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–¡Dame otro!
–No, y cuenta y vete.
–Me gustan tus labios, son gorditos, y he metido la lengua entre la separación de tus dientes, me ha gustado mucho.
–Quieres dejar de decir esas cosas y hablar más bajo, que mis padres están en el salón. Vamos cuéntame qué más ha pasado.
–Pues la señora Allen pilló a aquellos tipos y se asustó mucho, entonces el más alto, uno muy alto, sacó una pistola y se la cargó.
–Ah!! ¿Y los viste?
–Sí, claro.
–Pero ¿les viste la cara?
–No, yo estaba escondido, les veía de espaldas, llevaban gorros negros de lana, como en las pelis del cine.
–Y ¿qué más?
–Pues que se fueron como alma que lleva el diablo. Me dio mucho cague de que me pillaran allí y salí por la ventana de la cocina a la escalera de incendios, pero…
–Pero, ¿qué?
–Que me acerqué a ella y le he cogido la sortija y un colgante.
–¿A la señora Allen?
–Sí.
–Serás asqueroso y repugnante, ¿a una muerta?
–Creo que aún no estaba fiambre.
–¿Y ella te vio?
–Sí claro, estaba temblando como un pescado recién cogido, la sangre casi me mancha los zapatos.
–No tienes corazón… pero ¿te vio?
–Que sí Ángela, pero da igual, la palmará. Mira es esto. ¡Anda! no es un colgante es una llave, y qué abrirá. ¿Lo guardarás aquí? La sortija te la guardas como si fuera mi anillo de matrimonio. ¿Y me das otro beso con tus labios gorditos?
–¡Vete ya! o me pongo a gritar. No dices más que tonterías y estás loco.
–Anda, Ángela, guárdalo tú de momento, te lo pediré pronto.
–Te guardo esto un día, luego no quiero saber nunca nada más. ¡Te enteras Charlie!
–¡Vale! Pero dame sólo el último –le suplicaba tomándola de la cintura y apretando los labios mientras Ángela le empujaba hasta que al fin lo pudo obligar a salir fuera de la habitación a través de la ventana.
–Ángela! que digo que estás muy callada. ¿Cuándo me vas a dar la llave?
–Pronto Charlie, pronto.
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–¿Cuándo me das la llave? –dijo entre dientes, bajando la voz pero con mucha tensión, alargando la mano y cogiendo la muñeca de Ángela con fuerza.
–Pronto, pero como no me sueltes me pensaré si dártela o no. ¡Suelta!
–Ángela guapa, no me enfades. Se que en estos años no nos hemos visto, pero eres lista, lo sé, así que ya sabrás que no me ando con tonterías. ¿De qué te ríes?
–De ti, Charlie, eres patético, mira que usar esa frase "no me ando con tonterías". Suelta, me haces daño.
–Haremos una cosa, tú vendrás a buscarme el día que salgo de la cárcel y me darás la llave.
–No, mejor haremos otra cosa, ¡primero suéltame la muñeca!
–Estoy escuchando –masculló soltando la muñeca irritada de Ángela y volviendo a su posición recostada en la silla de madera.
–Me dirás qué sabes, qué información sacaste a Marcus sobre la llave y después el día que salgas vienes al club y volvemos a hablar.
–¿Y por qué he de hacer lo que tú digas?
–Porque yo tengo la llave y yo tengo la alianza –sonrió con maldad–. Podría inventarme cualquier cosa e inculparte de la muerte de la señora Allen. Dime una cosa, ¿estas seguro de que aquel día no te vio nadie?
–No.
–¿No? ¿seguro Charlie? piensa.
–No me vio nadie.
–Vale, como quieras. Ahora dime qué te dijo Marcus Allen que abre esa llave.
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–Tienes un pitillo para este pobre reo.
–Toma, cógelo.
–Gracias –torció una sonrisa.
Ángela se fijó en sus manos, hinchadas y sucias, con heridas, que le crearon gran curiosidad, pero no iba a indagar. Cogía el cigarro entre la base de los dedos índice y corazón. Cuando daba una calada se tapaba media cara. Le gustaba observar cómo fumaba la gente, él se recreaba con el humo. A Ángela le dio cierta aprensión. Estaba callado, quizá pensando qué decir o sencillamente haciéndola esperar por el puro placer de que ella estuviera allí sentada frente a él, mirándolo y esperando escuchar algo aparentemente interesante. Ella también encendió un cigarrillo y evitó mirarle, se sentía observada, no estaba nerviosa, acaso algo irritada y cansada por todo el lío en el que se había visto envuelta. Supuso que la iba a mentir. Esperó a que estrujara el cigarrillo contra el cenicero de cristal. Charlie juntó las manos entrelazando los dedos y cruzó las piernas.
