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¿Una gran transición?
Rusia entre 1985 y 2002 según Rafael Poch de Feliu


Por Raúl Muniente Sariñena

Me he pasado toda la vida defendiendo intereses nacionales como un hijo de perra, Kissinger fue aún más hijo de perra, pero este jovencito (Kozyriev, ministro de exteriores de Yeltsin del 92 al 96) lo que necesita es trabajar en una organización filantrópica. Richard Nixon

Nunca debemos olvidar que Yeltsin borracho es mejor que la mayoría de sus alternativas sobrias. Bill Clinton


Rafael Poch, tras veinte años cubriendo la actualidad rusa de La Vanguardia, se ha ido a China. Como testamento nos ha dejado esta crónica, mezcla de historia, periodismo y compendio de experiencias del periplo de Gorbachov y Yeltsin, o lo que es lo mismo, de la época de la inmolación, desmantelamiento, implosión, liquidación o cómo quieran llamarlo, de la Unión Soviética.
En los medios de comunicación oficiales, rara vez, por no decir ninguna, encontramos un balance positivo de la URSS. Rafael Poch tampoco lo hace. No obstante, la rareza reside en que tampoco demoniza en plan hollywoodiense el ahora extinto imperio soviético.
A continuación procederé a chafar la intriga del libro y, por tanto, estimular la lectura razonada. La gran transición contiene varios fantasmas que con un poco de habilidad y espíritu detectivesco puedes cazar.

El primer fantasma es la presencia/ausencia de la CIA. El autor esquiva esa presencia, presentando únicamente las imprudencias e ingenuidades del gobierno soviético. Su prosa mantiene un enfoque de dandy, en la línea aristócrata del conde Godó. Un periodista de El Mundo por ejemplo, en la línea de su director Pedro J., seguramente habría enfocado La gran transición en base a constantes descensos a las cloacas de los servicios secretos y las habilidades conspiratorias estadounidenses.

El segundo fantasma está incluido incluso en el título. El calificativo de "gran transición" sugiere que la volatilización de la Unión Soviética es algo que ha afectado a la totalidad del planeta: aún nos hayamos sumergidos en el trance de descodificar los efectos de la liquidación de la URSS y la actual recreación del espacio ex-soviético. Así pues, esta transición, puede ser utilizada como metáfora planetaria de la destrucción del Comunismo realmente existente por parte del gran capital.

En fechas recientes, el antiguo vicepresidente del gobierno, Alfonso Guerra, recordaba que lo que ocurría en España con la pujanza de las autonomías recordaba trágicamente a lo que había ocurrido años atrás en la Unión Soviética, decisiones tomadas desde el poder, en contra del parecer de los ciudadanos y que acababan beneficiando a unos pocos.

Pero vayamos al libro. Lo dividimos en dos partes. El periodo de Gorbachov y el periodo de Yeltsin. El primero se encargó de debilitar a la Unión Soviética y el segundo fue el virus que penetró con facilidad en el organismo que el primero había desprovisto de mecanismos de defensa. Para Poch, el malo de la película sería Yeltsin. No obstante, para el ciudadano ruso el malo no sería otro sino Gorbachov. Recientemente apareció publicada en Ria Novosti una encuesta masiva dirigida a ciudadanos de la antigua Unión Soviética en la cual tan sólo el 50 por ciento de los ciudadanos fusilarían a Yeltsin mientras que nada más y nada menos que el 75 por ciento de ellos fusilaría a Gorbachov. La diferencia entre Poch y el ciudadano ruso es clara. La visión antropológica del ciudadano ruso es colectiva:  el individuo es cruel y miserable y el Estado debe controlarlo. La visión de Poch por momentos parece más ingenua y rousseauniana: el individuo es benigno y se puede desconfiar del Estado.

De esta manera se comprende la simpatía que le despiertan a Poch las buenas intenciones de Gorbachov. Y donde más se refleja esto es en el tema de la corrupción. Gorbachov, como todos sabemos, era el único dirigente íntegro que tuvo la URSS. Y el más desastroso. Esto quizás nos sugiera que es mejor un gobernador inteligente y corrupto que uno tonto e íntegro.

En este libro aparece una anécdota que jamás olvidaré. Se cita un fragmento de la autobiografía de Gorbachov en la cual, siendo este recién nombrado ministro de agricultura, se reúne por vez primera con el Premier Brezhnev. Gorbachov cuenta, que tras cuatro horas contándole sus planes de cambio en el sector, Brezneve únicamente logra articular un: "qué pena Kulakov –el antecesor de Gorbachov en el cargo, apenas fallecido– era tan buena persona". Para Gorbachov, más que una muestra de melancolía de lo que podría haber sido, la reacción de Brezhnev le pareció fruto de su senilidad.

