Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio

Tomás Segovia

Por Jorge Rodríguez Padrón

Demos en suponer –por un momento– que no son éstos sonetos votivos, como reza el título; que se trata de sonetos eróticos. Nos engañaríamos si los leyéramos así, poesía de género, por el mero hecho de que en sus versos se nombren miembros y rincones del cuerpo –de hombre y de mujer– velados a un mirar y a un decir correctos: vulva o verga, senos o nalgas, manos o lenguas… De ellos nos importa, porque importa a su autor (según entiendo, si es que entiendo), la permanente esgrima, con fintas de sutil intención o con arremetidas bruscas, en entusiasmo copulativo o en desánimo solitario; la permanente esgrima –decía– entre una ambición por lo velado antes que prohibido y un deseo que acaba traspasándolo, poderoso, hasta “el epicentro de tu sismo”. De aquí el matiz que Tomás Segovia aporta cuando califica de votivos estos poemas suyos (ya diré qué pasa con lo soneto): el asunto reside en no quedar en la expresión –por sugestiva o espléndida que resulte– de la cópula, sino en alcanzar “el sentido del trance en que me muevo”, de tanta maravilla o de tan dolorosa carencia, para conquistar así un territorio de amor al cual nuestra propia cultura literaria siempre nos ha vedado la entrada. Estos poemas, transgresión siempre; y la conmoción subsiguiente (vimos que dice sismo) de ello derivada: aventura y homenaje. Por eso hay preguntas; porque esta experiencia, por mucho que de ella se sepa, es búsqueda constante, imparable e insaciable. Me atrevo a sugerir: ¿no es también la poesía hallazgo, a condición de que en su búsqueda el lenguaje se despoje de tanta vestimenta como la lengua (y sobre todo la lengua literaria) le ha echado encima, para su mal; a condición de que se explaye o vuelva sobre sí mismo, en arriesgada manifestación de sus poderes? En el último poema de este libro –una perplejidad que nos deja temblando- puede leerse: “vivo, aunque mudo ya y sin tocar nada,/ disfruta agazapado en la mirada/ veladamente, como en estos versos”. Energía de una palabra febril en busca de su centro (“ciega verdad donde anegar la mía”), en el entusiasmo de su recuperación. Aunque el vigor sea ya tan sólo “ese sombrío ayuno que decías”.

¿Y de lo soneto, qué? Estrofa de orden, sí; de exactitud en su matemática de sílabas y estrofas; de discurso ajustado a razón… Todo esto se sabe. Por qué, entonces, aquí, el rigor de ese cuerpo de palabras, para expresar la libertad más desatada de los cuerpos en carne y alma; por qué un saber, un pensar, un razonar, donde todo es sentir e ignorar y hasta un abandono a la locura. Por si ello fuera poco, lo conceptuoso y su enredo (esa tradición tan nuestra) para tan explícito desasimiento del deseo en la posesión. Se podría decir (se ha dicho), Petrarca o Gracilaso, en la ingenuidad del soneto amoroso y su tradición (aun para renovarla); pero resulta que aquí es traición esa tradición, no se aviene el autor al uno o a la otra: los subvierte sin el menor reparo. Tomás Segovia entra en ese constructo del amor al que estábamos (y, en cierto modo, seguimos) atados, sometidos a él y a su decir, un engaño que nos hace creer que amamos y que es una experiencia sublimadora; entra nuestro autor en el amor como en el soneto (y con el soneto) y genera en ambos un seísmo al derramar dentro de los dos vida, experiencia, verdad: nacer a él como morir en él. Y no queda en decirlo, para lograr medalla alguna o laurel de triunfo; sólo consumar a más dicha experiencia y consumirse del todo en ella… ambos sujetos. No Gracilaso o Petrarca; habría que decir los místicos, si hacia un referente queremos mirar. Pero aún se tiene miedo de eso: es cosa religiosa. ¿Pero qué es religioso; mejor, qué se ha entendido –siempre mal– entre nosotros por religioso? Que aquí viene lo de votivos, y la, más que oportunidad, exactitud en la elección del término. Pues se trata de una ceremonia, un ritual de ofrecimiento y comunión, en el cual participan cuerpos y para el cual se precisa de la palabra. Véase, además, la sucesión de dicho ritual: reserva, conmemoración, dispersión… Las tres puntas de la flecha aquella que busca el centro de un “negro corazón febril y hendido”; naturalmente, su misterio.