–El tipo ese, Marcus, un buen día empezó a venir por el local de mi hermano Peter. Yo ni me acordaba de él, y como parecía de fiar pues cada vez lo fuimos aceptando y dándole mayor confianza, aunque en verdad no sabíamos de dónde había salido. Primero ayudaba a los chicos de Peter en trabajillos tontos, luego en cosas más importantes que yo directamente le encargaba. Pero un día estábamos en una calle del barrio cuando un tipo saluda a Marcus como señor Allen, y el tío tonto nos desveló la identidad y casi la vida de nuestro amigo. La gente no sabe hasta que punto puede meter la pata con una simple pregunta del tipo "¿qué tal está tu padre?" y los comentarios siguientes:"hace mucho que no lo veo por la iglesia, pobrecillo desde el asesinato de la señora Allen no ha levantado cabeza". Y con este tipo de afirmaciones mi hermano y yo nos enteramos de todo. Y claro, comenzamos a sospechar de él. Porque ¿no te parece sospecho que se haga "amigo" mío el hijo de una vecina que yo vi morir, del cual casi ni sabía que existía? Porque tras la muerte de la señora Allen todo cambió, tú te marchaste y ellos, los Allen, también. Así las cosas, nosotros no dijimos nada pero entre nosotros ya estaba el germen de la sospecha y de muchas preguntas sin resolver aún. Un día uno de sus trabajos nos costó mucho dinero, mucho, había perdido un cargamento, eso dijo él pero supongo que nos lo robó. Esto fue la excusa perfecta. En la trastienda del local los chicos de Peter intentaron sacarle dónde estaba el cargamento. La sangre le brotaba de la nariz cuando llegué yo. Estaba tan histérico, se volvió como loco al verme, que se me abalanzó queriendo estrangularme. Los chicos lo pararon y ataron. Y les dije que salieran, que nos dejaran solos a Peter y a mí con él. Le dejamos hablar. Y lo primero que hizo fue preguntar por la llave. No me preguntes cómo podía saber algo de la llave, tu nunca has dicho nada, ¿verdad?
–No, nunca, tampoco le di mayor importancia Charlie. Pero ¿no te acuerdas?
–¿De qué?
–No te acuerdas que cuando le quitaste el colgante a la madre aún estaba viva. ¿Cuánto tardaría en morir? Quizá lo suficiente como para que les hablara de ti.
–No, no, es imposible.
–No me digas eso Charlie, sabes que sí es posible.
Se quedó pensativo, sonriendo para sí, acaso riéndose de sí mismo. Encendió otro cigarro.
–Dime qué más os dijo aquel día.
–Muchas cosas.
–Ya, imagino, qué más, ¿qué abre la llave?
–Fácil y tonto, una caja en un banco, como en las películas. Supongo que guardará el tesoro de los joyeros Allen.
–Entiendo. ¿Qué banco?
–Si te lo digo no te vuelvo a ver el pelo encanto.
–Sabes que tengo la llave porque te lo he dicho, ¿y me crees?
–Sí.
–Entonces por qué no iba a esperar, no me gusta robar a los muertos, ya lo sabes.
–Sí eres una santa, eso también lo sé. Está en el Banco Nacional.
–¿Y el número de la caja?
–No quieras saber todo tan rápido. Hay que saber mantener un poco la intriga ¿no?
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Rodeaba la cárcel una gran llanura, árida y ahora nevada, donde el sol reflejaba con mucha fuerza. Ángela pensó que era difícil escapar de allí, se veía muy bien en varias millas a la redonda. El aparcamiento estaba casi vacío. Anduvo con cuidado hasta que por fin llegó al coche blanco en el que le esperaba Paul. No sabía cuanto tiempo había estado con Charlie, pero ahora que se sentaba en ese coche helado comprendía que hacía demasiado rato.
–Lo siento mucho, creo que me he demorado.
–No pasa nada.
–Pobre, qué bueno eres, estás tiritando.
–Es que la calefacción creo que no funciona bien.
–¡Vaya! lo siento.
–No te preocupes Ángela, ya pasó. He estado escuchando un programa bastante bueno sobre blues y las influencias que está teniendo en el rock and roll. ¿Qué tal todo? ¿A quién has visto? si puedo preguntarlo.
–A un viejo amigo, y bien, ha ido bien.
–¿Por qué te ríes?
–La gente que miente me hace reír. Lo malo es que aún no sé bien en qué me ha mentido.
–¿Quién? ¿tu amigo? ¿Y es importante?
–Aún no lo sé. ¿Me llevas a casa?
–Sí, claro.
–Quiero dormir, por la noche iré al club, espero tener una noche tranquila. Gracias Paul.
–De nada.
La desolación que rodeaba la carretera iba quedando atrás, así como los campos de nieve virgen. Los coches aumentaban en número y la temperatura se atenuaba al entrar de nuevo en los brazos de la gran manzana. Ambos tarareaban disimuladamente los ritmos que salían de la radio. Ángela quiso olvidar que era una mujer amenazada y Paul que estaba sentado junto a quien amaba en secreto. Ambos se dejaron llevar por el swing de la gran ciudad.