No obstante, Poch tiene un argumento bastante potente para defender la debilidad de Gorbachov: Gorbachov tenía miedo de que EEUU desencadenara la guerra nuclear y decidió hacer desaparecer el Comunismo para salvaguardar a los habitantes de la Unión de ese posible ataque. A estas alturas de la corrida, pocos quedan que le den más importancia a la idea de la lucha de clases que a la idea de humanidad, después de tantas películas estadounidenses en las cuales la humanidad unida se enfrenta a los ataques alienígenas. Sin embargo, en la URSS, esta subordinación de la causa era bastante insólita. Recordemos a Lenin cuando dice aquello de que "aunque tengan que morir el 90 por ciento de los rusos, con el 10 por ciento restante, haré una sociedad increíble".

Llegamos a Yeltsin. Como hemos dicho anteriormente, oficialmente Gorbachov es el santo y Yeltsin es el demonio. Obviaremos por un momento si la eclosión del demonio es un descuido del ángel y vayamos a los principales hitos del yeltsinismo:

•  Independencia de Rusia del resto de la Unión Soviética. Yeltsin se lo comunica a Bush padre antes que a Gorbachov. Triplica los sueldos de los militares y duplica el de los funcionarios. Multiplica la burocracia. Un soldado raso pasa a ganar el doble que un catedrático de la universidad.

•  Reparto a cada ciudadano de vales por el valor correspondiente de las grandes industrias nacionales. El ciudadano no sabe que hacer con ese vale. Entonces aparecen antiguos funcionarios venidos a empresarios que compran estos vales por cantidades irrisorias. El 80 por ciento de los rusos se los venden.

•  Golpe de Estado contra el parlamento asegurándose el poder absoluto de disolver la cámara para seguir privatizando el país de la mano del ultraliberal Yegor Gaidar.

•  En 1995, descenso del precio del vodka a la mitad, mientras que la pensión media alcanzaba para comprar cinco veces menos pan y cuatro veces menos embutido barato. "No hay duda de que un vodka barato y accesible fue uno de los principales amortizadores de protesta social" señala el historiador Medvedev.

•  Aparición de los culebrones en la televisión. Multiplicación de las publicaciones en prensa escrita pese al descenso a la mitad de las ventas. Aparición de reality-shows con presentadores burlones que humillaban a la propia ideología colectivista y ponían como ejemplo las relucientes calles estadounidenses.

•  Creación de una república bananera: gabinete de astrología, el guardaespaldas de Yeltsin se transforma en una de las personas más influyentes del país, penetración en la élite gobernante de los partidos en el club de tenis en detrimento del antiguo deporte soviético colectivo, el voleibol.

Y ahora recordemos los discursos de Yeltsin en el 1989: "Mientras vivamos tan pobres y míseros, no puedo comer salmón con caviar, no puedo circular en automóviles que ignoran los semáforos y desplazan a los demás coches, no puedo tragar medicinas importadas sabiendo que mi vecina no tiene aspirinas para dar a su hijo enfermo. Por vergüenza que no puedo".

De 1985 al 2002 la URSS quedó liquidada contra el deseo de sus ciudadanos; recordemos que en 1990 se hizo un referéndum en el cual el 76 por ciento de ellos quería seguir siendo soviético. Con la liquidación, la esperanza de vida bajó 11 años, hasta el punto de que la mayoría de padres no pueden costear operaciones para sus hijos que antes realizaba rutinariamente la seguridad social soviética. Se multiplicaron las guerras entre naciones que antes eran la misma. Se produjo la cruel fatalidad de que la generación de mutilados que había cargado con el peso específico de la victoria en la II Guerra Mundial sobre la Alemania nazi se quedó sin pensión de jubilación. Entre los miembros del partido, muchos se retiraron dignamente a su casa ante el atropello. Otros más rapaces se pasaron a los nuevos gobiernos ruso, ucraniano, armenio, que pagaban mucho mejor. Los más hábiles y menos atrapados por una visión colectiva de la sociedad se apoderaron de los recursos de la Unión y se convirtieron en auténticos magnates mafiosos que dejan a la altura del betún a los campechanos calabreses. Mientras tanto, el comunismo desapareció del mundo. La juventud occidental se hizo rebelde sin causa o anarquista, la juventud árabe desempolvó un Corán que su padre había sustituido por la lectura de Marx, los millones de nuevos jóvenes chinos se metieron en fábricas a trabajar para la juventud occidental rebelde sin causa y la juventud rusa se abrazó a Putin para poder salir de casa sin miedo a que te degollaran para quitarte las zapatillas. A todo esto, Rafael Poch, en un alarde de pretendida "objetividad periodística" lo llama La gran transición. Se puede estar de acuerdo con lo de "gran", sin embargo, en la redacción se tiene que pensar cómo sustituir lo de transición. Tenemos varias opciones: la gran salvajada moral, la gran victoria de la burguesía, la gran humillación, la gran venta de una patria o la gran tomadura de pelo.

 

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