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Viajando al fin de la noche sobre las olas con Louis Ferdinand Céline

Por Ana Ciurans

“Y por ello recorro y recorreré el mundo todavía, buscando ocupaciones fantasiosas y por ello también muchos otros que nos verán, se unirán a nosotros. Y por ello el regimiento de los perdidos y de los “errantes” se reforzará con numerosas unidades, transferencia total de la desilusión y del amor propio, baluarte contra la servidumbre  que envilece y degrada, pero contra la cual nadie protesta puesto que nuestra mente es la única espectadora”.

Los escritos inéditos de los monstruos sagrados de la literatura son para los lectores como los rastros hemáticos para los tiburones. La promesa de un banquete cuya sola idea te hace la boca agua. A pesar de ello, escéptica por vocación y sobreviviente a la lectura de la lista de compra de los autores más transitados, me he acercado a Les Vagues (Las Olas) de Louis-Ferdinand Céline con una sensación que oscilaba entre la trepidación y la incredulidad. Y la verdad, preparada para cualquier cosa. Porque yo, mea culpa, que amo a Céline no había oído hablar nunca de este escrito. Pero banquete, haberlo, lo ha habido. El magnífico trabajo de Anna Rizzello, que ha descubierto y traducido estos escritos inéditos en Italia, un relato y dos cartas contemporáneas dirigidas su amiga de infancia Simone Saintu, nos permite asistir al nacimiento de Céline como lo conocemos. La emoción de un parto que si bien se añade al horror de vivir, como él mismo diría, forma parte de esas cosas que hacen la vida, en un cierto modo, soportable. Mérito también de la microscópica casa editorial italiana Via del Vento, nacida en 1994, con sede in Pistoia (Toscana) que en su colección «Ocra gialla» publica textos inéditos y raros de los grandes escritores del siglo pasado.
Las Olas, 13 páginas de transposición de la realidad con un fuerte contenido autobiográfico, transposición cuyos picos de exceso han sido durante años la dispensa de sus detractores, fue el primer intento literario del joven Céline, por aquel entonces aún Louis Destouches (que firma Des Touches), escrito a bordo del Tarconia de vuelta de África, en 1917.
La trama, muy simple, sirve de excusa a Céline para reflexionar acerca de los artífices de la guerra, hombres de sólida reputación y de posición excelente que dirigen magistralmente a las masas respetuosamente sometidas de los indigentes. En el fumoir del Tarconia, el mayor Tomkatrick, el suizo Brunner, el gobernador portugués, el señor Camuzet, los cónyuges Bronnum y el príncipe Catulesco que representan el poder en todos sus aspectos, conversan acerca de la guerra cuando el radiotelegrafista entra para dar la noticia de que los Estados Unidos han roto las relaciones diplomáticas con Alemania. En el mismo momento, una ola más fuerte que las demás, hace tomar al Tarconia una inclinación anómala. Coincidencias.

No depuradas todavía por la horrible tenacidad que escribir requiere y que ha contribuido a crear la grandeza de su obra literaria, estas páginas contienen la génesis de su lucidez, de su estilo. Sin embargo, son las dos cartas a la amiga, fechadas en 1916, la parte más interesante del libro porque apoyan, desde un perspectiva privada, la tesis de un Céline asqueado por la guerra y por sus especuladores, la mayor parte de ellos una masa de presuntuosos imbéciles. 
Hoy hace dos años que dejé Rambouillet para salir hacia la gran aventura y desde entonces hemos matado mucho y matamos todavía; incansablemente fastidiosamente, la guerra empieza a hacerme el efecto de una tragedia innoble sobre la cual el telón sube y baja sin tregua, ante un publico cansado, pero demasiado agotado para levantarse e irse. Basta leer cosas de este tipo. En aquella época era ya un hombre peligroso y especialmente hábil en poner el dedo en la llaga de la miseria humana. Y sufrir por ello. Un Céline recién nacido que balbucea e incuba los escritos desesperados que una vida después tomarán el nombre de “trilogía del norte”, en los que vuelve a las emociones incontroladas. Donde, abandonada la infinita finura que escribir requiere, escupe frases inacabadas y doblega, idioma y gramática, al tormento. Una epifanía en la que destripa el francés de Cartesio, idioma que ilumina la razón, para acuñar un francés nuevo y desgreñado. En cualquier caso un joven que como tal confiesa nutrir aún la esperanza y lo dice casi ‘en passant’, de encontrar a otros viajeros errantes que se unan al regimiento de los perdidos. No fue así. Viajó solo y sin billete de vuelta, al infierno y sin ascensor. Al fin de la noche o en un barco de vuelta de la guerra, de la nada, no importa. En el universo de Céline el hombre parte a la búsqueda de una paz y de olvido que no halla nunca y vuelve siempre cansado y harapiento, solo. La muerte, a la que no se puede engañar, espiando el horizonte. Como no volver.

Si como decía Víctor Hugo ante la bondad hay que arrodillarse y ante el genio inclinarse, ante Céline éste último es un acto debido. Porque todo lo que ha perdido el hombre el escritor lo ha encontrado y Céline, incómodo personaje, no ha cesado nunca de ser verbo. Testimoniando las atrocidades del siglo XX y pagando por sus errores. Irremediables. Elegir bien los compañeros de viaje se revela, a la larga, más importante que el viaje mismo. El precio de la equivocación es alto y el riesgo que se corre es atracar, solos, en un puerto sin nombre.

Vida y obras:
http://es.wikipedia.org/wiki/Celine

Via del Vento edizioni:
http://www.viadelvento.it/


 

 

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