
Por
Sergi Bellver
I. Movimiento, vértigo e intuición
Si la fórmula ―ética y etimológica― del turista es el círculo cerrado, la condición esencial del viajero le induce a una aceptación de la fuerza centrífuga que en todo movimiento puede impulsarle a un margen inesperado. Esa actitud maleable del viajero determina el matiz de su experiencia, a través de una mirada subjetiva y dúctil sobre el entorno, sobre la otredad y sobre sí mismo, y le ayuda a dinamizar esa experiencia, a acompasarla con lo que la vida es en todo caso: movimiento y cambio. Cuando esto se da, lo imprevisto puede invertir el sentido del viaje y proyectarlo a un perímetro alejado del lugar común, a un exilio del tópico en el que tanto el escritor como el viajero encontrarán su espacio vital.
Pero lo cierto es que nuestras puertas de la percepción del mundo están cerradas a cualquier exceso o sorpresa en el plan de ruta. El potencial de nuestros sentidos se disipa cada vez más en esta saturación tecnológica que los atrofia, y todo lo que no esté marcado y medido en el mapa, sencillamente, no existe. Somos transeúntes que deambulan inertes por este siglo xxi, y así, sumidos en el automatismo del trabajo, el consumo y el ocio dirigido, no solemos habitar una noción real del espacio y el tiempo, sino que nos desplazamos de un modo casi productivo, funcional. No nos inmiscuimos en lo que nos rodea, ni nos exponemos de veras al otro, ni prestamos demasiada atención a la voz íntima de las cosas, acostumbrados como estamos a ese eterno ruido de fondo de la ciudad, lo virtual y la rutina. Esta suerte de anestesia vital es pues uno de los paradigmas de nuestro tiempo ―la voluntad enquistada al servicio del Mercado― y la raíz del vértigo para quien de repente se da cuenta de esa inercia perversa en la que no hacemos otra cosa que consumir(nos).
Sin embargo, todavía hoy es posible vencer ese vértigo, despertar al viaje, instalarse en una vigilia implicada con el mundo. Más allá de la recuperación de lo sensorial, de la capacidad del camino para desinfectar nuestra percepción entumecida y deshacer la costra de pereza y de costumbre que llevamos adherida, ese retorno al viaje demorado y expuesto, ese infinito regreso a Ítaca que cantaba Kavafis, todavía tiene cabida en nuestro viajar si elegimos la mejor de las brújulas: nuestra intuición.
En el viaje, no siempre la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, y en cuanto a lo racional y lo inconsciente sucede algo parecido. No podemos prever absolutamente cada detalle del viaje, ni abarcar de pasada toda la cultura de un país, ni regresar a casa pensando que ya lo sabemos todo de aquellas tierras y de sus gentes. Esa es la inercia circular que traza una y otra vez el turista. A la literatura le sientan bastante mal las certezas desmedidas, y en la literatura de viajes en particular, una concepción cartesiana y enciclopédica de las cosas termina por matar todo el espíritu iniciático del viaje. Aunque la experiencia de ese viaje y su escritura no sean solo subjetivas sino también sesgadas por naturaleza, no podemos mezclarnos con el camino ataviados con toda la parafernalia occidental, poniendo una barrera profiláctica entre las personas del lugar y nosotros. Por muy exótico y atrevido que nos pareciera nuestro destino, con esa actitud desbarataríamos todas las cargas de profundidad que la experiencia intensa de un viaje podría dejar en nuestro subconsciente. A veces sus efectos se materializan y estallan mucho tiempo después del regreso a casa, porque de un auténtico viaje se regresa siempre distinto, es así de simple. Y en ese desplazamiento, en ese retorno a lo que en verdad somos, la intuición habrá sabido guiarnos mejor que ninguna otra fibra de la condición humana.
«El sujeto en la visión clásica, aún extraviado frente al vértigo de las cosas, acaba por encontrarse a sí mismo en la confrontación con ese vértigo; atravesando el mundo —viajando en el mundo— descubre su propia verdad, esa verdad que al principio es tan sólo potencial y latente en él y que traduce en realidad a través de la confrontación con el mundo.»
