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Por Carmen Ortega Chamorro


Hasta los 18 años viví en un edificio de seis plantas. Ocho viviendas por planta. Cuatro personas por vivienda. 192 personas. El hecho de vivir en el último piso me obligaba a usar el ascensor una media de cuatro veces al día. Aquel recorrido vertical de menos de un minuto era siempre compartido con alguno de mis vecinos. En menos de un metro cuadrado, durante menos de un minuto y sólo cuatro veces al día compartía mi círculo de vulnerabilidad con gente, en principio, desconocida. Mí círculo vulnerable, de repente cedido forzosamente a un espacio de comunicación vertical...Y esa cesión repetida y obligada daba lugar a relaciones sociales en las que la confianza iba aumentando su intensidad. Y las palabras educadas, en ese subir y bajar necesario, se iban aliñando con vocablos intencionados…Y  los “buenos días”  a secas se convertían  en “buenos días, ¿cómo estás?”. Y los “¿Qué buen día hace?” daban paso a un “¿Qué buen día hace, a dónde vas?”.  Y poco a poco esa gente ya no era anónima, y poco a poco la incomodidad de ceder el círculo iba desapareciendo… y las conversaciones salían del ascensor y llegaban al portal y a veces hasta acompañaban el trayecto de toda una calle… Cuando dejé aquella casa con 18 años conocía las virtudes, fallos, inquietudes, tristezas y alegrías de 192 seres humanos. Personas a las que conocí en un ascensor.
El ascensor, elemento arquitectónico usado como nexo físico, va más allá y se transforma en un nexo social. Y, partiendo de la base de que el ascensor no fue inventado para ese fin, ¿qué pasaría si conscientemente inventásemos un nexo social a través de la arquitectura?
La arquitectura, entendida como la conjunción de ambientes físicos que rodean la vida humana, ha sido siempre reflejo de la sociedad  en la que se ha desarrollado. A lo largo de la historia, los espacios urbanos han dado respuesta a las formas de vida, de pensamiento y de relación de cada época y han ido variando en función de los cambios sociales que se han ido produciendo.
Podemos ver, por ejemplo, como los espacios en el mundo antiguo, en un primer momento, se definían a partir de la cosmología y la orientación astrológica de cada cultura, con edificios de dimensiones desproporcionadas y en los que no se tenía en cuenta la escala humana y como con la aparición de la democracia y la filosofía surgieron nuevos espacios arquitectónicos, con ejemplos como el ágora griego y el foro romano, en los que el hombre comienza a ser protagonista indiscutible. Este protagonismo, sin duda, es punto clave para generar una correcta arquitectura, una arquitectura que favorezca las relaciones sociales y que las potencie, con una intencionalidad que no se quede en las formas geométricas, sino que dé lugar a formas sociales.
¿Dónde surge entonces el problema? ¿Por qué en la actualidad hay cada vez menos espacios que enriquezcan las relaciones entre las personas?
La esencia del problema está en la aparición de un nuevo protagonista a la hora de crear arquitectura: el dinero, elemento que, aunque siempre ha estado presente y ha intervenido a la hora de construir espacios, nunca fue su foco generador. Los espacios se construían por y para el hombre, con más o menos ostentación y/o superficie, pero siempre para el hombre. Ahora se construye para el dinero. Y ese es nuestro reflejo.
La sociedad es espejo y la arquitectura reflejo, pero ¿y si creásemos una arquitectura que no fuera fruto de las necesidades de la sociedad sino que fuese generadora de las mismas?  ¿Una arquitectura con intenciones, no económicas y no sólo espaciales, capaz de hacer interaccionar a las personas de manera obligada? ¿Cómo podríamos crear un “ascensor urbano”?

Ya a lo largo del siglo XX aparecen teorías, en su mayor parte utópicas, que intentan hacer de la arquitectura un espejo generador de una sociedad más saludable. La Ciudad Jardín, ideada por Ebenezer Howard, es una muestra de ello.

“Una ciudad jardín es un centro urbano diseñado para una vida saludable y de trabajo; tendrá un tamaño que haga posible una vida social a plenitud, no debe ser muy grande, su crecimiento será controlado y habrá un límite de población. Estará rodeada por un cinturón vegetal y comunidades rurales en proporción de 3 a 1 respecto a la superficie urbanizada. El conjunto, especialmente el suelo, será de propiedad pública, o deberá ser poseído en forma asociada por la comunidad, con el fin de evitar la especulación con terrenos”.

Esta idea surge como solución a la falta de vivienda obrera. Debido a la necesidad de mano de obra, en las ciudades comenzaron a crearse arcos exteriores residenciales que estaban densamente poblados y que contaban con escasos servicios. Las condiciones de habitabilidad eran pésimas y los obreros vivían hacinados en edificios que difícilmente podríamos catalogar como arquitectura.

