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Por Hugo Izarra   

Vamos a situarnos…

Pongamos que sabes cantar. Bien. Que tocas también algún instrumento. Mejor aún. Sin saber cómo llega a ocurrir, tu maqueta, que ha ido rebotando de discográfica en discográfica, cae un día en manos de un iluminado llamado Jerry Brandt. ¿Bien?

Vale. Hasta ahí es sencillo.

Ahora imagínate, algunos días después, apareciendo en una colosal valla publicitaria de casi quince metros de altura, haciendo sombra desde lo alto de Times Square; tu cara en las portadas de las mejores revistas musicales del momento; tu anuncio en todas las revistas, en los periódicos. Imagina a un empresario sin escrúpulos, cegado por la ambición, vendiendo tu estampa como si fueses a desbancar al mismísimo Bowie de la cumbre del Glam, como si tu carisma pudiese eclipsar al mismísimo Elvis, como si resultase que los Beatles sólo hubiesen sido unos tipos con suerte en comparación con tu talento. Imagina que una de las casas de discos más importantes del momento se cree esa patraña y decide firmar el contrato más caro de la historia. Y tú acabas creyéndotelo también, claro, y decides que es verdad.

Ésta es la historia del delirio más grande de la historia del rock and roll, un fracaso de proporciones bíblicas llamado Jobriath. Algo, más o menos, parecido a lo que sigue:

Ni siquiera los biógrafos han sido capaces de ponerse de acuerdo a la hora de señalar la fecha de su nacimiento. Mientras unos aseguran que Bruce Wayne Campbell —sí, así se llamaba: Bruce Wayne Campbell— vino al mundo en 1945, otros sostienen que lo hizo al año siguiente. En cualquier caso, no fue hasta 1967 cuando empezó a hacer algo de ruido. Coincidió con su ocurrencia de renombrarse Jobriath Salisbury, mientras interpretaba a Woof en el musical «Hair», a caballo entre Los Angeles y Nueva York. Su experiencia como actor precedió a su participación en Pidgeon, un grupo oscuro que navegaba de manera confusa entre el folk-rock y el hippismo, hasta que naufragó. Esta deriva le mantuvo entretenido hasta 1972.

Movámonos ahora en el tiempo y en el espacio. Un año más tarde, en Nueva York, aparece en escena Jerry Brandt, el gran visionario Jerry Brandt, el promotor que descubrió a Carly Simon, el empresario que se deshizo del Electric Circus. Un carroñero de la escena artística, un manipulador a escala industrial ávido de nuevos horizontes que se dedicaba a bucear entre las cintas que rechazaban las grandes casas en busca de la quintaesencia incomprendida.
Fue así como descubrió a aquel Jobriath, por azar, en el despacho de Clive Davis, presidente de la Columbia Records, mientras el ejecutivo escuchaba los últimos cortes de una grabación que procedía de Los Angeles. Lo que Davis encontró “loco y desestructurado” y tachó de “atentado melódico”, a Brandt le pareció música celestial. Lo cautivó hasta tal punto que atravesó el país de costa a costa en busca de su particular octava maravilla.

Se la encontró flotando en vómito. Literalmente.

Aunque la versión que pomposamente regalaba en todas las entrevistas que concedía en 1973 hablaba de hadas en habitaciones blancas y de amor a primera vista, lo único cierto es que Jobriath había tocado fondo cuando Brandt se cruzó en su camino. Se prostituía por cerveza y, básicamente, a eso se limitaba su atormentada existencia.

Brandt le explicó lo que pensaba hacer con él. Posiblemente aquello le sorprendió tan borracho que la idea no le pareció descabellada, o tal vez no, tal vez simplemente se dejó llevar, porque cualquier cosa sería mejor que lo que tenía. O que lo que no tenía.

De este modo comienza su delirante aventura neoyorquina. Con una visita a Elektra, acompañado de Brandt, donde el productor lo anuncia como una especie de nuevo Mesías del rock, un tipo en la línea de Bowie, pero con mucho más estilo; con el desparpajo de Elvis, pero mucho más refrescante; con el talento compositivo de los Beatles, pero con un mensaje trasgresor: era Jobriath, el artista definitivo. (Nada de esto era cierto, obviamente, a excepción del alarmante parecido con Bowie, que fue interpretado por muchos como “un vulgar plagio” o “el fin de la era del fag-rock ”).

