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Por Anna María Iglesia Pagnotta

El cine que vemos actualmente en las pantallas o muchos de los libros contemporáneos que leemos son el resultado de la denominada posmodernidad. Sería indudablemente interesante analizar el arte posmoderno para así entender que significa tal calificativo. Sin embargo, un análisis de este tipo resulta difícil sin una previa reflexión sobre la sociedad posmoderna o, lo que viene a ser lo mismo, nuestra sociedad.

El debate en torno a la posmodernidad se inició a finales de 1970, en particular en 1978 cuando Lyotard publicó La condición posmoderna; desde entonces los contributos realizados sobre el tema son inumerables y las opiniones vertidas son diversas las unas de las otras. Por esta razón, resulta interesante el libro En torno a la posmodernidad, pues recoge una serie de ensayos de diferentes autores, cuyos diferentes planteamientos dan una visión amplia del tema. Como se indica en el mismo prólogo, los ensayos pretenden dar al lector una idea de lo que es la posmodernidad y, lo que es lo mismo, razonar sobre la sociedad actual. Por ello, los ensayos abordan, quien más y quien menos, “la crisis de la razón moderna, así como las correlaciones modernidad/posmodernidad bajo las posibles pautas del optimismo ilustrado y el pesimismo romántico, del progresismo y del regresionismo”(1).

El primer ensayo, clave para la interpretación de los demás, es de   Gianni Vattimo, Posmodernidad, ¿una sociedad transparente? En él se indican los caracteres generales de la posmodernidad, las razones de porqué la modernidad ya no es vigente y, además, Vattimo da las claves interpretativas para los ensayos que siguen, pues no se entendería lo escrito por Savater sobre el pesimismo sin la concepción de la muerte de las certezas defendida por Gianni Vattimo.

Éste sostiene que la modernidad finalizó en el momento en que lo nuevo dejó de ser un valor; la búsqueda de la novedad y de lo original es una herencia de la Ilustración. Los pensadores ilustrados concebían la Historia como un proceso de realización cada vez más perfecto, la Historia conducía a una progresiva mejora hasta llegar a conseguir el hombre ideal; por lo tanto, para los ilustrados la Historia era la representación temporal del progreso: ambos conceptos eran indivisibles, sin el primero no podía existir el segundo; este binomio encuentra su base teórica en la concepción unitaria de la Historia. La Historia era aquella de Occidente, la de los grandes hechos y la de los grandes nombres. Actualmente, la Historia ha perdido su carácter unitario, se ha fragmentado. La fragmentación tuvo sus inicios en filósofos como Marx, Nietzsche o Heidegger, quienes concebían la Historia como el resultado de diversas fuerzas –Marx, por ejemplo, sostenía que la Historia era el resultado de fuezas socio-económicas–, ya no como algo unitario, sino como resultado de una diversidad. La crisis de la Historia conlleva la crisis del progreso: en la posmodernidad la fe en el progreso desaparece, no se puede aspirar a algo ideal. Como subraya Savater en su ensayo, El pesimismo ilustrado, la idea de progreso desparece porque muere la confianza en las posibilidades del hombre y, por lo tanto, el optimismo se convierte en un “pecado”: no puede concebirse en una sociedad posmoderna. Escribe Savater que el optimismo se convierte en “la beata autocomplacencia en los recursos del hombre y en su avance ininterrumpido y triunfal a lo largo de los tiempos”(2).

La pérdida de una idea unitaria de la Historia, de la fe en el progreso y en las posibilidades del hombre conduce a una sociedad fragmentada, plural, en la que las ideologías –llamadas por Lyotard metarelatos– ya no tienen validez y el pesimismo se convierte en el motor de la humanidad.

LyotardLa unicidad se convierte en una pluralidad pues la realidad es plural. Fueron la Ilustración y el Positivismo, la ciencia en general, a defender la idea de una realidad ordenada racionalmente; “no, los hechos no existen, sólo las interpretaciones”(3), escribe Nietzsche y ésta es la realidad posmoderna: la realidad son interpretaciones y, al ser plural, no hay nada que la unifique. Las ideologías –Lyotard incluye entre ellas también la religión– han muerto y por lo tanto no hay nada que sea común a toda la sociedad; no hay principios válidos en absoluto, la sociedad posmoderna es la sociedad en la que todo vale. Por lo dicho hasta ahora, se entenderá la crítica realizada por Adorno a los medios de comunicación: “el imperio de los media es un instrumento de manipulación, es un intento de uniformar la sociedad que, por sí misma, es plural”.