Claudio Magris
II. Viaje, escritura y cambio
El escritor de literatura de viajes, por añadidura, más allá de las herramientas del oficio, encontrará en su intuición ―la lectora que en primer lugar vislumbra esa verdad de la que habla Magris― y en su mirada sobre el mundo la única posibilidad de una interpretación literaria del viaje y la justificación para la puesta en marcha de un verdadero proyecto narrativo. Lo demás, si no participa de esto, y de la implicación de la que hablábamos antes, es periodismo o publicidad, crónica o estrategia discursiva, pero no literatura de viajes contemporánea.
Todo escritor ha de partir de la base de que no es factible una certeza unívoca sobre lo que es realidad en ningún ámbito de la existencia, y mucho menos en un viaje, pues las ideas, el tiempo y el espacio cambian de un momento a otro sin remisión. Así como la imagen de nosotros mismos que cada día vemos en el espejo se compone de millones de células de corta vida, que sustituyen a las que murieron ayer y a su vez serán sustituidas por otros millones mañana, ni los países, ni las gentes ni mucho menos las sociedades perviven inalterables por mucho tiempo, aunque nos parezca reconocer en el espejo de nuestros conocimientos un mundo vagamente parecido al de anteayer.
No siempre vamos a encontrar lo que buscamos en un viaje, hay que ser audaz pero al mismo tiempo y en cierto modo, maleable, dúctil y disponible a habitar el margen, como empezaban diciendo estas devoluciones. En ello también radica la magia de viajar y escribir después sobre lo que no esperábamos, en dar fe de esa regeneración celular del mundo, porque como en las mejores obras de la literatura universal, todo termina por contar la historia de un cambio. Y el viajero es sobre todo un ser humano que se expone al camino y, de alguna manera, cambia. Cambia él mismo y cambia su mirada sobre los demás y sobre las cosas. Y cambia en modos imprevistos, ya que a veces incluso la decepción puede abrir paso a una epifanía, ensanchar el campo de visión desde la certeza al cuestionamiento, o convertir un prejuicio en curiosidad.
«Utopía y desencanto. Muchas cosas se vienen abajo, cuando se viaja; certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se van perdiendo por el camino —el camino es un maestro duro, pero también bueno—. Otras cosas, otros valores y sentimientos se hallan, se encuentran, se recogen en él. Al igual que viajar, escribir significa desmontar, reajustar, volver a combinar; se viaja en la realidad como en un teatro, desplazando los bastidores, abriendo nuevos paisajes, perdiéndose en callejones y deteniéndose delante de falsas puertas dibujadas en la pared.»
Claudio Magris
III. Mirada, literatura y tiempo
Es preciso educar la mirada para estar atento a lo que muda a nuestro alrededor, para no pasar por alto lo que sucede también en lo más cercano. El mundo no se detiene, es una criatura viva en constante mutación, lo notamos en los grandes acontecimientos, pero también sucede en lo sutil, en cambios apenas perceptibles que paso a paso van conformando una sociedad nueva, desde la irrupción de Internet en nuestro modo de relacionarnos con otras personas ―o separarnos de ellas sin perderlas de vista, como ciudades sitiadas que se envían emisarios―, al deterioro y reformulación del medio, o la concepción uniformada o alternativa de un modo de vida.
La literatura de viajes utiliza diversos pinceles y óleos para elaborar su cuadro del mundo, pero más que cualquier otro, maneja un material indispensable: el tiempo. Escribir literatura de viajes es un modo de fijar en un texto aquel espacio, aquellas personas y aquel momento que ya no volverán a ser. Y para que no desaparezcan en vano, el escritor debe educar su mirada y convertirla en un testigo y un intérprete de lo que le rodea, desde lo más pequeño a lo universal, desde los grandes hitos de la Historia a cada instante fugaz en el que la vida fue, aceptando que no volverá a repetirse. Y sin embargo al escritor y al viajero les es dado disfrutar de la experiencia ―o denunciarla, o sublimarla, si es traumática―, comulgar con lo que les rodea y aprehender la naturaleza de las cosas hasta poder ser ellos mismos, por un instante, el movimiento de la propia vida, ese tránsito consciente del que nadie sale jamás indemne.