En realidad, Jobriath sólo aventajaba a Bowie en amaneramiento. No era mediocre, pero tampoco iba a cambiar el mundo con sus canciones. No nos engañemos, la sociedad americana de principios de los setenta no veía con buenos ojos que fuese predicando su homosexualidad a voz en cuello. “Soy un hada real”, decía a menudo para presentarse. Sorprendentemente, Elektra dejó a un lado sus prejuicios y decidió apostar por el artista. De manera brutal, se invirtieron más de 500.000 dólares de la época en su promoción.

Esto supuso aparecer en Penthouse, en la Rolling Stone, en Vogue y hasta en el New York Times. Todos los artículos reproducían la famosa escena de Jobriath desnudo y sin piernas, arrastrándose melancólicamente por un suelo púrpura: era la viva imagen del Glam. El problema es que ese suelo púrpura ya lo habían pisado demasiadas reinas. No sólo Bowie, también Lou Reed, Iggy Pop, Marc Bolan, Slade, Freddie Mercury y hasta Gary Glitter hacían del escenario de la lentejuela y la purpurina un espacio irrespirable para alguien tan desconocido, y al tiempo tan igual, como Jobriath.

A pesar de todo, Elektra, que se sentía en deuda con Brandt por haberles descubierto a Carly Simon, siguió adelante con su calculado plan de destronar a la reina del Glam. Movió pieza prometiendo un extravagante debut en directo del artista, que ahora había cambiado su apellido por Boone, en la Casa de la Ópera de París. El proyecto, en el que se invirtieron otros 200.000 dólares, consistía en una gira de presentación por las cunas de la Ópera de Europa, incluyendo citas en escenarios tan emblemáticos como La Scala de Milán o Covent Garden. Jobriath anunció, para hacer boca, que aparecería “disfrazado de King Kong, encaramado en lo alto de una representación del Empire State que se convertirá en un pene gigante, y yo me habré transformado en Marlene Dietrich”. Todo se quedó en nada, porque la gira nunca tuvo lugar.

Entretanto, su segundo disco, “Creatures of the night”, se editó al año siguiente. Sin la repercusión mediática del primer álbum, es obvio, porque Elektra había ido perdiendo la fe en aquella estrella fugaz de aspecto extraterrestre. Ya no hubo reseñas ni paneles.

Su debut en directo no tendría lugar hasta ese año, y no fue, desde luego, el que cabría esperar después de la millonaria campaña promocional: en el Bottom Line de Nueva York, dos noches seguidas, ante una audiencia de 400 personas. Un periodista de la época observó con ironía que “aquello recordaba más a un decadente Tab Hunter   tocando en un night-club de Beverly Hills que a un fenómeno del rock and roll”.  

En efecto, fue un rotundo fracaso desde el mismo instante en que posó sus pies sobre el escenario. Jobriath no se había rehabilitado, seguía fiel a sus adicciones, y sus denodados intentos por ocupar el trono de la reina de los gays dieron con sus huesos fuera de Elektra, que prefirió verle hundirse antes que seguir promoviendo “aquella escandalosa apología de la homosexualidad”. Se ganó el rechazo casi unánime de una sociedad, la americana, que todavía no estaba preparada para tanta sinceridad. Y, como era de esperar, también el desprecio de Brandt, quien años más tarde describiría a su protegido como “un gilipollas alcohólico”.

A pesar de todo, Jobriath and The Creatures, abandonados ya por su manager y su casa de discos, repudiados por la prensa y el público en general, decidieron emprender por su cuenta y riesgo la que habría de ser su primera y última gira por los Estados Unidos.

Fue aún más desastroso de lo que se podría prever. Jobriath, que había entrado en una vertiginosa espiral de alcoholismo y drogadicción, se arrastraba lamentablemente por los contados escenarios donde eran contratados. En el Nassau Colisseum de Nueva York llegaron a ser agredidos “por maricones”. Hayden Wayne, uno de los miembros del grupo que lo acompañaba, reconocería más tarde que no había sido un acierto por parte de Brandt “venderlo como la auténtica hada del rock and roll” en aquella época.

Condenado en parte por el contrato que había firmado con Elektra, que le impedía volver a editar un disco en diez años, Jobriath anunció su retirada del mundo de la música en 1975. Se refugió en su apartamento en la cima piramidal del Hotel Chelsea, y allí se prostituyó y se pudrió lentamente y contrajo el SIDA que acabaría con su vida ocho años más tarde, en 1983. Paradójicamente, cuando expiraba la cláusula de su contrato.

Antes de morir, en un último gesto de dignidad artística, Jobriath Boone se transformó en Cole Berlin, una especie de vodevil ambulante que interpretaba temas lounge como «Sunday Brunch» al piano de clubes de alterne y bares de mala muerte. Una parodia de sí mismo en la que, muy probablemente, también llegó a creer.

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