
La mujer sin atributos
Por Marta Sanuy
Ulrich, el hombre sin atributos, recibe un extraño telegrama de su padre: te comunico que acabo de fallecer, dice en él su progenitor –y su excelencia el consejero privado titular no bromeaba jamás con las cosas graves–. Con el telegrama en el bolsillo se dirige a la ciudad de provincias en la que nació y dónde va a reunirse, después de muchos años, con Agathe, su hermana.
Lo único que Ulrich sabe de Agathe, de quien estuvo distanciado desde la niñez (ambos se educaron en internados desde la muerte de su madre) se reduce a la información que su padre le ha ido enviando en lacónicos telegramas durante años: tu hermana se casa; el esposo de tu hermana ha fallecido; tu hermana se vuelve a casar; por desgracia el matrimonio de tu hermana no funciona aunque su marido es un hombre excelente. Él había asistido a esa segunda boda y vio a Agathe unos días; pero solo recordaba que aquellos días fueron como una gigantesca rueda de ropa blanca que giraba sin cesar.
Ulrich se dirige a casa de su padre muerto y se siente estimulado por la situación; en los últimos años no ha pensado en su hermana ni una sola vez y ahora va a pasar dos o tres días a solas con ella antes del entierro, un tiempo que le parece ilimitado: posiblemente la idea de la hermana desconocida era de aquellas amplias abstracciones en las que hallan acomodo muchos sentimientos sin localización posible.
Confianza, se titula el capítulo que narra el reencuentro. La señora propone un té dentro de media hora, le comunica el criado. Tiempo suficiente para ducharse y relajarse un poco piensa Ulrich. Agathe acude a la cita con un pijama cómodo, con dibujos de Pierrot, de lana, que además de otorgarle un aspecto andrógino simboliza, con una rotundidad que va creciendo a lo largo de este “ensayo-novela”, la desaparición de la rigidez que el muerto, como portavoz de la historia, impuso en sus vidas. Ulrich también decide ponerse cómodo y elige sin saberlo un traje idéntico: los dos hermanos se encuentran, felices y extrañados, con que la coincidencia de su atuendo dice más de lo que ellos hubieran logrado decir.
Se encuentran y no se da nada por supuesto entre ellos; el desconocimiento mutuo es consciente y manifiesto desde los primeros gestos. Agathe actúa con una claridad explicativa que agrada sobremanera a Ulrich y todo sucede al revés de lo temido, había estado convencido hasta entonces de que su hermana sería una provinciana, pero el recién llegado se encuentra con palabras simples que colman sus más hondas aspiraciones y le sorprenden (¿se te ha pasado la jaqueca?, pregunta. No me dolía la cabeza pero no podía decirle la verdad al criado: no he ido a buscarte a la estación porque soy muy vaga). Hay que tener en cuenta que Ulrich regresa a su inexistente casa agotado de prejuicios e imposturas desde la republica de Kakania, y eso duplica el efecto de la transparencia de Agathe.
Sin prolegómenos Agathe le describe a su hermano la muerte del padre y le habla de la decisión de no volver con su marido:
Del mismo modo que un mal matrimonio pervierte a las personas que no pueden librarse de él, así también ocurre con cualquier vínculo previsto para toda la eternidad, difícil de soportar, cuando lo temporal se encoge y se retira bajo dicho vínculo.
Los hermanos comienzan entonces una conversación compleja, al principio rescatan los pocos recuerdos que conservan del otro, luego empiezan a producir recuerdos. Su padre dejó dicho en el testamento que sustituyeran sus condecoraciones por unas falsas idénticas ya que después de la autopsia el Estado se las retiraría. Esa transgresión inspira otra a Agathe, que se quita una liga de seda y la mete en el bolsillo del cadáver de su padre.
A Musil le gustaba tejer los significados posibles de cada gesto, pero Musil no era freudiano sino matemático, las escenas vivas, los momentos trascendentes de sus personajes son sumas de elementos comunes entre los que se cuela una variable no prevista, la extrañeza, algo que por azar nos despierta; una realidad remotamente probable que se materializa y determina la trayectoria de muchas otras… entonces se establece una comunidad que tiene un origen desacostumbrado, como una cicatriz.
Los tres días que Ulrich iba a pasar con Agathe se van a prolongar durante muchas páginas en esta novela. Inician esos días una conversación imantada, erotizada, interminable, en la que se disolverán como una pastilla de jabón muchas de las argollas que atenazaron sus biografías hasta entonces. Hablan y se preguntan, desde diferentes distancias hasta sí mismos, para comprender lo que les trastorna y encontrar otra maleabilidad en lo que hasta entonces les ha sucedido. El sueño de Musil era el de una razón tan amplia que impregnase todos los órdenes.
Pero no resulta tan fácil encontrarse, al principio Ulrich intenta interponer sus anteojeras y se dedica a increpar a Agathe porque él:
A pesar de su energía interior, no estaba en absoluto libre de los prejuicios que su espíritu rechazaba, porque con demasiada frecuencia había permitido que su vida siguiera el camino que se le antojaba, mientras su espíritu seguía otro. Demasiado a menudo se había servido y había abusado de su influencia sobre las mujeres con el placer de un cazador que agarra la presa y se pone al acecho; de ahí que tuviera siempre presente la imagen correspondiente de la mujer como presa que sucumbe al venablo amoroso del hombre, y tenía fijada en su memoria la voluptuosidad de la humillación a la que se somete la mujer que ama, en tanto que el hombre está muy lejos de una entrega semejante.