Howard actúa y decide mezclar los beneficios de la ciudad y del campo, creando una comunidad en un entorno natural, bien comunicada con la gran urbe a través el ferrocarril. Se basaba en la creación de un espacio público central en torno al que se encontraban las viviendas, las cuales contaban con multitud de zonas verdes. Rodeando estas viviendas aparecía una avenida circular en la que se situaban escuelas, comercios y edificios significativos. Luego una parte de industria y tras ella espacios verdes que eran propiedad de la comunidad para, de esta manera, evitar la especulación inmobiliaria.

El problema de la puesta en práctica de estas ciudades jardín –aunque se consiguieron crear algunas, como por ejemplo Letchworth, al norte de Londres– fue, como era de esperar, económico. El dinero, en este caso, se interpuso entre la arquitectura espejo y el intencionado reflejo. 
Un ejemplo más cercano de estas teorías utópicas lo encontramos en Madrid: la Ciudad Lineal, una propuesta de Arturo Soria, que se basa en la línea como generadora de ciudad.
Esta idea buscaba de nuevo poner remedio a los problemas de conexión del campo y la ciudad y a la superpoblación de los barrios obreros en las grandes urbes. Partiendo de un elemento geométrico sencillo como es la línea y dándole importancia primordial al ferrocarril, Arturo Soria creaba una ciudad que, según él, iría de Cádiz a San Petersburgo.
Este modelo de ciudad alargada consistía en una franja construida de 500 m de ancho y estaba compuesta por una espina dorsal de infraestructuras, con el ferrocarril como medio de transporte principal, de la que surgían calles transversales de 200 metros. A los lados de las mismas, con un ancho mínimo de 20 metros, se iban creando las zonas de viviendas, usando para ello un sistema de manzanas con formas geométricas sencillas y organizadas de manera regular. De toda la superficie construida, 1/5 se destinaba a viviendas y talleres y el resto a zonas de cultivo, espacios arbolados, huertas-jardín y lugares para la cría de animales. Se planteaba unir las grandes ciudades a través de estas líneas, ayudando así a mejorar  sus comunicaciones y dejando triángulos que serían destinados a uso agrícola.
La ciudad podía tener un crecimiento ilimitado de manera longitudinal, pero mantenía constantes sus dimensiones transversales. De esta forma las distancias a la espina dorsal, la cual quedaba como reinterpretación del centro de las grandes urbes, se mantenían iguales para todos los habitantes, con lo que Arturo Soria conseguía eliminar la jerarquización social que se producía en la ciudad de la época, en la que a medida que las edificaciones se iban alejando del centro iba desmejorando la calidad de vida, lo cual llevaba a las clases más altas a vivir en el núcleo urbano y a las más bajas en barrios exteriores.
Aunque la puesta en práctica de la idea le supuso a su creador casi la ruina, consiguió construir 5 km de su ciudad lineal en Madrid.  Pero, con el paso del tiempo y de nuevo por culpa del dinero, esta línea quedó obsoleta, ya que se terminó rompiendo la ley de la dimensión transversal limitada y la edificación comenzó a expandirse a lado y lado de la franja inicial.
Sin duda podríamos citar muchos más ejemplos de intentos de cambio social a través de la arquitectura, pero siempre nos encontraríamos con ideas en su mayoría fracasadas e irremediablemente ancladas a la utopía.
¿A qué se debe el fracaso de estas arquitecturas espejo? ¿Se trata únicamente de que el reflejo de la sociedad capitalista es ineludible o influyen más factores? ¿Podríamos crear alguna herramienta que hiciera más difuso dicho reflejo?
Quizá el problema reside en el hecho de que hablamos de propuestas a gran escala. Propuestas excesivamente ambiciosas que buscan un cambio social inmediato, un paso del negro al blanco que deja de lado toda la gama de grises. Las necesidades impuestas a la sociedad actual están tan arraigadas que una intervención que intentara cambiarlas quizá tendría que hacerse de una manera más sutil, llegando incluso a hacerse de manera oculta. Igual que ocurre en el ascensor, en el que la funcionalidad arquitectónica se convierte en una máscara de la nueva y casual funcionalidad social.

Dicho esto y retomando el concepto de “ascensor urbano”, entendido como elemento capaz de desempeñar la función social casual que ejerce el ascensor en un edificio, ya sólo nos quedaría pasar de la abstracción a la forma. La forma que nos llevaría a conseguir una interacción repetida de las personas a escala urbana. Y aquí la imaginación se desata… y de repente aparecen puntos estratégicos. O recorridos. O quizás serían uniones. O redes de caminos. Y podrían ser elementos abiertos o cerrados,  exteriores o interiores, opacos o transparentes, estáticos o dinámicos. Cúbicos, trapezoidales, rojos o verdes, diáfanos, luminosos, metálicos...Pero en todos los casos formas sociales, que convertirían en más saludables las sociedades formales.

 

 

 

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