagaba las últimas luces, la policía ya se había ido y los camareros había recogido todo, había silencio y una creciente oscuridad, fase a fase.
–Camille, ¿nos vamos? –pero la cara y el cuerpo de Camille no quería irse; Paul se cuadró respirando en voz alta– Paul, ¿te vienes? ¡Vamos!, la última en mi casa. Por cierto, debo darte las gracias por llevarme a casa el otro día, lo siento, casi estoy avergonzada.
Mientras hablaba la cara de Camille pasó del blanco al rojo preguntándose por el tipo de relación que tenían Ángela y Paul, las preguntas se le agolpaban tras su boquita cerrada bajo su ceño fruncido.
Ángela se dio cuenta y la cogió por el hombro para tranquilizarla, lanzándole una mirada cómplice que decía no seas tonta, que no pasa nada.
–No se preocupe señora Wright, fue un placer ayudarle. Si quieren las puedo acercar a casa, tengo el coche ahí mismo, y bueno, acepto esa copa.
–¡Estupendo Paul! Vayamos entonces –la joven lo miró nerviosa.

Y tras ellos Ricky cerró las puertas del club, se subió la solapa de la chaqueta y se escabulló con paso ligero en dirección contraria, bajo la lluvia, bajo la luz de las escuálidas farolas. Deseando llegar a su cama antes de que el sol templara sus sábanas.

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Pensaba que formaban un trío extraño y ello le daba mucha risa, risa que ocultaba tras una sonrisa perenne de cortesía. Ella les observaba a los dos, Paul observaba la nada y Camille sólo le miraba a él, como una gatita en celo que jugueteaba con las miradas, cuando él dejaba caer la suya sobre ella, Camille la quitaba cubriéndose de un halo de falsa sofisticación. Estas reacciones tan pueriles de Camille son las que más le atraían a Ángela de la joven, sentía que estimulaban su lado más maternal, sentimientos que reconocía como nuevos y por lo tanto atrayentes para ella, por regla general casi todo lo nuevo le gustaba, porque le divertía, cualquier pequeño detalle novedoso le hacían sentir más viva. Todo esto sucedía en el ascensor que les subía al apartamento de Ángela.
–Ya hemos llegado chicos –les sonrió mientras abría la puerta– está muy desordenado, lo siento, ha sido una noche muy extraña y larga. Poneros cómodos, en el bar tenéis lo que queráis. Si no os importa me voy a dar un baño, a ver si así atraigo el sueño.
Las últimas palabras las decía ya desde la habitación, Paul y Camille estaban sentados en la salón, algo petrificados, escuchando cómo los zapatos de tacón caían al suelo.
–Al final del pasillo hay una habitación con dos camas, podéis dormir ahí, tiene un cuarto de baño, por si os queréis duchar –de nuevo hablaba Ángela desde su habitación, con el ruido de fondo del grifo de la bañera abierto.

Los dos jóvenes no sabían que hacer, les cohibía aquella habitación destartalada como si hubiera sido víctima de un registro policial. Paul se arrepintió de estar allí, apenas conocía a aquella chica que se le insinuaba desde el primer hola en la barra. Habían hablado poco, sabía que era francesa y que había venido a Nueva York un poco a la aventura, a conocer la ciudad. Él sencillamente se había dejado llevar porque la había visto con Ángela y secretamente pensó que sería una forma más o menos buena de acercarse a la mujer que estaba bañándose.
Ahora no sabía qué hacer, se veía en una situación equívoca que no podía resolver fácilmente. Su mente iba despacio pero no paraba, su corazón estaba acelerado cuando Camille le sorprendió sentándose a horcajadas mirándole fijamente a los ojos y desabrochándole primero la corbata y después la camisa. Comenzó a besarlo descuidadamente. Su mano tocó su torso, investigando por debajo de la tela. Sus caderas buscaron un ritmo sobre la ropa y lo besó de nuevo. Todo se acompasó. Ritmo y beso, saliva y piel. Ella abrió su camisa blanca y acarició de su piel negra, bajó hasta el cinturón que deshizo y metió su mano por debajo del pantalón. Paul hundió sus manos entre sus rizos y las bajó por su espalda y la cremallera hasta rodear su culo y su vientre cuando subió su pequeño vestido hasta su cintura para acabar en sus pechos a los que se aferró ya sin miedo, acariciando sus pezones puntiagudos. Después se levantó cogiéndola en brazos, ella sonriente, él confuso y preguntándole “¿ y tú de dónde has salido?”. Entraron en la oscuridad de la habitación y cerraron la puerta tras de sí.

