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Un absurdo final del juego: Las criadas de Jean Genet.


Por Patricio Fernández Abregu

Hay obras de teatro que con el tiempo se convierten en clásicas; las razones son muy simples: hablan sobre la condición humana, de lo que nos sucedió, nos sucede y nos sucederá, lo que no ocurre con todos los textos; muchos de ellos se oxidan con el tiempo, caen en lo anecdótico, en lo trivial: esas obras son uno de los grandes peligros para el teatro, arte del que siempre se debate su agonía y siempre sobrevive.

La desesperación desaparece cuando topamos con Las criadas de Jean Genet. Estrenada hace poco en la sala Muntaner de Barcelona, te hace retomar el optimismo y la devoción por las tablas a partir de una excelente puesta en escena y un excelente trabajo actoral, más meritorio si cabe por el reto de afrontar tan compleja obra, basada en hechos reales.

En 1933 las hermanas Papin asesinaron brutalmente a la patrona y la hija de la casa donde trabajaban como sirvientas en la localidad francesa de Le Mans. Les arrancaron los ojos, se ensañaron con ellas y se fueron a dormir. A partir de esta trágica realidad Genet se inspira y escribe una versión libre.

La vida del dramaturgo francés no fue celestial ni un camino de rosas. Hijo de una prostituta, fue abandonado por su madre y criado por una familia de campesinos, quienes a los diez años de edad lo acusaron de robo y fue internado en un reformatorio. Más tarde, el joven Jean decide hacerse ladrón, condicionado por la sociedad. A partir de este momento, iniciará una dilatada carrera delictiva que lo hará entrar y salir de la prisión reiteradas veces.
Al final, y resumiendo mucho, gracias a la petición de intelectuales como Sartre y Camus, el presidente francés le concede una amnistía y se libra de la cadena perpetua.  

En la primera edición de Las criadas, Genet hace una serie de sugerencias para llevar adelante la puesta en escena, entre ellas señala que los personajes deberían ser unas adolescentes desabridas de pocas curvas, con serias perturbaciones y patologías. Una constante si consideramos otros textos del autor, entre ellos El balcón, donde desde un prostíbulo los personajes juegan a hacer lo que desean ser en realidad.

En su Mise en scène, el director Manel Dueso pasa por alto lo dicho por el autor y se aventura a que los personajes sean hombres, sin que implique ninguna fisura en la obra.  

Estos hombres travestidos arriba del escenario potencian el clima enardecido de esa habitación donde se desarrolla la obra; los actores van ingresando en el juego de apoco con el transcurrir de la trama, el público se olvida y el sexo pasa a segundo plano, si bien esta condición es sostenida durante toda la obra, la fuerte feminidad en las tablas   logra válidos matices del teatro del absurdo, género que el autor dominaba.

Las criadas propone, en varios niveles, una búsqueda constante de la identidad: nadie inconscientemente se reconoce pese a tener algunas cosa claras.

La señora no es la señora Solange y Clara tampoco es Clara: en este sicótico cóctel de identidad se desarrolla la historia

Solange y Clara viven en un mudo oscuro, su vida se reduce en servir en una casa burguesa llena de lujo, juegan a ser la señora de la casa, salen de su buhardilla y se meten en la habitación de ella, mientras se encuentra ausente.

El juego lo abre Clara, su hermana Solange obedece y es obsecuente a toda petición de su ama: ahí descargan toda la ira que tienen sobre la señora, pero paradójicamente ambas la quieren, la idolatran, desean ser como ella. Pero también la odian, se prueban sus vestidos, sus zapatos, sus joyas, caminan de puntillas exagerando el corte señorial de su ama, intercambian roles. Ellas nunca serán como la señora, son las de abajo.  

  

El reparto actoral por parte del director es muy acertado. Isaac Alcaide en el rol de Clara es impecable, desplegando un manejo corporal apabullante; lo mismo ocurre con Oriol Genís, quien deja todo en el escenario y eso se respira desde un principio; ambos no hacen de Clara y Solange si no que son Clara y Solange durante toda la obra; por su parte el veterano actor Jordi Vila interpreta a la señora; no llega a lucirse tanto por la escasa participación en la obra, pero le aporta el ingrediente que Genet sugiere: una señora altanera, pedante y poco convincente en sus ideas.

El juego las llevara a querer acabar con su ama, aunque la idea no llegará a buen puerto, pues la inesperada presencia de la señora da un vuelco a la obra entre ocultaciones, mentiras y pasados; planean envenenarla, pero no lo consiguen, por lo tanto, el juego debe continuar

Comenzará el ritual, nuevamente. Se reprochan no haberla matado, no pueden desvincularse de su idea y la continuarán entre ellas. El resultado tendrá un final totalmente absurdo.

 

*Imágenes facilitadas por cortesía de la compañía de teatro y la sala Muntaner de Barcelona.

 

 

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