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Por Sergi Bellver

Ser atraído y negligente

«La atracción es para Blanchot lo que, sin duda, es para Sade el deseo, para Nietzsche la fuerza, para Artaud la materialidad del pensamiento, para Bataille la transgresión: la experiencia pura y más desnuda del afuera».
Michel Foucault, El pensamiento del afuera

 

Es tarde. Tarde para casi todo. Para regresar a casa caminando, para la penúltima copa, para llamar a aquella chica, para acordarse de su nombre, para jugar al ajedrez o para tirar del asfalto como un mantel tras el banquete y dejar la ciudad intacta sobre el mapa. Algo se va a romper, la ciudad, el tablero, los pasos, aquella sonrisa, no importa, pero es demasiado tarde para evitar la negligencia. Escribo en una habitación de hostal barato, al ventilador le falta un aspa y el ambiente hace que la mesa y los papeles no se distingan demasiado de la acera, ahí, bajo el balcón vetusto, donde la señora del hostal acaba de echar un balde de agua sucia que arrambla con hojas secas, publicidad y bolsas de papel hasta formar una pasta gris en el bordillo. Escribo con el pecho adobado en sudor, con las sienes embotadas en alcohol, escribo con una cuchara perforada sobre mi cabeza, y sobre la cuchara un terrón de azúcar, y sobre el terrón de azúcar un fantasma que vierte un poco de agua. Y el azúcar, y el agua y el fantasma resbalan por el vaso que ya es mi cuerpo, y por dentro gotean despacio —los fantasmas ruedan en gotas espesas, como mermelada, bien lo sabía el poeta—, hasta enturbiar el ajenjo en mis tripas y convertirlo todo en una neblina láctea. Absenta. Estoy ausente. Soy negligente. Y llego tarde, atraído por todos esos sueros de la derrota en los que se diluye el celo.

Para Foucault, la negligencia es la otra cara del celo, de la demasiada atención por estar ausente, por dejarse ir en esa atracción por el afuera. La negligencia es otra clase de virtud, una no disposición, una inercia tibia a llegar tarde, a prescindir del nombre de las cosas, a buscar el reverso del guante en cada ciudad y ponerla patas arriba. La negligencia es otro camino hacia las mismas puertas, no exactamente como el del exceso ni con la actitud de William Blake, sino como un nuevo Ulises que se librara de las ataduras que le dejan a salvo en el mástil y se lanzara por la borda, pero no para el exceso y la victoria de las sirenas, no para rendirse a su canto, sino para callar con ellas y, en el silencio, en una orilla compartida, contagiarles la negligencia y el desorden, diluir poco a poco el sentido de las cosas como ahora mismo el agua disuelve el terrón de azúcar sobre mi cabeza y convierte el ajenjo en semen textual.
¿Qué sentido tendría catalogar ahora a otros escritores y sus distintos caminos de ebriedad? ¿A santo de qué hablar de Lowry y de aquellos sobrios recesos desde los que podía destilarse a sí mismo? Sería muy fácil hablar de una dirección, 222 West 23rd Street, y de Lowry entrando en coma etílico en su habitación del hotel Chelsea. Queda para otros, menos negligentes que yo ahora mismo, hacer recuento de otras muertes —Dylan Thomas, conocido de Lowry, también se ahogó en alcohol en el mismo hotel— y de otras vidas en alambiques como el Chelsea, donde William Burroughs, Tennessee Williams o Jack Kerouac —y Lou Reed, Leonard Cohen, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Bob Dylan o Sid Vicious— tomaron muchas penúltimas copas y cruzaron demasiadas fronteras. Donde, cada uno desde su lado de la barra, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick hundieron en el mismo vaso esa nave excesiva y anfibia que fue 2001, a Space Oddity. Hoy el hotel Chelsea es otro mazacote de ladrillo rojo con su sórdido cartel luminoso, como cualquier otro albergue en cualquier punto del mapa para turistas emocionales.

Para Burroughs, el lenguaje es un parásito enquistado en nosotros y que adultera la condición humana. Para el suicida y lúcido Deleuze, otro alcohólico impenitente, ese gusano que tiembla en nuestro culo de botella tampoco es prueba de pureza única, al estilo del mezcal mexicano, sino instrumento de un virus contra el que sólo cabe el remedio de la anarquía y la disolución. El anarquista Aldous Huxley, que conocía bien «las puertas de la percepción» de Blake, no quiso sedantes para ablandar su eutanasia, sino ácido, para cobrar consciencia un sorbo más allá de la tosca realidad. Desde ahí, me sirvo hoy de la negligencia, de la atracción desatendida por el afuera, por todo lo que queda al margen del tablero de ajedrez, desde ahí, y no del inventario de caídas del siempre mencionado Bukowski, ni del retrato en sepia de la bohemia parisina, ni de la biografía resultona de aquellos grandes cabronazos de la botella, aquella «generación perdida», como Hemingway o Scott Fitzgerald. Ni del hundimiento de Joseph Roth, ese prodigioso y «santo bebedor» exiliado en los hoteles y los cafetines de París. Ni de aquel Jean Cocteau que juraría no escribir más tras la muerte de su amigo Raymond Radiguet, antes de entregarse al opio por el resto de su vida, aun cuando no fuera capaz de cumplir su promesa, por fortuna.

La negligencia, cierta negligencia, es un no lugar, una sed no de ausencias sino ausente, una deriva anfibia a la que le presta uno la connivencia necesaria para el naufragio. Por eso, no tiene tanto que ver con el alivio, ni el placebo, ni el refugio, como pudo ser el alcohol para un Juan Rulfo amargo, un Onetti taciturno o un Vinicius de Moraes desposeído. Ni con la búsqueda de inspiración de los románticos y demás adictos a la absenta y a otros caballos de refresco para la gran fuga de sí, como Poe, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Wilde. Ni con la enajenación inspirada, o la arrebatada lucidez, que llevó a Van Gogh a cortarse la oreja y a eclipsar así, para los turistas emocionales, todo recuerdo de sus otros viajes. En todas aquellas orillas donde naufragaron tantos, a tientas o de cabeza, quedó siempre un rastro de negligencia a veces sublime y a veces mezquina, como la que ahora empuja a este Ulises que se empapa la cara de agua limpia, se libera de las ataduras de la neblina y de la absenta, se enjuaga las sienes y sale a la calle, que huele a asfalto mojado y a restos de banquete. Salgo a la calle a pedir un taxi que me lleve a casa, en cuanto consiga hacer memoria con el nombre de aquella isla. Porque, ¿era una isla lo que no recuerdo? ¿El nombre de qué, entonces? ¿De quién? ¿Quién mueve el alfil ahora? Algo se ha roto, no hace mucho, y el tablero ya no cuadra, ni hay partida de ajedrez. Demonios, se ha hecho tan tarde.

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Importe de consumiciones alcohólicas: 42 €.

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Precio de habitación individual en hostal: 35 €.

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Tarifa de la carrera de taxi: 12.50 €.

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Receta para el láudano bebestible:
Ingredientes: 200 gramos de opio de Esmirna, 100 gramos de azafrán molido, 15 gramos de canela y otros 15 gramos de clavo y 1.600 gramos de vino de Málaga u otro vino dulce.
Preparación: se corta el opio en trozos muy pequeños y junto a los demás ingredientes se deja macerar quince días en un recipiente, agitando la mezcla con frecuencia. Pasado ese plazo, se cuela, se exprime con fuerza y se filtra.

 

 


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