Por eso su hermana le resulta al principio incomprensible:
-¿Por qué no buscaste otro marido? ¿o por qué no estudiaste para conquistar así la independencia?
Agathe se limitó a menear la cabeza. Sólo tras una pequeña pausa, respondió:
-Ya te he dicho que soy muy perezosa.
Y sigue increpando, no puede imaginar otro motivo para que deje a su marido que un amante, aunque lo que enseguida se sabe de Agathe es que:
(…) había mostrado pocas dotes para la infidelidad: en el momento en que acababa de conocerlos, los amantes no le parecían más exigentes que un marido, y pronto se le translucía que podría haber tomado tan en serio las máscaras de danza de una tribu de negros como las caretas amorosas que se pone el hombre europeo. No es que jamás hubiera perdido la cabeza; ¡pero ya a los primeros intentos de repetición, todo había acabado! El bien aderezado mundo de ideas y la teatralidad del amor no le producían la menor embriaguez. Estas indicaciones sobre la puesta en escena del ánimo, elaboradas principalmente por los hombres y que desembocaban todas ellas en la constatación de que la vida, tan dura, debe tener, aquí y allá, sus horas débiles con cualquier subespecie de debilidad, como la caída, la extinción, el ser tomada, el entregarse, el sucumbir, el enloquecer le parecían una ficción exagerada y untosa, porque en ningún momento había conocido otro estado que la debilidad, en un mundo tan certeramente organizado por la fuerza de los hombres.
La filosofía que adquirió Agathe de esta forma fue la del ser humano femenino que no admite engaños y que observa involuntariamente lo que el ser humano masculino trata de hacer para engañarla. Puede decirse incluso que no se trataba de una filosofía, sino sólo de una decepción orgullosamente encubierta; esto se mezcla además con una refrenada disposición para una ignota entrega, que podía incluso aumentar en la medida en que se reducía la revuelta externa.
Agathe desconcierta a su hermano: que no se deje clasificar lo atrae y lo repele. Sucede.
Ella le cuenta que:
Recordaba con cuánta mayor violencia se habían rebelado a menudo sus amigas contra la rígida disciplina del internado, y cómo sus arremetidas contra el orden establecido se sustentaban en unos principios de indignación; sin embargo, en la medida en que a ella le fue dado observarlo, resultó que precisamente las que más apasionadamente se habían sublevado contra los detalles fueron las que posteriormente supieron entendérselas mejor con la totalidad de la vida, y de aquellas muchachas habían salido unas mujeres que se habían casado con buenos partidos y que habían educado a sus hijos con unos métodos muy semejantes a los que ellas habían sufrido. De ahí que, a pesar de su insatisfacción con ella misma, tampoco estuviera convencida de que fuese mejor ser un carácter bueno y activo…
…detestaba la emancipación de la mujer, tanto como despreciaba la necesidad de convertirse en una clueca a la que el marido debe proporcionar el nido. Recordaba con gusto la época en que sintió por primera vez sus senos contra la tela de su vestido y llevó sus labios ardientes a través del aire refrescante de las calles. Pero la afanosidad erótica de la mujer, que sale de los velos de la adolescencia como una rodilla redonda asomando bajo un tul de color rosa, era algo que le había causado repugnancia toda la vida. Cuando se preguntaba de qué estaba realmente convencida, la respuesta era una sensación de que había sido elegida para vivir algo extraordinario y distinto a todo; así le ocurría ya entonces, cuando apenas si sabía nada del mundo y no creía en lo poco que le habían enseñado. Y siempre le pareció una actividad misteriosa, acorde con esta impresión, la de dejarse llevar provisionalmente, si era necesario, sin sobreestimar los acontecimientos.
Agathe no es especialmente desgraciada o feliz, cree que lo que hoy se llama todavía destino individual es desplazado por destinos colectivos y, en definitiva, abarcables estadísticamente.
Por si fueran pocos, su hermano encuentra otro obstáculo.
Ella sólo quería saber lo que opinaba Ulrich en persona, y no estaba en disposición de comprender todo lo que se podía pensar.
Por eso le dice:
En realidad no deberíamos exigirnos acciones los unos a los otros, sino crear las condiciones para las mismas; así lo creo.
Ulrich resuelve a través de Agathe su conflicto; las dos máscaras, la de lo femenino y la de lo masculino, son tan molestas e incomprensibles para su hermana como para él. Por eso en la novela lo importante no es el posible incesto, sino la idea del andrógino, que la supera.
Se quedan allí, en la casa del padre, se van librado de lastres y fijan algunas ideas conversando, rodeados de fragmentos subrayados, listos para apuntalar cualquier desliz.
Aunque como decía Agathe:
Hay que permitir que a uno le ocurra lo que tenga que ocurrirle; ¡no es ni muy bello ni excesivamente desagradable!
El hombre sin atributos I (enero 2008)
Octubre 2008 ©