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Llegó pronto al Dream, ya no tenía que fingir, ya todos sabían que era la jefa. Notaba que la miraban raro, eso la incomodaba y fastidiaba bastante, pero no quiso que le quitaran mucho espacio a sus pensamientos. Sencillamente, tenía cosas más importantes en qué ocuparse. Así que ella se limitaba a aparentar que ellos siempre habían sabido que era su jefa. Llamó a Johnny y le expuso sus intenciones, que iba a traspasar su parte de club. ¿Y ya tienes comprador?, le preguntó, creo que sí, posiblemente Smith. Este nombre le sorprendió, poniendo un gesto desagradable. Ángela quiso tranquilizarlo. Creo que es un buen tipo, sólo hay que tener paciencia e intentar conocerlo. Sus palabras no le convencieron pero sí le acercaron más al conformismo.
Por último le pidió que le dijera a Ricky que le trajera un dry–Martini. Se quedó sola, pensativa. Era muy pronto, apenas las ocho. Sentía aún una ligera somnolencia que la llenaba de apatía. Afortunadamente había podido dormir, pensó.
–¡Gracias, Ricky! Por favor, dile a Johnny que ponga algo de música, no soporto este silencio.
–Muy bien Sra. Wright.
Y se marchó con una leve inclinación de cabeza. Siempre había admirado los modales de Ricky, eran impecables y paradójicamente estridentes en una persona con un nombre tan vulgar. Adivinó que siempre que encontrara a alguien con buenos modales se acordaría de él, se acordaría del club.
Encendió un cigarrillo, le encantaba el chasquido del mechero. Sentía el aburrimiento de los camareros en el almacén. Casi estaba sola. En un impulso se levantó rápidamente hacia la barra, entró y modificó el panel de luces. Hoy le apetecían verdes pensó, oscuros, tenues, verdes y negros. Y volvió a su media luna. Quería una noche tranquila. Aunque dudaba que lo llegara a ser, así que se preparó para la sorpresa.
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Aún faltaba una hora y pico hasta que la gente empezara a llenar el club y hasta que los chicos comenzaran su actuación. Paul le había comentado en coche, cuando volvían de ver a Charlie, que esa noche vendría un trompetista muy famoso que solía acompañar al maestro Coltrane en algunas de sus sesiones. Ángela se asombró mucho de la iniciativa que mostraban los chicos, se alegró y tuvo que reconocer que apenas había hecho ningún cambio en el club desde que ella lo dirigía. Había descubierto lo fácil que era hablar con Paul, se daba de forma natural, a pesar de los grandes silencios que alternaban entre un tema y otro. Es un chico muy sensible, se decía para sí, y negro, sonreía. Hasta que no llegara al club su relación con personas de raza negra había sido muy limitada. Y, sin embargo, ahora conocía a Paul, a Ricky, a Johnny y a otros miembros de la banda de jazz del club. En este sentido se sentía más libre y más consciente de la realidad social de su país. Desde su pequeño rincón también se sentía partícipe de esa otra América que bullía como una olla cerrada a punto de abrirse. Quizá fueran esos hippies como Camille y otros que venían al club los que impregnaban el ambiente de paz y amor, no lo sabía bien, pero lo sentía. En cierto modo se apenaba de retirarse justo cuando la función estaba a punto de empezar. Bueno, quien sabe, quizá las cosas cambien, se dijo.
En aquel trayecto a su casa, recordaba Ángela desde el sillón del club, sillón que miraba al escenario aún vacío, lo que había hablado con Paul respecto a su invitación de marcharse con él a París. Qué tímido que es, es adorablemente tímido, cuando le hablaba noté una sonrisa de vergüenza, pensaba mientras recordaba la conversación. Delicadamente le dijo que no, que le encantaría, que nunca nadie le había propuesto algo tan excitante y drástico, que le sorprendía que alguien discreto como él se lo hubiera pedido y que ella era ya muy mayor para esas locuras, que gracias, que se sentía halagada y honrada, pero que no podía ser. Aunque le habría encantado, insistía, pero había asuntos que la retenían en América. Que gracias y que por qué no se lo proponía a Camille, por qué no le daba una oportunidad.
Él se había mantenido callado, bajo la excusa de permanecer muy atento a la conducción, aunque ella notaba cómo a cada frase sus cejas se arqueaban, relajaban o fruncía y, al fin, se decidían a mantenerse discretas, no vencidas, pero sí convencidas. Él había hecho una oferta y ésta había sido rechazada, las cosas eran sencillas. Para Paul las cosas siempre eran sencillas.
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Camille parecía enfadada, seguía sentada en el sofá del salón, pero ahora haciendo varias cosas a la vez, fumando, escuchando la radio, pintándose las uñas y leyendo una revista de moda. Ángela saludó al entrar, realmente se sentía muy cansada.
–¿Quieres que pidamos comida china?
Contestó con un sonido gutural que Ángela quiso identificar como un sí, la misma respuesta obtuvo cuando le preguntó si quería tomar algo, y le preparó un Martini. Ángela se sentó frente a ella.
–¿Estás enfadada conmigo porque me he llevado a Paul?
–¿No cree que es muy pronto para beber Sra. Wright?
