
Por Luciana Ferrando
El lugar en el que transcurre esta historia es un pueblo. Pueblo grande pero pueblo al fin y al cabo, parecido a otros en el mundo y en especial a los del interior de la provincia de Buenos Aires.
Pueblos donde lo cierto es que la siesta es la reina de la tarde, sobre todo en verano, y que durante su reinado sólo se oye a las cigarras y a los perros mientras se adivinan cosas a través de los agujeritos de la persianas entornada. Después viene el mate con bizcochos o tortas fritas y la radio con el partido los domingos.
Olor a pasto recién cortado y otras bondades.
Es cierto que en el pueblo todos se conocen –por lo menos “por dichos” o de vista– y que esa cercanía puede ser peligrosa, como lo demuestra brutalmente Lars Von Trier en Dogville y otros en películas que no vienen al caso.
Es cierto que hay una plaza estratégicamente situada que es el corazón pueblerino donde las parejas se citan, discuten, aprovechan la oscuridad de los bancos más apartados y los viejos juegan a las bochas o miran la nada y los chicos malos dan vueltas infinitas con sus coches nuevos y la música al máximo, y los brazos al descubierto asomados a la ventanilla.
Es cierto que la iglesia, el boliche, la escuela y el bar donde los hombres toman vermut después del trabajo son figuras cotidianas y protagonistas.
Es cierto que la existencia en los pueblos se puede volver infernalmente aburrida y que la ciudad habita en la imaginación de los adolescentes como personificación de un amplio abanico de posibilidades y aventura.

Todo esto es cierto, pero en la vida de Saladillo, el pueblo donde transcurre nuestra historia pasó algo que le impide ser como los otros pueblos o, incluso, como él mismo era antaño.
En Saladillo hay un antes y después del cine. Pero no, o no solamente, de la sala de cine como en la lacrimógena Cinema Paradiso, sino del hacer cine. Del mismísimo quehacer cinematográfico que, como lo prueba esta comunidad, no requiere más que de ganas, esfuerzo e inventiva. La técnica es secundaria, y todo lo demás –sobre todo en los pueblos– se puede pedir prestado.
Antes de seguir, merece la pena aclarar brevemente cómo la debacle económica de diciembre de 2001 en la Argentina produjo además de bancarrotas y exilios, una explosión creativa. Ante el impacto en cadena de la devaluación diferentes movimientos culturales se pusieron en marcha con dos pesos o, directamente, sin una moneda. Hubo entonces una especie de acuerdo tácito, un “no vamos a dejar de hacer cosas, todo lo contrario” y florecieron, por ejemplo, obras de teatro, ciclos de cine y conciertos gratis o a la gorra y las cooperativas… así, como con una voluntad general de juntarse para que algo funcione o, por lo menos, para que no deje de funcionar.

El cine made in casa no escapa a este marco. Sin embargo, en Saladillo la iniciativa se venía gestando desde bastante antes gracias a Fabio Junco y Julio Midú, dos tipos artísticamente inquietos y con fe en sus proyectos que poco a poco fueron impulsando la movida del cine con vecinos.
Midú quería ser actor, pero el haber crecido en una familia numerosa le complicó un poco el camino y se vio obligado a trabajar de cualquier cosa –como fabricar zapatillas– hasta que logró entrar en Canal 5, la televisión local, primero como camarógrafo y luego como productor y realizador de un programa infantil. Pero aún quería filmar. Sin dinero pero con el capital no menos valioso del apoyo de sus coterráneos, realizó treinta capítulos de la telenovela Enamorada, tira interpretada íntegramente por vecinos y seguida por espectadores de todas las edades, enganchados con la trama pero también ávidos de verse en la pantalla chica, en el living de casa.
Junco es locutor y periodista. Estudió teatro y condujo emisiones de interés general en la tele y la radio locales. También creó Gente del sur, un ciclo periodístico que se difundió a través de una emisora de cable.
En 1997 ambos se encontraron y desde entonces son los Joel y Ethan Coen suburbanos: la dupla es inseparable, imposible invocar a uno sin pensar en el otro. Solo que lo de ellos –por falta de opciones, pero también por una elección estilística– es hacer “cine pobre”. Nada de estudios ni de efectos especiales. Lo que se ve es lo que hay, y tanto los realizadores como los demás participantes se jactan de eso, así como de no haber invertido nunca en una producción más de 150 euros.
Saladillo dejó un día de ser sólo pueblo para convertirse en gigantesco set de filmación, y cualquier vecino o hijo de vecino cualquiera es allí asistente, iluminador, escenógrafo y/o sobre todo, actor; además de ceder su casa, su coche, o incluso su perro para la realización de películas de bajísimo presupuesto y altísimo esfuerzo, además de aportar mucha fuerza emprendedora que ejerce realmente de motor subterráneo, algo importante y necesario para provocar toda esta historia.


