
El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad.
Pablo Picasso
Por Anna María Iglesia
En el artículo La renovación constante Carlos Losilla plantea el problema de la existencia de un nuevo cine americano y, aunque no voy a profundizar sobre este tema, sí quisiera remarcar el hecho de que Losilla señala que los espectadores de hoy en día estamos “acostumbrados a la fragmentación impuesta por el aire de los tiempos”. La idea de fragmentación ya ha sido tratada en otros artículos, en particular, en relación a la posmodernidad, pues parece ser que es imposible entender el cine, así como la literatura, si no es con el concepto de fragmentación.

Sin embargo, la idea de fragmentación o, en este caso más apropiadamente, la idea de deconstrucción no pertenece exclusivamente a los nuevos cineastas. La última película de Todd Haynes, I'm not here, –no estrenada en España por aquellos misterios insondables de la distribución patria– está “inspirada por el mito y la música de Bob Dylan”, cuya figura es deconstruída en diversas personalidades. Hynes trata de buscar todas las acepciones de la palabra Bob Dylan y trasladarlas a la pantalla, cada una de ellas con una imagen y un estilo propio. Así como hizo Pirandello en Uno, nessuno, centomila , Haynes nos presenta un personaje no unitario, hecho de diferentes aspectos, como si se tratara de un retrato picassiano de la época cubista. De hecho, el método deconstructivo y fragmentario utilizado por Haynes y por sus contemporáneos no puede interpretarse como una simple característica posmoderna, así como tampoco puede considerarse una técnica exclusiva de los directores de hoy. Basta retroceder hasta Pirandello para darse cuenta que la idea de una personalidad fragmentada no pertenece a la actualidad. Los primeros en sufrir de esta deconstrucción fueron los personajes de las obras del autor italiano, quien teorizó sobre la imposibilidad de ser una única persona, si no un conjunto de ellas que se intercalan sucesivamente.
Si Mattia Pascal consigue convertirse en Adriano Meis tan sólo con una operación oftalmológica, Vitangelo Moscarda –protagonista de Uno, nessuno, centomila– se da cuenta como el ser una única individualidad es tan sólo una ilusión, pues él es al mismo tiempo muchas otras individualidades dependiendo de quien tiene delante. La imposibilidad de no ser un único y homogeneo Vitangelo Moscarda, mas sí muchos, le lleva a desear no ser nadie y no cristalizarse en ninguna forma. En los dos casos, tanto en Mattia Pascal como en Vitangelo Moscarda, aquello que motiva el cambio de individualidad, o la proliferación de estas, es un elemento físico: en Mattia Pascal la operación de un ojo torcido permite el definitivo cambio de personalidad, mientras que en Vitangelo Moscada es su nariz, considerada excesiva por algunos y normal por otros, lo que le hace plantearse quién es él y cuántos él realmente existen. En términos saussurianos, Pirandello basa la deconstrucción del individuo en la alteración de la relación entre el significado y el significante, entre el ser y su aspecto físico.
La película de Haeynes se aleja mucho de estos conceptos, aunque el director comparte con Pirandello la idea de la imposibilidad de ser uno. Por ello, Bob Dylan, aparte de ser él Bob Dylan por todos conocido, es también un poeta, un profeta, un fuera de la ley, un timador y una gran star. Cada uno de estos Bob Dylan es interpretado por un actor diferente y las secuencias son rodadas con estilos diversos para así distanciar cada una de las personalidades, convirtiéndolas en autónomas. I'm not here, como escribe Jaime Pena, es un palimpsesto donde se pueden leer las vidas de Dylan así como la tradición cinematográfica que se esconde tras el propio director. En efecto, Haynes hace una doble labor, no solo fractura el protagonista, también recupera la tradición cinematográfica para volverla a escribir. Por ello, cada vida de Dylan es representada con un estilo diferente, con una mirada propia, a través de los ojos, como indica Pena, de Fellini, Godard, Pennebaker, Lester o Peckinpah entre otros.
Así como Haynes retoma la lección pirandelliana de la deconstrucción del individuo, Joe Wright retoma la idea cubista, y también pirandelliana, de los puntos de vista. Wright adapta la novela de Ian Mcwan, Expiación, cuyo eje central es el juego de los puntos de vista y de la novelización. Vitangelo Moscarda se da cuenta de que su individualidad depende de quien lo observa, pues no existe una manera unívoca y homogénea de observar; por así decirlo, cada mirada es diferente y dependiendo del punto de observación, lo observado cambia. Los cubistas, en particular Picasso, llegaron a la misma conclusión de Vitangelo: desconstruyeron los retratos para así mostrar todos los puntos de vista posibles. McEwan, y por lo tanto también Wright, realiza la misma operación a través de la novela y del cine respectivamente.
Por un lado, Expiación –tanto la novela como la película– es una teorización sobre el punto de vista y sobre cómo la frágil pared que divide la verdad de la mentira depende precisamente de la focalización. El juego de los puntos de vista, entre aquello que realmente acontece y aquello que la pequeña Briony ve, es el motor argumental de esta novela, donde la mentira es la auténtica protagonista. Si en el caso de Uno, nessuno, centomila, las diferentes consideraciones sobre su personalidad llevan a Vitangelo a desear no ser nadie, en Expiación las diversas focalizaciones causan la mentira, borran la línea separadora entre aquello que acontece y aquello que la pequeña Briony imagina. Por ello, tanto la primera parte de la novela como la de la película son un juego entre subjetividad y objetividad: una sucesión de secuencias en las que la subjetiva mirada de Briony se opone a lo que realmente acontece. En esta primera parte de la novela reside lo verdaderamente interesante: la formulación de la mentira, que motiva el destino de cada uno de los otros personajes.

Mientras en la película de Haynes se observa la fragmentación del personaje, en la cinta de Wright son los acontecimientos los que se deconstruyen y son nuevamente construidos a partir de los diversos puntos de vista. La personalidad fragmentada de Dylan adquiere al final del film un sentido unitario, todos aquellos perfiles pertenecen a un solo individuo, a Bob Dylan; los acontecimientos subjetivamente interpretados conquistan la objetividad en el momento de la expiación, en el momento de la confesión de la mentira. Sin embargo, la pequeña Briony, convertida en escritora, rescribe nuevamente el pasado, confesando su error y tratándolo de solventar haciendo del pasado un relato de ficción. Así pues, McEwan reconstruye lo subjetivamente deconstruído, así como permite que Briony rescriba el pasado objetivo según las leyes de la ficción.
Vitangelo Moscarda sufrió al descubrir que él no era para los demás quien él creía, que su mujer tenía una visión diferente de él a la que tenía su amigo y que estas dos opiniones diferían de la que él tenía de sí mismo. De la misma manera, Haynes descubrió que Bob Dylan no es sólo un cantante que renovó por completo la música tradicional americana y que escribía canciones protesta; tras las palabras, el nombre, Bob Dylan se esconde muchas más acepciones, así como tras lo que ve Briony desde su ventana hay un mundo de imaginación y de miedos.