–Depende
–¿Depende de qué?
–Si sólo hace unas horas que te has levantado sí, pero yo no he dormido nada querida, así que podríamos decir que para mí aún es de noche.
–Los borrachos siempre tienes cuentos con los que excusarse.
Y tranquilamente, asombrada incluso de sí misma, se levantó y abofeteó a la joven.
–No permito que nadie en mi casa me insulte y además indirectamente, y menos si el enfado viene por culpa de un hombre. Ahora llora y luego hablamos.
Mas que asombrada quizá estaba asustada de lo que acababa de hacer, aunque no se arrepentía. No estaba dispuesta a aguantar los celos de una niña mimada. Estuvo a punto de pedirle perdón pero no se dejó. El llanto de Camille ya le era familiar, aunque hacía poco tiempo que se conocían.
Sentada en el club vacío aún escuchaba su llanto, no sin cierto remordimiento. Pero Ángela sabía que Camille la iba a perdonar, no era tonta, incluso ella misma se perdonó. Eran muchas cosas las que en pocos días la perseguían. La importancia de una caja que guardaba casi en el olvido; la aparición de Peter y Charlie que quieren esa caja y la de Víctor Allen que quiere justicia; además la enfermedad que en un tiempo, meses o años, dinamitaría su memoria, todo lo que ha sido; la venta del club, otro cambio de vida en su vida. Y la aparición de Camille, se dijo. Y su mente voló otra vez a ese mismo día. La comida china llegó y el llanto de Camille se había convertido en mocos, muchos mocos que sonoramente se limpiaba en el baño.
–¡Anda! Ven, vamos a comer.
–Entonces ¿entre tú y Paul no hay nada?
–Pues no, y eres tonta. Anda come, que seguro tienes hambre.
Apenas hablaron mientras comían, esto le hizo pensar a Ángela que hacían buena pareja Paul y ella, los dos pueden llegar a compartir cómodos silencios, de esos que con pocas personas se disfruta. Ya habían terminado cuando Camille se encendía un cigarro y soltaba esas palabras que sobresaltaron a la señora Wright. Camille se sorprendió de su asombro. “Pero si dijo que venía de tu parte, que le habías encargado que recogiera una caja o algo así. Pero yo no le he podido dar nada, no la he encontrado”.
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Por la descripción que Camille hacía del hombre Ángela pensó en Victor Allen, quién si no. Los chicos de Peter ya había registrado su casa, de eso no dudaba, y no la habían encontrado, no iban a volver y menos con sus jefes uno en el hospital y el otro en la cárcel.
Ángela respiró profundamente y pidió a Camille que si volvía de nuevo no le dejara entrar si ella no estaba en casa. Después se cercioró de que la caja seguía allí, en el tambor de la persiana de su habitación, pero al final cambió de opinión y decidió que sería mejor sacar de la caja la llave y llevarla con ella.
Todo esto lo recordaba mientras jugaba con el borde de cristal de su copa, esperando sin saber qué y mirando distraídamente a su alrededor. En el club se escuchaba ruido de copas mezclado con la música de fondo. Smith ya estaba en la barra y la miraba, parecía que ya tenía contestación, estaba nervioso, Ángela le veía la frente verde brillante, debido al sudor y a las luces. Es cómico este Smith, se dijo. Pero no me apetece hablar ahora con él, más tarde. Por la puerta llegaba Camille con un vestido rosa minifaldero bajo un abrigo blanco de pelo largo y botas blancas. Parecía una estrella de cine, llamaba la atención. También es cómica pensó Ángela, mientras le hacía un ademán para que se acercara hasta ella.
–Qué guapa estás Ángela, ¿y ese fular? no te lo he visto cuando has salido de casa.
–Lo he comprado por el camino, me alegro de que te guste.
Ángela sonreía, estaba feliz y nerviosa, no sabía por qué, jugaba con la alianza que llevaba puesta, una alianza ajena, y con la llave que colgaba de una cadenita a su cuello y que escondía el fular dorado que tan bien contrastaba con su vestido negro, amaba el negro. Jugaba con aquellos tesoros de otros que tanto estaban trastocando su tranquila vida de ex ama de casa. Camille hablaba y hablaba, pero ella no sabía de qué, no escuchaba, sólo oía sus pensamientos y la música jazz de fondo. Daba igual, se sentía bien.
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Contrariamente a lo que había esperado Ángela, los días transcurrían tranquilamente. Casi pudo imaginar que esos días, antes de Navidad, pertenecían a aquellos otros anteriores a la aparición de aquel hombre, que luego resultó ser Victor, que le pedía que fuera a la mesa de otro que luego resultó ser Peter. Un lío, se decía. No obstante, se sentía como si hubiera metido un gran pastel de manzana en el horno, consciente de que hay cosas que se están cocinando pero cuyo modo se le escapa inevitablemente. Ante este sentimiento, decidió esperar, no ir a los acontecimientos ya que, sin duda, tarde o temprano, éstos vendrían buscándola. Paz en la guerra, se decía siempre que se acordaba del embrollo en el que estaba envuelta.
