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“Bello y condenado”

Por Fabio Donalisio

Resumo brevemente, para no oyentes y eremitas. Un vaquero lo suficientemente fracasado encuentra, mientras caza en los desolados territorios entre Texas y Méjico, un maletín lleno de fajos de dólares en la escena de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. A partir de ese momento se le pega a los talones un killer, sin duda, despiadado y un viejo sheriff que ha dejado de estar en sintonía con el lenguaje del mundo. Obviamente acaba mal, en el peor modo de todos los malos modos posibles.

Estos son los hechos.

Con esta trama los Coen forjan una película perfecta. Profesional y formalmente perfecta. Los actores lo son, lo son sus caras. Los bigotes de Josh Brolin, el peinado metafísico de Javier Bardem y los surcos de las ruedas sobre la pradera, sobre las arrugas de Tommy Lee Jones. Los primeros treinta minutos son los de una gran América. La justa. Salvaje, cerril y violenta. Y sobre todo impasible al destino de cualquiera. La vista obtiene su parte de inmenso desierto que casi se pierde en los bordes de la pantalla. La disposición de los jeep en la escena del delito, los ojos del perro muerto, los ojos de Anton Chigurh, ángel exterminador de esta mitología sin Dios.  

Después todo sucede rápidamente, tal vez demasiado. Y nos damos cuenta de que en esta película hay talento, pero no hay duende. Que es imposible, a pesar del esfuerzo, olvidar las palabras de Cormac McCarthy: esas palabras valen más que cualquier imagen. Un esfuerzo desesperado y a su modo trágico, el de los Coen. Hay que reconocérselo.“Estoy a punto de joderla, pero voy a hacerlo igualmente”, medita Llewelyn Moss en su roulotte antes de echarse el trapo a la cabeza y precipitarse en el desastre. Tal vez sea lo que ellos han pensado. Una lucha impar, desigual. De la que salen inevitablemente vencidos, pero con honor. De haber puesto en escena una eficaz representación del mal imposibilitados en transfigurar la tremenda meditación que sobre él hace el viejo vaquero de El Paso.

Nos queda un torbellino de violencia rápida que ensangrienta a los protagonistas de este drama de la avidez. Una vida que se conserva o se pierde a cara o cruz. Una ojeada rápida a las suelas de las botas para comprobar que las manchas de sangre no son testigos de la muerte. “Yo no quiero elegir”, se puede suplicar o maldecir. Pero algo más implacable –una llanura o una pistola hinca clavos, no importa– nos espera al acecho en la próxima curva. De una película así habría que salir con el estómago revuelto, tal es la condena de McCarthy. Pero no es así. Y no es fácil contentarse otra vez. No en este country for old man. No en those dying generations, come diría Yeats.

*Traducción del italiano: Ana Ciurans Ferrandiz

 

 

Mayo 2008 ©

 


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