Comunismo, liberalismo y, en general, las ideologías políticas ya no son vigentes; la llamada “muerte de las ideologías” ha invadido el panorama socio-político y en la sociedad hodierna parece que las ideas ya no cuentan. Lo mismo sucede en el campo religioso: Fernández del Riesgo inicia su ensayo, La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos, citando a José María Mardones: “Hubo tiempos en que Dios habitaba con normalidad en la cultura occidental. Hoy Dios es un ausente. Y lo más llamativo es que no se nota. No se le echa en falta a este huésped, que era lo necesario y fundamental para la vida de otros hombres en otras épocas”(4). Si Lyotard incluía la religión entre los metarelatos no era un hecho casual, estaba motivado por la idea de que en la sociedad posmoderna la figura de Dios –especialmente la religión cristiana, aunque no se excluyen las otras religiones– pierde su centralidad, deja de formar parte esencial de la vida moral de los hombres. Así como las ideologías has desaparecido dando lugar a una multiplicidad de ideas, la moral religiosa se ha difuminado dando   paso a una diversidad de valores; ya no hay una moral unificadora. Fernández del Riesgo señala que la pérdida de una concepción religiosa tuvo su inicio con el positivismo y, en particular, con el desarrollo industrial y científico. El hombre conocía sus capacidades creadoras y manipuladoras, era el artífice y no necesitaba recurrir a la divinidad para explicar lo creado. Todo venía justificado mediante la razón, una razón que analizaba toda la realidad con   criterios científicos(5) y, por ello, era incompatible con la mentalidad religiosa “capaz de sintonizar con las cuestiones últimas y el misterio”. Otro de los factores que han favorecido la descentralización de la religión ha sido la secularización de la sociedad, hecho que ha fomentado en los hombres una mayor autonomía. Estos dos factores, racionalismo y secularización, presentes en la modernidad han dejado huella en la posmodernidad, en la que la secularización ha dado lugar a una pluralidad de creencias. En efecto, el hecho de que la religión haya perdido su rol clave a causa del racionalismo o de la secularización, ha tenido como efecto la pérdida de legitimación por parte de la misma, la religión. La religión ya no legitima, Dios ya no es un legislador y las “funciones tradicionales” han entrado en crisis. En la era de la posmodernidad los sistemas de conocimiento, como también los sistemas morales-religiosos se han pluralizado. Además, añade Fernández del Riesgo, el poder de los medios de comunicación ha mercantilizado la religión: en la sociedad posmoderna todo se convierte en un bien de consumo. Así pues la pluralización y la mercantilización de la religión permiten al creyente   elegir su propia manera de creer y, por ello, la religión pasa a pertenecer a la esfera privada. El creyente elige, pues las creencias religiosas ya no son universales.

Como se ha visto hasta el momento, el libro En torno a la posmodernidad presenta una sociedad posmoderna caracterizada por   un pluralismo cultural, por la no validez de los metarelatos, de las ideas globalizadoras y la pérdida de confianza en la Historia y el progreso. ¿A dónde conduce una sociedad de este tipo? Mardones en su ensayo, El neo-conervadurismo de los posmodernos, nos plantea las crítica recibidas por los teóricos de la posmodernidad, en particular aquella realizadas por Habermas. Personalmente, estoy convencida de que las dudas planteadas por Mardones en su capítulo son del todo lícitas; en efecto, el pensamiento posmoderno conlleva la no existencia de principios “orientadores”, universales y, en cambio, los principios anteriormente universales se ven reducidos a un contexto estrictamente local. Mardones sostiene, por lo tanto, que   “si no poseemos ningún criterio universal, de justicia, preferibilidad racional, discernimiento ético… ¿Cómo podremos escapar de la arbitrariedad del poder, de la violencia del más osado o más salvaje?”(6). Lyotard sostenía que el abandono de los metarelatos y de un consenso general era la manera de huir de los totalitarismos. Sin embargo, ¿no es más fácil caer en un totalitarismo si no hay unos principio válidos para todos? En la sociedad en la que todo es válido, ¿Cómo se puede combatir un sistema totalitario o una masacre? Mardones se refiere también a la idea de sujeto débil de Vattimo, quien, a través de este   concepto articula la idea de un abandono de la tiranía del pensamiento racional y objetivo y propone vivir en un “incierto error”, en un “vagabundeo incierto”. Vattimo promueve una existencia en la que la razón no intervenga y, de esta manera, el sujeto pierda su “afán objetivo” y pueda nacer en el un pensamiento auroral. Mardones se opone a esta teoría pues considera que el esteticismo de la vida conduce a la formación de sujetos débiles, sujetos sin memoria para la Historia y sin criterio hacia lo que Mardones llama “deshumanización”.

Vattimo

El ensayo de Mardones puede considerarse el otro punto de vista entre los ensayos citados pues pone su “si” condicional/dubitativo a toda una visión de una sociedad que, en mi opinión, puede ser abocada a un pesimismo que condene, como subraya Savater, el optimismo por ser una utopía sin finalidad. El Cándido de Voltaire fue un precedente de la condena del optimismo, pero no por ello debe convertirse en un modelo. En efecto, el pesimismo globalizado es el resultado de la pérdida de toda confianza, de toda certeza y de la consideración de que, por lo general, todo es igual. Así mismo, un exasperado pesimismo puede llevar a un nihilismo, a la fe en la nada. Como subraya Mardones “¿Cómo se puede combatir un sistema totalitario o una masacre” si el pesimismo o el nihilismo son la base fundamental de una sociedad?

 

Notas

(1) Andrés Ortiz-Osés, introducción a En torno a la modernidad. Ed. Anthropos 2003.

(2) F. Savater , El pesimismo ilustrado, dentro de En tonro a la modernidad. Ed. Anthropos 2003.

(3) Nietzsche, Fragmentos póstumos.

(4) José M. Mardones, Raices sociales del ateismo , Madrid, Fundación Santa María 1985.

(5) La filosofía positivista encontró oposición en la Escuela de Frankfurt –ésta ha tenido influencia en algunos teóricos de la posmodernidad–.

(6) J. M. Mardones, El neo-conservadurismo de los posmodernos, dentro de En torno a la modernidad. Ed. Anthropos 2003.

 

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