 

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Salió del baño convencida de que sí, estaba más relajada, pero de que no podía dormir. Así que se secó bien y se puso aquel kimono de raso que le regalara su ex marido. Decidió ordenar la casa, quizá así consiguiera descubrir que iba a hacer. Pero primero se iba a preparar un café con tostadas y un zumo, ya era de día y le gustaba desayunar ante la gran ventana del salón y observar los cambios de luz de la ciudad mientras pensaba en los últimos acontecimientos. Una cosa sí tenía clara, quería marcharse de la ciudad, es decir, Charlie y Peter tenía que olvidarse de que ella existía antes de que ella se olvidase de sí misma. En aquel desayuno decidió que la residencia que visitara meses atrás en California sería el lugar ideal para perder la memoria. Con la venta de su parte del club a Smith tendría suficiente dinero para pagarla, seguramente, por muchos años. Por otra parte, tenía aún algunas incógnitas que debía resolver. Por un lado, Peter estaba en el hospital y la policía lo tenía retenido seguramente acusado de la muerte de Marcus Allen, mientras que su hermano Víctor esperaba una respuesta de ella, aunque dudaba qué tipo de respuesta quería y, por otro lado, a Charlie le quedaba muy poco para salir de la cárcel, pero no quería esperar hasta el final para resolverlo. No estaba segura de poder ayudar a todos, ni sabía quien lo merecía o de quien podía fiarse. Inconscientemente también crecía en su interior la curiosidad sobre lo que guardaba dentro la caja. Vagaban por su mente pensamientos dispersos que le inducían a querer quedarse con la caja y no dar gusto a nadie. Claro que antes debía saber qué significaba, para qué servía aquello que custodiaba.

Intentaba ordenar sus pensamientos a la vez que ordenaba el salón y tiraba los objetos rotos. Se asombraba del poco temor que le daba el hecho de que le hubieran registrado la casa y no supiera quien, aunque estaba segura de que había sido Peter, cabía otra posibilidad, que hubiera sido Víctor en busca de alguna pista. Lo de esperarla en la puerta había sido una buena treta de despiste. Pero acaso ¿sabía él algo de la caja? Pues si fuera así pensó que accidentalmente le había dado alguna pista y creyó que volvería de nuevo. Pensó que ella era quien debía adelantarse a los acontecimientos.
–Buenos días Ángela. ¿Estás bien? ¿Qué tal has dormido?

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–¡Hola Paul! Al final no he dormido nada, he estado recogiendo la casa. ¿y tú? Tampoco has dormido mucho, ¿no? Pero no se te ve muy alegre.
–Es el día siguiente, ya sabes.
–Ya sé ¿qué? No entiendo.
–Ya sabes Ángela, sólo ha sido sexo. Nos acabábamos de conocer.
–Pobrecilla…
–Pobrecilla porqué, se me echó en los brazos y ella tampoco me conocía de nada, así que…
–Sí, bueno, tienes razón, supongo. ¿Se te echó encima? ¡Vaya con la mosquita muerta! Está más loca de lo que pensaba.
–¿Cómo dices?
–Nada, pensaba en voz alta. De todas maneras espera a ver cual es su reacción y luego ya verás como actuar.
–Yo pensaba irme ya, aunque… no sé que hacer.
–Paul, no puedes irte.
–Por qué.
–Por dos razones, primero por que sería muy ruin dejarla así, y segundo porque me tienes que hacer un favor.
–¿Cuál?
–Llevarme esta mañana a la cárcel estatal.
–¿Por?
–Sin que de momento me hagas preguntas sobre el tema.
–Pero ¿te puedo hacer una pregunta?
–Paul…
–No, sobre eso no, tus motivos tendrás, no soy indiscreto.
–Vale, ¿qué?
–Tengo un contrato por unos cinco meses en un club de París, me voy después de Navidad y…
–¿Y?
–Y que si te vienes conmigo.
–¿Contigo?
Ángela no sabía cómo encajar la proposición, era halagador, pero no entendía por qué. Se dirigió a la cocina americana y mientras pensaba esto fue justo cuando Camille con un albornoz y el pelo mojado entró en el salón.
–¡Buenos días! ¿Hay algo para desayunar?
–Hola Camille guapa, ¿has dormido bien?
–Sí, Ángela, bueno, no mucho –y miró dulcemente a Paul que estaba de espaldas mirando por la ventana, extrañada, le entró un dolor en la boca del estómago, lo veía a kilómetros y kilómetros de distancia, lo intuía ausente, serio.
–En la cocina tienes café recién hecho y puedes coger lo que quieras. Paul ¿quieres tú también desayunar?
–No gracias Ángela, nunca tomo nada por las mañanas. Voy a ducharme.