La Navidad estaba a un par de días y la actividad en la vida de Ángela se había convertido en un alegre puzzle de piezas de colores y papeles de regalo. Quizá para olvidarse un poco se sumergió en la ciénaga de las compras navideñas para todos los chicos del club, músicos y camareros. Otro para Camille y otro para Smith. Incluso compró uno a su ex marido.
Camille era una acompañante perfecta para evadirse de la seriedad y hablar sobre nada o sobre trapos o sobre la música jazz. Siempre la sorprendía aquella frágil y frívola francesa que se desenvolvía como una experta entre los términos más obtusos de la música negra. Estaba aprendiendo mucho y se lo hacía saber siempre que podía. Camille le respondía, como si por ella hablara otra persona: “pero Ángela, por quién me tomas, ¿crees que es arbitrario que esté enamorada de un músico negro de jazz? Adoro el jazz. Salí de París persiguiendo un amor y buscando vivir el jazz. A veces pienso que esto puede parecer raro en alguien como yo, pero es una tontería, yo no conozco a nadie como yo, ¿y tú?” “Yo tampoco cariño”, contestaba Ángela con una enorme sonrisa.
Sentía como Camille estaba cambiando, y esto dejaba a Ángela perpleja. Se había vuelto más reflexiva en sus comentarios y acaso más perspicaz y astuta. ¿Serán los efectos del amor? Se preguntaba Ángela. No sabía cual era la respuesta, pero se encontraba maravillada de aquel asombroso espectáculo de transformación. Ella, desde su sillón de cuero del club, contemplaba los sutiles pasos que Camille daba para acercarse de nuevo a Paul. Poco a poco. Una palabra amable una vez. Una sonrisa otra. Una conversación en la barra sobre música, o sobre París otra ocasión. Un silencio una noche. Otro silencio. Una copa. Un paseo. Cada noche un pequeño acontecimiento.
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Así la vida transcurría como ella deseaba. Las sesiones de los chicos de Dream Jazz Club cada día eran mejores, más vibrantes y modernas. Muchas veces venían grandes figuras a escucharlos, músicos que al final subían al escenario y tocaban con ellos en sesiones a puerta cerrada que duraban toda la noche entre whiskys y humo. El público iba creciendo, sucedía algo así como un boca a boca y los amigos traían a amigos nuevos y éstos a otros. Ángela se enorgullecía por sus chicos, ella se sentía tan sólo como una visita perenne e inactiva, todo el mérito era de ellos. Y disfrutaba tanto tanto que en algún solo de batería o de saxo, éstos la emocionaban especialmente, había pensado esa tontería de “ahora moriría feliz, justo en este instante”.
Al fin habló con Smith. El pobre estaba tan nervioso con la posible adquisición de aquel templo que se mostraba a veces demasiado pesado e insistente. No hacía más que mirar a Ángela, la escudriñaba y espiaba, al principio con cara de “no quiero molestar pero…” y después directamente con cara de enfado. Ángela retrasaba hablar con él porque no quería concretar nada aún. No quería quitarse tan pronto el placer de algo que ella denominaba “el presente eterno”, el no hacer planes, el pensar que no se iba, que no lo vendía, eso le hacía más feliz que planear todo el desenlace. Pero también se descubría secretamente, y esto le daba remordimientos, sintiendo un pequeño placer en hacer sufrir a aquella persona que, aunque le tenía cariño, le ponía tan nerviosa. Sádicamente disfrutaba ignorándolo.
Te pido una tregua Smith. Eliot, llámame Eliot. Mira, Éliot, ¿te parece bien que dejemos el tema del traspaso hasta después de las celebraciones navideñas?
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El Dream era uno de los pocos locales de Nueva York que abrían el día de Navidad. Ángela ya estaba allí sentada, en su sitio, observando el desfile de huérfanos y de arrepentidos del 25 de diciembre. Esos días se llenaba el club de gente rara y amarga, quizá la gente más deprimente y alcohólica de la ciudad. Un público que contrastaba mucho con el de días atrás, juvenil, dinámico, alegre y entusiasmado con las actuaciones. Por el contrario, los que venían ese día eran más amantes de la barra, del humo y de la penumbra que de cualquier música en vivo. Bichos raros en el zoo, decía Ángela, que se tomaba el panorama con sentido del humor. Un humor que tensaba su sonrisa y la mantenía muda. Aterrada y muy nerviosa, se reconocía a sí misma. Intentaba mantener la calma, a pesar de que en cualquier momento aparecería Charlie.
No sé de qué me preocupo, llegará, a lo mejor se sienta, dirá alguna tontería y le daré cuanto antes la llave y la alianza. Y que se marche para siempre y se las arregle él con Victor Allen. Ya no quiero saber nada más de tesoros de muertos.
