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Introducción a la antrología

Por Adrià Garriga Far

Para mí, un bar lo es todo. Por eso, decidir cuál será el siguiente antro al que vamos a entrar se convierte en una decisión realmente dramática, que marcará, sin duda, el sino de una noche. A mi no me convence el lema defendido por mucha gente a la que considero rival:   “entremos al primer sitio que se cruce en nuestro camino”. Entonces es cuando digo alto y claro: “¡no!”.   Sólo tengo que consultar mi base de datos mental, donde a partir de las variables espacio, tiempo y música siempre habrá un espacio mejor que el bar de la esquina.

He recibido muchas críticas por parte de mis amigos por ser así. Con ellos hay confianza, ya saben cuales son mis preferencias –en estos casos, evidentemente, los bares–. Más complicada se presenta la velada esos días en los que, por arte de magia, te encuentras rodeado de tres amigos y diez amigos de amigos o, lo que es lo mismo, diez desconocidos que harán todo lo que esté en sus manos para crear un frente común en contra de mi dictamen (a pesar de mis esfuerzos por sugerir un local que pueda estar a medio camino entre mis preferencias y las del resto). Sé que no estoy solo. Somos muchos los que tenemos nuestros bares intocables.

Lo que peor llevo es la frase “a nosotros nos da igual” o “cualquier sitio está bien”. “Perfecto pues, como a vosotros os da igual pero a mí no, entonces vamos directamente al Mission Cleim”, suelo decir. Está claro que mucha gente no es sincera. Cuando pronuncias el nombre de un antro –porque así se califican los locales oscuros y con música no comercial– desconocido por un grupo de gente, de repente uno se encuentra que es el centro de miradas que te están diciendo “eres raro”, sobre todo cuando tienes que responder a la XXX pregunta de “¿y qué música ponen?”. A pesar del poco entusiasmo generado por alguna de las sugerencias de alguien que, como yo, le importen los bares por su música, si no hay plan alternativo, acabas ganando la partida. El truco consiste en asumir el papel de guía del grupo para ir desde el punto de encuentro hasta el destino elegido, de manera decidida, con pasos constantes, firmes y, sobre todo, sin girar nunca la cabeza hacia atrás (no vaya a ser que alguna de las ovejas del rebaño se rebele y se resista a seguir el resto). Luego, si el alcohol hace su efecto, recibirás felicitaciones el resto de la noche: “pues no está tan mal este antro” o “y esto que suena, ¿qué grupo es?” son las frases más utilizadas. En caso contrario, si el estado etílico del personal brilla por su ausencia, sobrarán las palabras: las caras largas de aburrimiento de los amigos de tus amigos te condenarán a una fatídica incomprensión y falta de sinergia con la gente, tan desconsoladora, que ni una canción de los Cure te hará remontar ya la noche. “Nos vamos, que mañana madrugamos”, dirán.

¿Es que, a caso, nadie tiene en cuenta la responsabilidad que supone una elección de este calibre? No es tan sencillo como parece; existen muchos tipos de bares diferentes según la situación que se tercie. Lo que queda muy claro es que la música que nutre cuatro paredes con barra y mesas no deja indiferente a nadie. Pongamos el ejemplo de una cita. ¿A quien se le ocurriría llevar a ese alguien especial, en su primera cita, a un antro donde pongan heavy metal al máximo volumen? Y no es que tenga nada en contra de este tipo de música, sino que no nos apetece estar chillando a la oreja de la otra persona, sobre todo porqué podemos alcanzar el punto de los malentendidos y la falta de comunicación antes de tiempo. Seamos razonables entonces. Si hacemos el esfuerzo de cuidar todos los detalles a la hora de elegir un bar en según qué tipo de ocasiones, también podemos hacerlo esos días que, sin más, uno decide de modo improvisado quedar para tomar algo (sin intenciones deshonestas).

Me he planteado muchas veces cual es el factor más importante a la hora de elegir el bar idóneo. Se ha demostrado que la banda sonora de un garito va de la mano con el tipo de gente que lo frecuenta   y de sus intenciones, en muchos casos totalmente impúdicas. Así, nos encontramos esos pubs donde impera un sentido musical totalmente impersonal. En media hora, puedes escuchar temas de Aretha Franklin, de Shakira, de REM, de Bisbal, de Madness, etc. ¿Quién puede cambiar el chip tan a menudo? ¿Cómo pasar del “pogo” londinense al movimiento de senos de la colombiana? El ambiente de estos locales rezuma calor; se habla en inglés, pues es el destino de muchos estudiantes Erasmus; la bebida por excelencia es el mojito o la caipiriña (¿no es lo mismo?) y, por último, la alegría del local queda centrada en medio de la pista, con el baile totalmente desatado por ese grupo de treintañeras ebrias y solteras. Hay un instante estelar en este tipo de locales: el momento coreografía. ¿Quién no ha manifestado mediante el lenguaje corporal las letras “Y-M-C-A”? Creo que el grado de tolerancia de esta clase de diversión no se adquiere, se nace con él (y esos 10 amigos de tus amigos lo poseen).

Como la cuestión es siempre quejarse, tengo que reconocer que no ando muy contento últimamente. Parece que actualmente está de moda la filosofía que rechaza el concepto “tasca-pulpería” para ir a lugares donde la música enciende las almas de individuos que nos drogamos exclusivamente a base de música en vena. La ventaja que provoca esta situación es la apertura de nuevos e interesantes locales con actividades musicales y culturales diferentes. El problema, entonces, reside en el hecho de que cuando algo vende tiende a ser explotado y no se sabe hasta que punto lo auténtico se transforma en aparente. Así, últimamente hay colas para entrar en muchos antros, que al mismo tiempo se permiten el lujo de subir el precio de las entradas y de las consumiciones…

A pesar de estos contratiempos –precios abusivos, colas kilométricas, bebidas radioactivas, poca ventilación, largas distancias recorridas por calles gélidas hasta dar con el lugar apropiado, etc.– siempre acabamos en los sitios de siempre rodeados de las mismas caras, discretas pero presentes, anónimas pero conocidas. En nuestros bares favoritos nos sentimos como en casa. Y si encima tienes cierta confianza con el pinchadiscos podrás pedir esa canción que lleva toda la noche en tu cabeza para acabar la velada rodeado de cara genuinas, mellizas de sentimiento que, como tú, alcanzarán la máxima felicidad al poder bailar, por fin, esa canción de los Cure.  
          

 

   
 
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