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–¡Has visto Ángela! Ni si quiera me ha mirado.
– No te preocupes Camille, dale tiempo, apenas os conocéis.
–Sí, tiempo, no tengo tiempo, y sería tiempo de dolor.
–Vamos ten fe, todo saldrá bien. Camille cielo, Paul me va a llevar a solucionar unos asuntos, nos vamos inmediatamente, en cuanto salga de la ducha. Yo voy ahora mismo a arreglarme.
–Qué asuntos, ¿y a dónde?
–Ya te lo contaré –dijo despreocupadamente desde la habitación.
Camille sentía ganas de llorar pero contenía tanta rabia que ni eso podía. No sabía qué hacer ni que decir. Tan sólo terminó su café y se sentó en el sillón rojo, con la mirada perdida y muda. Apenas oyó como se despedían y cerraban la puerta.

–Tanto te habría costado decirle algo, ¿no eres cruel?
–Cruel por qué.
–Porque ella está enamorada de ti. O es que eres un hipócrita de esos.
–No crees que te estás pasando Ángela, no me meto yo en tu vida. Además, no sabía como actuar, no quería meter la pata, ni dar falsas esperanzas. No sé nada. No sé.
–Está bien, entiendo.

Y a partir de aquí continuaron su marcha en silencio. Algunos monosílabos de confirmación o negación sobre el trayecto a seguir y algunas indicaciones. No obstante, ninguno de los dos estaba incómodo. Sensación que les sorprendía a ambos, a un mismo tiempo, cada uno desde su ensimismamiento.

Por fin se encontraba Ángela frente a Charlie. Una vieja mesa de madera les separaba. Tenía mejor aspecto del que ella esperaba, y en un primer momento le sorprendió el profundo azul de sus ojos, azul que había olvidado. Había ganado en corpulencia e imponía respeto, casi miedo pensó. Pero también reconoció a su vecino con el que tanto había jugado y con el que había dejado la infancia atrás un mismo día.
Afuera en la calle nevaba, y dentro de la cárcel se podía oler ese frío que tan bien casaba con el ruido de rejas y puertas, de eco de pasos, de llaves, de reclusos tras las paredes. Hasta ese momento el tiempo se había llenado de esperas ante un funcionario, otro funcionario, preguntas, y más preguntas que Ángela satisfizo correctamente, unas veces con la verdad, otras inventándose que era la novia de Charlie.

–Hola Ángela, en cierto modo esperaba tu visita, sabía que no ibas a poder esperar a que saliera.
–Hola Charlie, sí tienes razón, no puedo esperar y quiero solucionarlo ya.
–Tiene gracia eso que has dicho a los guardias.
–¿Qué he dicho?
–Que eras mi novia.
–¿Por qué tiene gracia?
–¿No te acuerdas que yo siempre te decía que tú eras mi novia?
–No, no me acuerdo.
–Vamos, no lo creo. Quítate las gafas de sol, quiero verte bien.
–No quiero, me molesta la luz.
–Me dijo Peter que ahora eras ave nocturna y que llevas un bar. Qué ha sido de la señora discreta ama de casa.
–Nada, sólo que las cosas han cambiado.
–Aún tienes la caja, ¿no? Y es curioso Ángela, ¿sabes por qué no te la he pedido antes? Porque no me acordaba de ella, te lo puedes creer –rió atronadoramente–, la verdad, tampoco le di importancia. Pero tuvo que aparecer Marcus Allen y tocar las narices. Se hacía el bendito con lo de la muerte de su madre pero lo que quería es el dinero, y no sé como cojones se enteró de que yo tenía la llave de su tesoro, bueno tú la tienes. Pero le tengo que dar las gracias, por él sé de la importancia de esa caja. ¿Te acuerdas de lo que pasó aquel día? Estás muy callada, ¿qué pasa?