Se tranquilizaba Ángela con estos pensamientos mientras veía a Camille hablando con Paul. Respiraba profundamente. Bebía vodka con hielo. Encendía un cigarro y observaba la marca de sus labios en el filtro. Jugaba con el mechero. Jugaba con la alianza de la señora Allen. Se sentía sola. Quería estar sola. Se alegraba de que Paul hubiera invitado a Camille a irse con él a París. Se les veía felices. Además Camille había dejado de ser su sombra, esto le daba más libertad, más soledad. Aunque ya la echaba de menos. La sentía un poquito más lejos.
Todo iba a cambiar, aunque algo la empujaba a no creerse bien los planes, a no esperar que se cumpliera lo que esperaba. Y precisamente, esa misma semana había ido a hacerse una revisión rutinaria, en la que fue atendida por un médico que sustituía al doctor Bushed que se encontraba de vacaciones. Y tras la revisión, el sustituto quiso hacerle más y más pruebas para, al final, concluir que su enfermedad había sufrido un retroceso, una estabilización rara, una buena noticia al fin y al cabo. “Cambié mi vida por una enfermedad que te cambia porque poco a poco tu memoria y tus capacidades merman, pierden su poder de actuar. Cambié mi vida porque aquello parecía que iba a terminar en pocos años. Y ahora qué”.
La noche avanzaba. El club se iba animando, e incluso ella fingía estarlo, aunque casi deseaba estar en otro lugar, un lugar silencioso y vacío. Nunca antes había pensado algo así. Se entristeció y sumió en un estado apático y enfadado. Muy enfadado. Tenía ganas de vomitar. Pidió otro vodka e intentó concentrarse en la música, su único refugio.
–Buenas noches, Ángela.
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–Ah! Buenas noches.
–Parece que hubieras visto un fantasma.
–¿Por qué lo dices?
–Por la cara que has puesto al verme.
–No, no sé, me has asustado.
–Quizá no me esperabas.
–No, claro, no te esperaba.
–Quizá esperabas a otra persona.
–No, tan sólo escuchaba, me suelo abstraer bastante cuando escucho a los chicos, me gustan –intentó sonreír.
–¿Estás bien?
–Sí, ¿y tú?
–Mejor que nunca, sabes estoy contento. Por eso he venido, para contarte lo contento que estoy y para pedirte algo. Estás muy guapa, te sienta muy bien ese vestido con el fular.
–Gracias…
–¿Tienes fuego? –Sacó una pitillera plateada– creo que he perdido el mechero en el taxi al venir. Quieres uno.
–No –negó también con la cabeza.
El silencio se trenzó entre sus respiraciones. Ángela se sentía alterada, pero confiaba disimularlo bien, siempre pensó que el nerviosismo es una desventaja. Intentó relajarse y adaptarse a la situación. Aquel hombre le imponía mucho. Le transmitía sentimientos encontrados, desconfianza, curiosidad, misterio, miedo e incluso cierta atracción. Sí, se sorprendía estudiando sus manos al gesticular y aprendiéndose sus facciones, sonriendo íntimamente con su arqueo de sólo una ceja, mirándole a los ojos y a los labios fijamente. Estaba confundida. Pero, sobre todo, sentía miedo, le daba miedo. Todo era estúpidamente extraño. Ya odiaba aquel día; esperó lo peor.
–Dijiste que me llamarías.
–Estaba segura de que te pasarías por aquí tarde o temprano.
–Sí, y lo he hecho, más de una vez. Pero no me has visto.
–¿Has venido? ¿Aquí? No, no te he visto. Sin embargo, en mi casa sí has estado.
–¡Ah! Eso. No sirvió de nada.
–Qué desfachatez la tuya –se asustó Ángela de su atrevimiento–. Mentir y decir que vas de mi parte. ¿Te crees que no me iba a dar cuenta de que eras tú?
–Lo intenté, no te pongas así. Si hubiera conseguido lo que buscaba, hoy no estaría aquí.
–Y qué buscabas Víctor.
–¿Y tú me preguntas? Eres un poco cínica, ¿no?
–No lo soy, te pregunto sinceramente. Dime.
–Hay tantas cosas que le tengo que contar Sra. Wright que no sé por donde empezar.
–Y si te digo que no quiero saber nada.
–No lo creería.
–No quiero saber nada, no me interesa.
–Seguro que no te interesa saber que Peter ha muerto en el hospital. Y seguro que no te interesa saber que te estoy apuntando con una pistola por debajo de esta mesa, aquí en tu querido club de jazz. Así que, por favor, sé discreta. ¿De qué te ríes?
–Lo siento, es el nerviosismo. Nunca antes me habían apuntado con una pistola.
–No estoy de broma, no me subestimes.
–Qué quieres de mí.
–Ángela… No soy un mafioso de tres al cuarto como los hermanos Ryan. Ni un delincuente, ni un asesino, pero me gusta la justicia y sobre todo no me gusta que me tomen el pelo.
–Aún no me has dicho que quieres de mí.