El escritor ―de literatura de viajes, o el escritor a secas― plasmará su mirada sobre el mundo, y no tanto la imagen convencional y más o menos consensuada del mundo físico, la sociedad o el momento histórico. El buen escritor es sobre todo un observador agudo, y no es por clarividencia sino por esa sencilla pero certera capacidad de ahondar en la apariencia de las cosas por lo que a menudo a ese escritor se le considera un adelantado. No avanza el mañana, no le hace falta, le basta con estar atento al latido del momento presente para diferenciarse de las demás miradas, acostumbradas a recibir y reconocer siempre una misma imagen heredada de las cosas. Así, la mejor literatura de viajes, incluso la más canónica ―la del «buen cronista»―, es sobre todo una proyección, un verdadero viaje psicológico del interior al afuera, y no tanto al revés. Pero es también una manera particular de enfocar el espacio y a las personas que lo habitan, para traerlos a una luz nueva y fijar allí la atención del lector y que ésta trascienda el tiempo de la lectura, que le convoque al movimiento: hoy el viaje y la literatura tienen sentido si miran el mundo de otra manera, si van más allá de la representación incompleta de estampas costumbristas y, trascendiendo teorías y figuras, consiguen revivir en la propia experiencia literaria una verdadera sensación de movilidad, de huida de lo mortecino.
No podemos salir al camino con esa mirada costumbrista, atrofiada y dirigida, del mismo modo que no podemos llevar a cuestas el sofá de casa o la conexión ADSL ―sí en cualquier réplica de nuestra pecera, en cualquier café temático o aeropuerto, pero no en mar abierto, en el oleaje frenético del verdadero viaje―. No deberíamos redundar en esa negación perpetua del riesgo a la que nos ha acostumbrado el estado de seguridad preventiva y bienestar occidental —un estándar ya universal, adquirido o perseguido de cerca por otras sociedades, y que ahora pierde las costuras y se desarma, inevitablemente—. Ante la estática sucesiva del turista, viajar es ahora más que nunca una estética, una dinámica del cambio y la disidencia. Una oportunidad real para educar la mirada de una vez por todas y percibir ―no se puede dejar de insistir en ello― lo que en verdad es la vida: movimiento y evolución.
Toda elección supone una renuncia, pero también una experiencia única. Renunciar al itinerario fijado puede hacernos vivir como nunca la esencia de un lugar. Tanto el viajero de largas travesías como el poblador paciente de nuevos destinos viven un cambio en su esquema mental del mundo: su horizonte cultural se ensancha en manos de la vida, y su noción de las cosas se sustenta entonces en la experiencia, en los sentidos, en su propia conciencia del momento presente, del otro y de sí mismo. El mundo no palpita tanto en los grandes titulares de la rutina como en la letra pequeña de los días. Hay que leer mejor el camino, exponerse, para conocer nuestros límites y nuestra naturaleza, porque quien no supera alguna vez una prueba de fuego no sabrá nunca quién es en realidad.
Escribir literatura de viajes en este tiempo que nos ha tocado vivir supone también una elección. No se trata de aceptar los corsés del género, sino de replantearse la escritura y el viaje como experiencias gnósticas, complementarias y capaces de abrir nuevas vías evolutivas. Cabe desgranar las posibilidades de la literatura de viajes como último «género» capaz de desbaratar la propia idea del género literario. Esa elección puede acercarnos un poco más, con trazos incompletos pero enérgicos —en cierto modo impresionistas—, a una idea del mundo como espacio en perpetua construcción y del tiempo como material de soporte para nuestro revelado último —para la ortogénesis de un nuevo ser humano, tras esta agonía darwinista del Mercado—. La vida perece si se enquista, pues su naturaleza es la de una criatura en movimiento continuo, y ese roce le ayuda a mudar la piel, a prevalecer.
«Vivir, viajar, escribir. Acaso hoy la narrativa más auténtica sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapuscinski, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos. Por lo demás, él mismo crea una literatura vitalísima zambulléndose en la realidad, plasmándola con rigurosa precisión, aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores aún más huidizos y componiéndolo todo en un cuadro, fiel y a la vez reinventado, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. Quizá el viaje sea la expresión por excelencia de esa literatura, de esa narrativa non fiction teorizada por Truman Capote.»
Claudio Magris
*Los tres textos citados pertenecen al libro El infinito viajar, de Claudio Magris (Anagrama).
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Marzo-abril 2009 ©