Hay una urgencia que solicita unión; y más, devoramiento de banquete (¿qué Gracilaso?): “si ardiente, y sin pudor, y en celo, y fuerte/ te quiero ver, dejándome morderte”; hay –y aquí vendría el segundo paso– un místico romper del velo en tan dulce encuentro (“rompe ya esa inocencia enmascarada”), y hasta una aparición de “tu cuerpo altivo junto a mí dormido/ de grandes rosas malvas florecido,/ y tu sonrisa dulce y fatigada,/ cuando ya mis caricias no te quemen”. ¿De qué unión nos habla el poeta, de qué empuje mayor que nos lleva hasta el hallazgo, ese misterioso poder, que no es simple repetición de lo sabido y sus fórmulas? Leamos: “la cifra de un misterio que palpita/ para que ella palpándolo lo lea (…) ese arcano crisol de las mujeres”. Entramos, pues, en el pantanoso territorio de un saber oscuro y nocturno, de un ámbito de misterio (“húmedo secreto”), sin haber por ello abandonado la evidencia (y goce) del cuerpo y su materia. De ahí que ese misterio sea lo lleno, la plenitud descubierta. Y véase cómo, por el contrario, todo lo diurno, lo evidente, lo que a la intemperie se muestra, resulta ser soledad, fatuidad, “obvia sequedad”. Pasos que siguen entonces: la conmemoración, donde ausencia, vacío, despilfarro sustituyen a tanta energía y provocan el ahondamiento en el conocimiento y, como consecuencia, una confesión de la alternativa hacia la cual el mismo deseo se orienta, imparable aun en semejante situación (“Nada ponía término a mi empeño:/ tras despertar volvía a mis quimeras”); y la dispersión final, en el estático asombro de la edad y sus mutilaciones (“fatuo estandarte que enarbolo”; “mi fútil arsenal”), por donde nuestro poeta se llega hasta el Arcipreste, viejo y sabio y nada puesto, sino vivo. El único escritor, entre nosotros, que, con los místicos, en vez de crear máscaras que nos hagan creer lo que no, dejó en carne y sangre el testimonio de una existencia de verdad enamorada. Entre paréntesis lo consigna Tomás Segovia: “Último soneto votivo”. Para mí, necesaria, la pregunta: ¿el último? Más bien, el primero y central; el que dice qué es la cosa, y ya.

Enseñanza de Tomás Segovia, y no sólo en estos sonetos, aunque en particular por ellos. A dos asuntos primordiales para nuestra poesía, y tan dejados de lado, apunta siempre nuestro poeta. El léxico es el uno: la palabra culta y el remonte conceptual no es que se mezcle con términos vulgares o negados por eso que se llama buen gusto, es que conviven entre sí hasta configurar una peculiar manera, mixtura de escritura y habla en natural recíproca permeabilidad. El ritmo es el otro. Yo pediría al lector que dijera estos poemas en alta voz. Porque la escritura es ritmo o nada; su sentido se halla en la sintaxis, no en la simple cuenta de sílabas y acentos (eso, compás, si acaso). Y eso es lo que no se suele tocar para nada; se le tiene un absurdo respeto reverente. Para nuestro poeta, sin embargo (insisto: de modo particular aquí), la cosa está en tocarlo mucho, en manosear ese ritmo, hasta que dé en movimiento orgánico, como respiración y digestión. Para que el lenguaje sea materia viva, como el cuerpo. Más que en el tema, el erotismo de estos poemas se halla en el modo de violar repetidamente ese cuerpo, manso o arisco, de las palabras; está en la ruptura permanente, hecha con toda intención, sobre todo en los finales de poema que huyen de la rotunda impostación a la cual nos tienen (mal) acostumbrados quienes hablan, y sobre todo escriben, sin saber de (que es sin vivir) esa conflictiva experiencia, sin tener la menor idea de que exige entrega, y no quedarse en esa pantomima bobalicona, a la que se aferran cuando escriben porque sólo quieren ser mirados. Es entonces cuando lo erótico resulta vulgar, e irreverente y de verdad obsceno.
Esos no comparten la impureza, sólo la utilizan; y muy chapuceramente, por cierto. Conveniente será leer con atención, pero sobre todo oír, estos sonetos votivos y dejarnos arrastrar por su música de cuerpos y palabras, que no tiene por qué ser, necesariamente, armonía. 

 

------------------------------------------------
*Tomás Segovia. Sonetos votivos. Fundación Inquietudes. Madrid, 2008.    

Imágenes tomadas de la página web de la Fundación Inquietudes, de la nota de prensa de la presentación de libro en “Arrebato Libros” (La Palma, 21, Madrid), el pasado 11 de diciembre.

 

 

 

subir

 

Febrero 2009 ©

 

 

sumario

 

 

 

calidoscopio.net © 2006-09