
Mr. Palahniuk, Mrs. Wright y Mrs. Chong, juntos y revueltos (apuntes semipornográficos del “club de la jodienda”)
Por Ana Ciurans
La pornografía es como el adulterio, las meadas en lugar público o la sexta temporada de Aida. Algo que hacen y consumen los demás. Que no tiene nada que ver en primera persona con ninguno de nosotros. No obstante, el mercado de la primera es como el imperio de Carlos V, donde no se pone nunca el sol, el segundo es la causa principal de divorcio, los pasillos del metro chorrean como la orilla del mar y Aida tiene más adictos que la heroína en Woodstock. Y es que, como diría el viejo Bukowski if I bet on Humanity I’d never cash a ticket. Palahniuk que es un chico listo sabe de que va, como lo saben las casas editoriales un poco rancias que no permiten a un joven escritor pasarse con los coño o los joder, pero publican, lanzando el anzuelo a ver si los lectores pican, como transgresiva la novela del último genio alternativo que el sistema ya ha domesticado.

En Italia, de la tapa que nos ofrece Mondadori, con una estupenda muñeca sexy a la Betty Page* que guiña el ojo y con los eslóganes “Finalmente la novela sobre la pornografía que todos nos avergonzábamos de esperar” y “1 woman vs. 600 men”, se podría deducir, erróneamente, que Snuff, traducido como Gang Bang para no fastidiar el suspense y que en la jerga del porno significa desgreñada multifornicación de una mujer con un numero indefinido pero abundante de hombres, es una novela pornográfica. Y digo erróneamente porque Snuff en realidad cuenta, en el set de una peli porno destinada a ser imprescindible para todo coleccionista de material erótico que sepa lo que se hace, una historia de amor, de odio, de dinero y obviamente de sexo. Es decir, de todos los ingredientes que, con variaciones más o menos románticas, constituyen la vida. Chuk Palahniuk (Pasco, 1962), indiscutible autor de culto desde su primera publicación, El club de la lucha (Fight Club), con ese estilo seco, minimalista y cargado de morbo que hiela las palabras para luego hacerlas estallar en fuegos artificiales, en estas cosas nada como pez en el agua, pero en Snuff vive un poco del cuento.

El tema ya lo había tocado, de pasada y en plan de crónica, en Portland Souvenir, también inédito en España. Snuff, inspirado en la historia verídica de la reina de la pornografía Annabel Chong que ostentaba doscientos cincuenta y un acoplamientos con setenta hombres diferentes en diez horas en su currículo profesional, arranca con dificultad, se pone soporífero y sólo hacia la mitad, tal vez incluso un poco después, asesta un golpe de escena que prepara el sorprendente final. Orgiástico, para permanecer en tema. La historia, aparentemente simple, se desarrolla en la sala de espera, donde en las mega pantallas se proyecta la filmografía de la porno diva. Cassie Wright, en edad de jubilación, quiere retirarse de la escena en gran y rentable estilo, con un gang bang que la hará entrar en el libro Guiness de récords mundiales. Entre los 600 que esperan su momento de gloria, desnudos, con el pito al aire y con el número escrito con rotulador indeleble en el bíceps, según el protocolo (…) desde que Annabel Chong ha empezado a dictar las leyes, Mr. 72, Mr. 600 y Mr. 137, un chaval acomplejado, una estrella del porno en decadencia, partner habitual de Cassie, y un divo de la tele caído en desgracia, respectivamente. Luego está Sheila, secretaria personal de la porno diva y responsable de producción, el personaje más palahniukiano del libro. Cada uno de ellos dará su versión de los hechos, en primera persona. Nadie será quien dice ser. Desde sus cuatro puntos de vista se intuirá, cada vez con mayor claridad, la verdadera finalidad de la película que se está rodando: ninguno de nosotros había venido para hacer un una snuff movie, dice, salpicando indicios esta vez, Mr. 600. Una enorme cantidad de anécdotas sobre
los actores de Hollywood, una dosis maciza de datos científicos y documentación proveniente de la industria del sexo y los títulos de las películas de Cassie que parafrasean películas y libros famosos –Alguien voló sobre el nido del cuco es más o menos Alguien se corrió sobre el nido del cuco, La importancia de llamarse Ernesto, La importancia de tirarse a Ernesto, os podéis imaginar lo que hace el cartero dos veces…– y el juego esta hecho. Un poco monotemático. Un poco ingenuo. Lejano de la carga subversiva, de la feroz crítica social de El club de la lucha y Monstruos Invisibles, se limita a reflexionar acerca del libre arbitrio de los individuos adultos de elegir libremente. Acerca de la legitimidad de que el ejercicio del propio poder personal sea rentable. ¿Hay que limitar o no el comportamiento de algunos con el fin de impedirles que se hagan daño? ¿Y los pilotos de carreras? ¿Y los que hacen rodeos? piensa Sheila. Por otra parte no se trata ni de un ensayo sociológico ni de un estudio antropológico, sino solo de una novela sobre la vida de quien trabaja con la pornografía. La vida que como efecto colateral, como una nueva cepa de hepatitis o de herpes no respeta ni siquiera la diversión para adultos. No soy un chiste, ni una leyenda. Yo soy el hijo del porno, se queja uno de los personajes. Un toque de ternura, a su modo. Como diría Palahniuk, el jugo del libro es: nostalgia. En cualquier caso, hipocresía aparte, el club la jodienda no tiene enmienda y sus “fieles” no nos avergonzamos en absoluto de haberlo esperado. Jode que no esté a la altura. Los lectores españoles podrán juzgar por sí mismos, esperemos dentro de poco, si el defecto se mide en milímetros o en centímetros. Y parece ser que las medidas, a pesar de lo se diga, en algunas circunstancias, siguen contando.

*Un recuerdo a la reina del pin up, inolvidable “conejita” de la cover de Playboy del lejano 1952, que este 2008 se ha llevado el 12 de diciembre.
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Febrero 2009 ©