
El codo del loco
Por Parisicilia
Camareo: ¿Qué va a tomar, señorita?
Marina: Una copa de vino tinto, del chileno Mont Gras, esa reserva que me serviste ayer. ¡Gracias Miguel!
Como te iba contando, estuve con la madre de Estrella, una amiga del colegio. Nos encontramos por casualidad, caminando por la calle del Viento y Amalia, la madre de Estrella, me dijo que tenía que hablar conmigo, así que nos apresuramos a tomar un café.
Estrella era dos años mayor que yo, no íbamos a la misma clase, era buena estudiante.
Siempre nos mirábamos de lejos en los pasillos, al entrar y salir de las aulas. Nos encontrábamos en el patio a la hora del recreo, en el ángulo de gradas de cemento, donde las guardianas no podían vernos. Era el lugar perfecto para hablar de nuestras experiencias dentro y fuera de la institución.
Así nos conocimos y allí empezamos a intercambiar recortes de revistas y objetos personales,
sin ningún mensaje claro, más que un puro juego sensual, de conocimiento entre las dos. De vez en cuando, nos reuníamos en su casa o en la mía, para trabajar juntas. A mi madre no le gustaba mucho el carácter extrovertido y extravagante de Estrella, dada mi naturaleza inquieta y revoltosa.

Cuando aquella etapa interminable de E.G.B. (Educación General Básica) terminó, en el colegio de monjas “La Madre Consolación”, nos perdimos de vista a causa de la orientación que cada una había decidido tomar.
Estrella se fue a estudiar psicología a Barcelona.
La directora del colegio, la Madre Asunción, había persuadido a mi madre –que era bastante católica– de mi vocación de monja, de manera que yo me quedé en el pueblo. Estudié en el mismo colegio F.P. (Formación Profesional), en la rama de informática, cuando todavía era un sueño de película imaginar códigos de barras en los supermercados y teléfonos volátiles.
Un día nos cruzamos por azar en el pueblo, hace seis años, y Estrella me contó que había dejado los estudios de psicología en la universidad para lanzarse directamente a la piscina en la calle, nadando con la realidad.
Seguía y escuchaba a locos que recitaban en voz alta el atraco sentimental que habían sufrido sus vidas en forma de hachazo, separando los miembros de su cabeza y dejándolos en un desequilibrio
brutal, en un monólogo repetitivo y esquizofrénico de lo cotidiano. Hablaba con mendigos y vagabundos sin domicilio fijo. Támbien lo hacía con managers, economistas, políticos, eurócratas; con los que tomaba cita por teléfono para entrevistarlos, con motivo de la presentación de su tesina “Situación y movimiento del origen”, que estaba preparando para su posible doctorado en la Complutense.
Por la mañana ejercía un puesto de recepción telefónica e información en una empresa de reciclaje en una zona industrial, a las afueras de Barcelona, a fin de poder pagar el alquiler de la habitación donde vivía.
Salía por las tardes-noches al centro de la ciudad, con su libreta de apuntes “La Geográfica”, así la llamaba. Hablaba de ella como de una persona.
Solía recogerse en los bares del barrio Gótico, donde escribía la experiencia de las respuestas del mendigo, al que despertaba en un portal anudándolas con una intensidad violenta a las del direcctor de empresa, que no hablaba a la razón sino al nervio.
Una reflexión sobre la carne sin misticismo, entre el vocerío y risas vivas que la acompañaban en el bar, como una espía de su vida.
Reflexionaba y describía la discordancia del sistema psíquico-social de la mayoría de la gente, que pescaba con los hilos invisibles del desequilibrio, los espacios mentales del mínimo, transformándose las vidas en pistas de circo indignamente humanas. Infrahumanas, o demasiado humanas, se diría, en una cárcel cósmicamente huesuda.
Su curiosidad era su pasión, la ilusión de justicia que siempre la mantuvo alerta contrarrestando aptitudes, que formaban parte de su misma gimnasia mental. Formas de vivir y existir en un mismo espacio umbilical.
–¡Ah! Raquel, se me traba la lengua, es una sentencia de muerte. Cada vez que vuelvo del pueblo a París, me siento enlatada en conservas de Foie de Morue (hígado de bacalao).
Su madre me contó que la mataron, la asesinaron, creyendo que era una espía que trabajaba para el gobierno de la Nueva Rusia en el extranjero.
Hoy es 17 de Abril y hace dos años que fue asesinada, en el Club Vip's, en la carretera nacional de Reus-Salou. Realizaba una de tantas entrevistas que le concedía Lidia, una de las prostitutas que trabajaba allí. La solía ver cuando venía de Barcelona a Reus para visitar a sus padres.

A Lidia, la prostituta, la colgaron de un pino y a Estrella la tiraron alcanzada por un tiro, como una liebrecilla muerta por “La cola del caballo”, a un acantilado famoso por sus extesiantes amaneceres y atardeceres. Su cuerpo fue encontrado por un pescador de caña a cuarenta kilómetros de allí, en Cala Romana.
No se sabe. Sospechan en el pueblo –y yo lo que creo– que fueron los matones a sueldo de un capo, El Malinche, un mafioso ruso. El mismo dueño del Club y de otros complejos hoteleros de lujo, un hombre que de perfil recuerda a un leproso y que resulta ser un tentáculo mostruoso por estas costas.
Mi hermano, que es comerciante y conoce a mucha gente, me habló de este mafioso; ya le rumorearon sobre el aspecto criminal de sus negocios, a pesar de tener la suerte de no habérselo cruzado nunca, le han hablado tantísimo de él…

Eso es lo bueno y lo malo que tienen los pueblos, se conoce todo el mundo.
Raquel: Marina, no te pongas así, las cosas son como son.
La injusticia la venció, pero no te preocupes. En consecuencia, «La Geográfica» ya está traducida al francés y en manos de la editorial, dentro de un mes estará publicada.
No existen los héroes, a menudo carecen de lógica, mientras que en el arte, como en la vida, nada sucede por casualidad, como me dijo Antón después de haber leído la libreta.
Marina: No sé como agradecerte la edición de «La Geográfica». Sin tu influencia, hubiera sido imposible.
Raquel: Qué luces más raras tiene este Bar, «El codo del loco», no había estado nunca. Me gustan, no las entiendo, están desorientadas y geométricas a la vez, embutidas en esas botellas vacías que cuelgan de la pared como salvavidas de un barco fantasma. Aparecen como mini luces de árbol de navidad en su interior le Chic Parisien, y esos botes de mermelada exótica, rellenos de peluches en cloroformo, un osito por aquí y otro por allá, como fetos iluminados en su embotellamiento a presión, como cuerpos vacíos o botellas sin alma, no será esa vaca en la pared que se queja, con el cuchillo clavado en el lomo y dice: «¡ay! Qué me pintaron».
Marina: Parece que esta noche, las luces del exilio nacen bajo el manto dulce de la realidad.
Raquel: ¡Miguel! Una copa por favor, que nos tienes secas, plantadas con tanta sustancia de contemplación plástica.
Marina: ¡Hombre!, Guillermo, ¿Qué tál ?, estoy con Raquel, una buena amiga. ¡Siéntate!, estábamos hablando de setas de ocho cabezas. ¡Miguel, corazón!, ¡tráenos una regadera cuando puedas!
Me levanté, cogí la copa rota y me fuí a la «toilette», miré al espejo y brinde con él.
–¡Chín-chín!

[*] Todas las imágenes son linograbados realizadas por la artista y colabroradora de calidoscopio.net, Parisicilia.
subir
Marzo-abril 2008