–Te contaré algo. Mira –su voz bajó a las profundidades– mi hermano posiblemente no fuera la persona más lista de la tierra y en su buen empeño de averiguar quien mató a nuestra madre Marcus cometió tantos errores que al final acabaron con su vida. Pero fíjate que, afortunadamente, era tan tonto como para dejar escrito todo lo que averiguaba. Parece que así el pobre se aclaraba las ideas sobre las pistas que encontraba…
–¿Y? a dónde quieres ir a parar.
–De momento sólo quiero que me escuches. Cuando asesinaron a mi madre en nuestra propia casa, nuestra vida, como puedes imaginar, cambió radicalmente. Mi hermano y yo nos trasladamos al otro lado del barrio, a la casa de mi padre. ¿Sabes que ellos vivían separados?
–No, cómo iba a saberlo.
–Yo era muy pequeño cuando pasó aquello, a penas tengo recuerdos de mi madre. Pero sí tengo grabada la imagen de cuando Marcus y yo nos la encontramos en el suelo. Nos acercamos llorando, la abrazamos, la besamos en ese mar de sangre. Con un hilo de vida en los labios nos dijo un nombre. ¿Tú sabes cuál?
–No.
–Vamos, ¿no lo imaginas? Yo creo que sí. Mi madre dijo Charlie Ryan. Claro está que yo era tan pequeño que ni entendí lo que quería decir. Pero Marcus sí, y no se lo dijo a nadie, ni siquiera a la policía. Mi pobre hermano vivió toda la vida obsesionado con ello y, además de Charlie, sospechaba de todo el mundo. Porque claro, mi hermano no podía creer que aquel vecino que apenas tenía su edad hubiera podido o querido hacer algo así. Las cosas no encajaban. Marcus casi dedicó su vida a la investigación del asesinato de nuestra madre. Mi hermano vivía obsesionado, destrozado por su pérdida, loco. Con el tiempo, lamentablemente, la sospecha sobre nuestro padre, a la vez que Marcus comenzaba a trabajar para los Ryan, con la esperanza de conseguir alguna información de Charlie, iba tomando más fuerza. Imagínate, nuestro propio padre –su voz se volvía amargada.
–Y lo único que consiguió fue la muerte, ¿no?
–Así es. Pensé que no escuchabas –sonrío y bebió del vaso de Ángela–. Después, cuando me hice pasar por detective para ellos, así te conocí, conseguí enterarme de que tú tenías algo que Charlie buscaba. En los apuntes de Marcus descubrí definitivamente que mi padre había planeado aquel robo que terminó con la vida de mi madre. El objeto principal del robo era una llave que habría la caja de un banco donde mi madre guardaba las joyas más preciadas, así como beneficios millonarios de la joyería, ocultos a toda la familia. Mi padre añadió que sus enviados no hallaron la llave y que además éstos eran tan torpes que ni registraron el cadáver. Y cuando él fue a reconocer el cadáver tampoco la llevaba al cuello, algo que él confesó esperaba.
–Y qué tengo que ver…
–Ahora sólo quiero tres cosas: la llave, el anillo y que testifiques en contra de Charlie Ryan para que sea inculpado de la muerte de mi hermano.
–Sabes que no voy a hacer eso, Charlie me mataría, además acaba de salir de la cárcel. Hará cualquier cosa con tal de no volver.
–Lo sé. Pero él pagará por lo de Marcus. Y tú recuerda que te estoy apuntando.
–No lo he olvidado.
–Vamos Ángela. Prefieres que te pregunte como llegó a ti la llave y el anillo. Quieres ir tú a la cárcel por él.
–No los tengo.
–Peter me confesó en el hospital que tú eras quien lo guardabas.
–Sí claro, Peter fue siempre tan servicial. O acaso también le estabas apuntando.
–Peter confesó que tú guardabas el anillo y la llave y que ellos habían conseguido de mi hermano la dirección del banco y que por eso te habían localizado, para recobrar la llave. Él fue quien me mandó encontrarte, ¿te acuerdas. También sé que has estado en la cárcel hablando con Charlie.
–Mira, te repito que yo no tengo la llave… –mientras decía eso miró hacia la puerta y vio a Charlie parado en la barra–. Viene Charlie. Está entrando por la puerta.
–¿Hay aquí almacén Ángela?
–Sí.
–¿Dónde?
–Por allí, detrás del escenario.
–Vamos para allí. Le haremos esperar, después llamarás a un camarero para que le traiga.
Se levantaron los dos, muy juntos y a la vez. Como una pareja cariñosa él la cogía por la cintura dejando a su espalda la barra y a Charlie. Ángela lo observaba, su gesto había cambiado, sus ojos estaban llenos de ira, de desesperación y rencor. Sintió miedo. Entraron en el almacén que no era muy grande, en él se amontonaban las cajas, las botellas y el polvo. Seguía escuchándose la música proveniente del escenario. Un par de bombillas pendían pobremente del techo, las sombras lo invadían todo. Permanecieron de pie, casi ocultos tras las botellas de una estantería de hierro.
–Los camareros entran y salen constantemente de aquí.
–Cállate Ángela.