 

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No se había dado cuenta pero era verdad, estaba muy callada, en realidad no estaba allí, aunque escuchaba perfectamente todo lo que Charlie decía. De nuevo la alusión a la caja le había transportado a aquel tiempo del final de su infancia. Se sorprendía de lo nítidos y claros que eran ahora sus recuerdos, como nunca antes. Ella estaba en su cuarto, alternando algunos deberes de matemáticas con la sombra de ojos azul o el pintalabios rojo que le había cogido a su madre. Le gustaba mucho pintarse delante del pequeño espejo redondo que había encima de la cómoda, le relajaba el estudiarse así misma, se examinaba los ojos, la nariz, la boca. En la radio sonaba una lenta canción cantada por una pobre joven que acababa de perder al amor de su vida en el frente. Era una canción que le gustaba mucho a pesar de la melancolía que desprendía, pero el radiante sol que entraba por la ventana y las cortinas blancas bailando con la suave brisa de primavera le impedían ponerse triste. El verano estaba cerca y esto la llenaba de esperanzas.
Los ruidos de la calle se mezclaban con aquella canción de la radio y con sus leves pasos de baile, los que la llevaban del escritorio al espejo de la cómoda. Hasta que la canción terminó a la vez que se oyeron dos disparos muy cerca. Al principio pensó que había sido en la radio, que quizá fuera de la canción. No sabía. El susto le trajo el pulso a los labios y a la garganta. Se sentó en la cama intentando escuchar más allá de su ventana. Miraba como se movían las cortinas hasta que alguien las apartó desde fuera y entró en la habitación.
–¡Ah! ¡Qué susto me has dado! ¡Cuantas veces te he dicho que no entres aquí así! ¡y cuántas veces te he dicho que no subas por la escalera de incendios! Como te vean mis padres te vas a enterar.
–¡Venga, vamos Ángela! no seas pesada y no finjas, que sé que no lo dices en serio, que te gusta que venga a verte.
–¡Pero me has dado un susto de muerte! ¡Has oído los disparos!
–Sí claro, yo estaba muy cerca.
–¿Y qué ha sido?
–Creo que se han cargado a la señora Allen.
–¿Y cómo lo sabes Charlie? Si ni siquiera ha venido la poli, te lo estás inventando, ¡qué mal gusto tienes!
–Que no pequeña, lo sé de primera mano, yo he estado allí –dijo bajando la voz y acercándose despacio a ella.
–¿Qué?
–¡Calla! –susurró Charlie tapándole la boca a Ángela–. Calla, ¿dónde tienes la caja de las canicas? Oye ¿y esto? ¿te están creciendo las peras?
–¡Quita estúpido! ¿Para que quieres la caja?
–No te enfades… necesito que me guardes algo, de ti nadie sospechará, además ningún chaval del barrio se acuerda ya de esa caja.
–Te la doy pero a cambio me tienes que contar todo.
–Te cuento todo si me das un beso.
–¿Y te largarás enseguida?
–Sí.
–Vale, primero cuenta.
–He visto a unos tipos muy raros en el portal y les he espiado. Han subido a la casa de la señora Allen, debían ser profesionales porque apenas han forzado la puerta. Han entrado y yo detrás sin que se dieran cuenta.
–¡Estás loco!
–Eran ladrones, ya sabes que los Allen tienen una joyería, pues han empezado a registrar toda la casa. Y cuando ya tenía casi todo el botín ha aparecido la señora Allen en la puerta y…
–¿Y qué?
–Y primero me das el beso Ángel.
–Estás loco, es horrible lo que cuentas y tú pensando en besos.
–Hay más que contar, pero antes quiero el beso
.

 

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