Lo que se cuenta es el día a día de los individuos de una comunidad. Y si bien el dogma del cine vecinal exige ficción, esta ficción está altamente inspirada en los dramas familiares, las pequeñas tragedias cotidianas, la comedia simple de estar vivo desde la perspectiva de esta comunidad en particular. Y esos no son los únicos géneros de los 18 títulos de la filmografía saladillense: también han incurrido en el infantil, la comedia dramática e incluso el suspense.
Si la generación de directores argentinos de finales de los 90 produjo una ola de películas cercanas desde lo estético y lo conceptual al cinema verité , en las que prima dirigir a actores no profesionales –como lo hace, por ejemplo, Sorín con Juan Villegas, la persona detrás del personaje homónimo de El perro–, el cine de Junco y Midú da una vuelta más al asunto: la mayoría de los actores de sus largometrajes no son actores profesionales, sino que no son actores en absoluto. El policía es el policía, la abuela es la abuela y hasta el intendente actúa de sí mismo. De este modo, las interpretaciones ganan en naturalidad. Cada uno aporta su propio bagaje y se mueve en su rol con aplomo.
El cine vecinal está lejos, muy lejos de las producciones comerciales pero tampoco tan cerca del cine denominado independiente. ¿Experimental? Puede ser, pero en otro sentido. No en el sentido de transformar el mundo real hasta hacerlo desconocido o irreconocible, sino todo lo contrario. Estos filmes rinden culto a la sobremesa, al mandado, a la barra del bar con los amigos... Son una celebración de la realidad, con todo lo que ésta implica.

Entre los vecinos cineastas nació pronto una sospecha: “no podemos ser los únicos que lo hacen de esta manera”. Y tuvieron razón. Por eso se contactaron con otros realizadores vecinales de diferentes provincias argentinas y surgió la idea de organizar un festival. Con la fuerza del impulso y la buena voluntad de las autoridades locales, consiguieron reabrir el Cine Marconi, la única sala del pueblo. Los hoteles cedieron habitaciones para alojar a invitados y periodistas y los hombres hicieron el asado de bienvenida de rigor y las amas de casa cocinaron día y noche para todos ellos. Tampoco faltó la alfombra roja y las estatuillas, realizadas a mano por los alumnos de la escuela técnica. Todo con el gustito único de lo casero.

Desde entonces, el Festival Nacional de Cine con Vecinos ha estado sumando cantidad y calidad, empujado en parte por la prensa que llevó el prodigio incluso a Cahiers du Cinema. El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina (INCAA) decidió apoyar el evento y en su cuarta edición, la de 2007, se inscribieron más de 140 largometrajes de todo el país para la competencia. El jurado también se fue enriqueciendo y ahora son reconocidas personalidades e intelectuales del cine argentino los que elijen los galardones mayores. Por supuesto, los ganadores suben al estrado, agradecen y se emocionan, como en la entrega de los Oscars, pero con más libertad y tiempo.
Parte del fenómeno es observar, durante los cuatro días que dura el Festival como los protagonistas de los filmes se concentran a la salida del cine para recibir el saludo y también –porqué no– la crítica de los espectadores, incluso de aquellos a los que se cruzarán una y otra vez en el mercado o la verdulería.
En el Festival también se otorgan Menciones Especiales y premios que consisten en micrófonos profesionales o el pase a formato fílmico de las cintas, de esta forma se ayuda a los que están empezando, a los que dan sus primeros pasos tímidos en el métier.
Porque se trata de seguir haciendo y no de perder la modestia así como así, o de dejarse encandilar por el brillo de oropel de la popularidad. Al menos, así lo manifiestan los miembros del cine con vecinos.
Una aclaración más: “vecino” tiene en algunos países acepciones extra. El vecino es, por ejemplo, el que tiene lo que uno necesita justo cuando a uno se le acaba de terminar; o el que está ahí siempre y socorre en las emergencias. También geográficamente la palabra es amplia: un vecino no es sólo quien vive en el mismo edificio, la misma calle o el mismo barrio, sino también el que vive en el mismo pueblo, aunque sea un perfecto desconocido. Por extensión y a partir de su proyecto común, Fabio Junco y Julio Midú también consideran “vecino” a más gente, a otros pueblerinos del interior de la Argentina. Por eso, crearon la Fundación Cine con Vecinos, cuyo primer objetivo es rescatar del olvido a varias poblaciones aisladas que están a punto de desaparecer. Por supuesto, lo harán a través del cine y de forma participativa, como es su costumbre. “Queremos darles a los vecinos de estos pueblos, en los que en general no hay ningún director de cine y ni siquiera una cámara, la posibilidad de escribir ellos mismos un guión de ficción y así tematizar sus problemas. Nosotros ponemos los equipos y nuestra experiencia”, cuenta Junco. La misión final es que el virus del cine no deje de propagarse, que cada vez sean más los vecinos que se animen y, por supuesto, que se reconozca el cine vecinal como una forma y una herramienta de expresión tan válidas como cualquier otra.
De ser así, tal vez el cine vecinal se afirme cada vez más como una categoría cinematográfica nueva.

Enlace: http://www.cineconvecinos.com.ar/
*Las fotografías son gentileza de Cine con Vecinos.