–Me haces daño, suéltame el brazo. Víctor no te entiendo, por qué no vas a la policía, no entiendo qué pretendes. Estás loco. Estás loco.
–Encarcelar de nuevo a ese asesino, eso es lo que quiero. Que cumpla por la muerte de mi hermano y por robar a los muertos, por mi madre, por mi vida, por mí.
–Entonces ¿por qué lo esperamos aquí? ¿Qué quieres, un duelo y luego llevarlo muerto a comisaría?
–No lo sé, no me atosigues con la pasma, no me gusta. Cállate ya. Entra un camarero, dile que llame a Charlie.
–¡Ricky! ¡Ricky!
–¿Sra. Wright, casi no se ve? ¿Qué hace aquí? ¿Se encuentra bien?
–Sí, estoy bien, sólo quería estar sola un momento, no me encuentro demasiado bien, en verdad.
–¿Quiere que le traiga algo?
–No gracias Ricky, pero quiero que digas algo a un caballero que hay en la barra creo, o quizá se haya sentado. Quiero que localices al señor Charlie Ryan y le digas que venga aquí, que le estoy esperando.
–Muy bien Sra. Wright, enseguida. ¿Seguro que está bien?
–Sí, gracias Ricky.
Enseguida se abrió de nuevo la puerta dibujándose la silueta a contra luz de alguien vestido con traje.
–¡Ángela! Soy yo.
–Hola Charlie.
–Quien habla. No veo nada. ¿Ángela?
–Aléjese de la puerta y vaya hacia su derecha, haga lo que le digo, le estoy apuntando con una pistola.
–¿Quién es usted? –contestó Charlie mientras sacaba un arma.
–Tire la pistola al suelo Charlie. Le estoy apuntando.
–¿Y Ángela?
–La señora Wright está aquí. Ahora vamos a hacer una cosa, me acercaré a usted y juntos iremos a la comisaría donde va a confesar que mató a Marcus Allen.
–En serio, bonita broma de bienvenida Ángela ¿se puede saber quién es este tipo?
–Soy Victor Allen, no se mueva, no quiero tener que dispararle.
Pero Charlie había desaparecido entre las estanterías. Victor disparó en la dirección de un ruido de pasos. Charlie también disparó. Ángela se tiró al suelo y se tapó la cara con las manos mientras las botellas rotas, las balas y algún grito de dolor ahogado junto con la batería en el escenario competían en estridencia. Cuatro últimos disparos, perdidos, fundidos en el solo de trompeta final. Y el silencio. Ángela oyó su respiración. Pero nada más. Se incorporó rápidamente. Fue hasta Charlie, la sangre inundaba su cuello. Tenía los ojos abiertos, sorprendidos, petrificados, muerto. Después buscó a Víctor. Aún respiraba, débil, cansado, roncamente. Le quitó la pistola que aún agarraba con fuerza su mano derecha, la cogió cubriendo la empuñadura con el fular y se la puso en la sien.
–¡Víctor! –Ángela le susurraba suavemente en el oído, con una lentitud violenta– te pongo en el bolsillo la alianza de tu madre. Odio haber tenido que llevarla puesta. Ahora escucha, quizá no mueras, creo que puedes vivir, pero te dispararé si no me dices el número de caja fuerte que abre la llave que tengo colgada al cuello. Lo siento. Yo no soy así, la culpa la tenéis vosotros. Dímelo por favor.
Y puso su oído sobre los labios secos de Victor. Y escuchó una por una las palabras que su llave escondía. Después contempló como intentaba tomar aire, pero la herida del pecho ya no lo dejó. Le cerró los ojos. La música había cesado. Se sentó en el suelo, apoyó su cabeza en la pared. Cerró los ojos. Se acercaban voces llamándola. Estoy aquí, susurró. Creo que estoy bien, ya todo pasó, ya todo pasó, se repitió.
Epílogo
Jugaba con su vaso y con la mancha circular de agua que dejaba en la barra de color negro. Ángela pensó que sólo se sentaba en aquellos taburetes cuando hablaba con Smith.
–Y ¿qué tal estás?
–Bien, muy bien. Mucho mejor de lo que esperaba.
–¿Te hizo muchas preguntas la policía?
–Sí claro. Dos fiambres en el club y yo en medio. Como para no hacerlas. Pero parece que ya me han dejado en paz. Han sido unos días horribles. Estoy agotada.
–Se te ve algo cansada, sí. Y ahora qué harás sin tu club.
–Por el club no me voy a preocupar, lo dejo en buenas manos… creo –miró de reojo a Smith, quien observaba su respuesta con cautela, subió una ceja, sonrió, le guiñó un ojo.
–Gracias. Te lo cuidaré bien. ¿Qué vas a hacer?
–Viajar. De momento me voy a Francia con unos buenos amigos.
Observaban distraídamente como Johnny ponía las copas, el vaso, el hielo, el licor… Ángela cogió un cigarro, Smith le dio fuego. Asintió dándole las gracias.
–Johnny por favor, sube el volumen todo lo que puedas, adoro este tema.
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Marzo-abril 2008 ©