Madrid, verano de 2009
De Marina Fernández Bielsa
Michael Jackson ha muerto y Caperucita no puede dormir. Aún lleva puesto el traje rojo de la fiesta y juraría que salió de casa con la capa puesta y la capucha tapándole la cabeza. No recuerda si la ha perdido o si algún fetichista se la arrancó y ahora la olisquea en su cama mientras se masturba pensando en ella. Es lo más probable, lo que suele ocurrir en las noches de verano, en las fiestas improvisadas en las que nadie conoce a nadie. Ya no le importa, hace tiempo que dejaron de preocuparle ese tipo de cosas. Ahora se inquieta sólo por asuntos importantes, como la persiana que sigue rota, empeñada en no dejar pasar ni un resquicio de luz. Sus rendijas han decidido que toca oscuridad, pero eso no impide que la vida siga su curso y se haga de día al otro lado de la ventana, aunque en la habitación siga siendo de noche y siempre haya una lámpara encendida. La luz de fuera es una amenaza y el calor insoportable. Caperucita nota cómo el vestido se le pega al cuerpo pero no recuerda su nombre y tampoco el tatuaje de su brazo izquierdo con el que alguien quiso bautizarla: Billie Jean, puede leerse. Las hormigas desfilan en metódica hilera y ya llegan al techo, hasta que se desordenan y forman letras, luego una palabra. P-U-T-A, dicen. Billie cierra los ojos y vuelve a ser Caperucita. Caperucita sin capa, sin abuela, sin comida ni pastel de chocolate. Caperucita con calor y con hormigas. Y el zumbido del neón que no acaba de fundirse. Parpadea día y noche en el tejado, justo encima de su cabeza. Cualquier día se le cae encima. Cuando lo ve desde el callejón le parece un cartel ajeno, hasta que sube a su casa y se hace audible. Es una cadencia insoportable, capaz de enloquecer a cualquiera. Una vez un vecino tiró una piedra y sólo logró romper media letra. Otra se fundió. Las letras parpadean de manera intermitente, de manera que en vez de INES HOTEL CLUB se lee IN HELL o ES HOT CUB.
Caperucita no puede dormir y baja a la calle. No es de día ni de noche, esa hora imprecisa del alba en las que las ciudades parecen dormidas aunque nunca descansen, cuando los coches ruedan despacio e incluso respetan los semáforos a pesar de las aceras desiertas donde ningún peatón pide paso. La luna se ha escondido amedrentada por el sol que ya se avecina, aunque todavía conceda una leve tregua a la noche, alargando las horas para los que no desean regresar a casa. Caperucita ha perdido sus zapatos en la escalera, o quizá se los haya robado Cenicienta, aunque lo más probable es que saliera de casa sin ellos. Pero no le importa ir descalza, sentir el asfalto rugoso y pétreo bajo sus pies, destrozarse las plantas a golpe de adoquín, teñir de negro los dedos libres de hormas, tiras, cintas, cepos, caminar hasta hacerse sangre.
Caperucita corre y un saxofonista ciego toca la melodía de Blade Runner apoyado en una esquina. No ha habido ninguna guerra hace poco pero las calles destripadas hacen de la ciudad un lugar extraño, las zanjas como trincheras albergan lo mismo bombas que tesoros, hay soldados acechando y en cualquier momento a uno puede detenerle la policía o ponerle una multa por no caminar como es debido. El asfalto es jungla más que nunca, selva, bosque. Las grúas son animales del futuro, las excavadoras aguardan como alimañas la hora de cobrarse su presa: arrancan a la tierra adoquines y tuberías, buscan madrigueras secretas en las que las criaturas de la noche viven las vidas que la luz impide.
Un taxi le sigue el paso y Caperucita deja de correr, al descubrir que nadie la persigue.
–Señorita, ha perdido usted un zapato –dice el taxista, enseñándole un zapato rojo. Y duda antes de preguntar– ¿Quiere que la lleve a algún sitio?
Caperucita se sube al taxi y cree que vendió su otro zapato a cambio de un beso. Las bebidas de las fiestas de verano siempre están envenenadas y los hombres y mujeres que acuden a ellas son lobos con piel de lobo, los corderos sólo están invitados a los áticos lujosos para servir de cebo, presas fáciles de los poderosos que se aburren, de los burgueses ociosos que ya no saben cómo burlar la insatisfacción que hace tiempo les dejó sin entrañas.
Billie Jean is not my lover, she's just a girl who claims that I am the one, but the kid is not my son...
La canción suena en la radio, Caperucita recuerda el beso que fue mordisco y se lleva la mano al cuello, que palpita como si aún le quedara corazón.
El taxista acelera y Caperucita sin un zapato cierra los ojos. Abre la ventanilla, mientras piensa que hay lugares donde ahora mismo es invierno.
Julio-agosto 2009 ©