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Por Anna Maria Iglesia Pagnotta

Puede que tenga razón Blanchot al escribir que «la noche no es perfecta», pero es precisamente la imperfección aquella que concede la libertad de ser imperfecto, la libertad de quitarse la máscara diurna para ser uno mismo. La noche es el momento de abandonar la identidad diurna, dejar de lado aquello que uno fue a plena luz del día para mostrar, en la oscuridad, aquello que uno realmente es. Escribe siempre Blanchot que la noche es el “lugar de la muerte de la identidad, momento de la desfiguración”, la muerte de la identidad diurna, la desfiguración de aquello que uno fue durante el día y que, al caer la noche, ha dejado de ser. Es en la oscuridad, en el momento de la máxima ceguera, cuando uno se revela, se muestra sin máscara, desfigurado respecto al día; en la oscuridad no importa sacarse la máscara, pues en la oscuridad todo parece imperceptible, invisible.
La noche es el momento de los extraños encuentros, es el momento de divagar por la ciudad oscura, de encontrarse con rostros desconocidos, tan desconocidos como resulta la ciudad misma, iluminada tan sólo por las luces callejeras; la ciudad es otra, se ha desfigurado así como se ha desfigurado cada uno de los transeúntes nocturnos, que vaga perdido por “una selva oscura”. Bill Murray se perdía por las caóticas calles de Tokyo, nada le parecía igual, la noche lo había transformado todo, deformándolo, haciendo de la capital nipona un gigantesco laberinto sin salida, un laberinto donde los coches se aglomeraban en los semáforos y las luces cegaban a todo aquel que las observaba por primera vez. Sin embargo, es en la noche nipona, en ese perderse en la oscuridad, cuando Murray deja de ser el serio actor de anuncios, se desprende de la máscara de seriedad y apatía para acabar cantando en un karaoke, rodeado de rostros que nunca antes había visto; ¿quién son aquellos que lo acompañan? No lo sabe, no le importa; con la llegada del día esos rostros desaparecerán y él volverá a ser un serio y deprimido actor americano en Japón. El día lo volverá a enmascarar, la noche es su momento de libertad.

La noche son las horas del silencio, de un silencio interrumpido por aquellas palabras no pronunciadas durante el día; la noche es el momento de los discursos impensables, es el momento de decir aquello que a la luz del día se calla. Ya lo había descubierto Freud mucho antes, el lenguaje es la única vía hacia el inconsciente: el hablar ininterrumpidamente, el asociar una idea con otra sin el temor de ser censurado permite revelar aquello que siempre se oculta y, precisamente, en el ocultarse de la noche, esas palabras adquieren luz propia, se iluminan en el negro fondo de la nocturnidad. Son las palabras intercambiadas entre Bill Murray y Scarlett Johansson las que los delatan, son sus conversaciones a altas horas de la noche aquellas que los desfiguran. Apoyados en la barra del bar con una copa delante, nunca la primera y nunca la última, Murray y Johansson revelan la soledad que invade sus vidas, unas vidas que siguen su rumbo durante el día y se detienen solamente al caer el sol, se detienen para comprobar su falta de rumbo; la vida diurna es para ellos un divagar sin meta, es un divagar que finge dirigirse hacia algún lugar, pero ¿hacia dónde? Como los protagonistas de Lost in Traslation también Gena Rowlands deja de ser, aunque por breves instantes, la distante y fría cazatalentos, durante el trayecto en taxi por las calles de Los Angeles. La noche ya ha caído en la capital del cine, cuando Rowlands se sube en un taxi conducido por una Winona Ryder sin artificios. Ryder es la taxista que aspira a ser mecánico, es la taxista crecida entre hermanos que busca ser querida tal y como es, Ryder es la taxista de noche, la taxista que no lleva máscara. En el breve trayecto, Rowlands deja de lado la frialdad, apoyada en el respaldo del asiento delantero, fuma un cigarrillo mientras admira la espontaneidad de esa joven taxista que la conduce a casa. Más de diez actrices había encontrado para interpretar un papel en una película, pero todas resultaban demasiado artificiales, demasiado actrices, solamente de noche, cuando ya no es necesario interpretar, Rowlands descubre a Ryder: ella es perfecta para el papel, pues ella no actúa. Sin embargo, ¿por qué interpretar, por qué esconderse tras una máscara? La joven taxista quiere ser mecánica, casarse y tener hijos, no le interesa el cine, la fama, la taxista rechaza la posibilidad de actuar. «Todo el mundo sueña con aparecer en una película», le insiste Rowlands, demasiado acostumbrada a la máscara diurna, sin embargo, la joven rechaza: su vida está en ese taxi, recorriendo las oscuras calles de Los Angeles. Ryder es la taxista de noche, la taxista que recorre las calles de una ciudad cubierta por un manto negro, así como lo hacen muchos otros, en Nueva York, en Roma o en Paris. Jarmusch retrata la noche a través de los taxistas, de sus diálogos con los clientes; el taxi se convierte en el lugar del desvelamiento, donde un inmigrante alemán demuestra su talento como payaso y donde un cura fallece, asustado ante las narraciones sin filtro del taxista, ante una realidad desconocida que se le presenta sin tapujos.

En la noche todo puede decirse, no hay sitio para los filtros, ni para las máscaras; la noche de Jarmusch es la noche de una realidad desfigurada respecto al día y, sin embargo, auténtica. En la oscuridad de la noche no es necesario esconderse, todo puede mostrarse; las palabras pueden decirse así como los silencios no son prohibidos; en un bar, ante una copa que siempre es seguida por otra, toda palabra es un revelarse, todo silencio es un mostrarse. Uno se esconde tras unas palabras que no le pertenecen, unas palabras pronunciadas por qué sí, unos silencios obligados, nunca escogidos: éstas son las palabras diurnas, los silencios a plena luz del día, son las palabras y los silencios de las máscaras que todavía no han caído. Solamente al caer de la noche, a la llegada de la oscuridad, todas las palabras y todos lo silencios adquirirán sentido, pues ya no serán obligados, sino escogidos; así como en los bares nocturnos, en lo taxis que deambulan por las insomnes avenidas, las voces seguirán retumbando, el susurro se seguirá escuchando hasta las primeras horas de la mañana, en las habitaciones residirá el silencio, un silencio que, sin embargo, resuena más que toda palabra. La noche, escribió una vez Blanchot, «es el libro, el silencio y la inacción de un libro, y cuando todo ha sido pronunciado, todo vuelve entonces a entrar en el silencio que es el único que habla».
La noche como metáfora de la muerte, metáfora ¡cuántas veces utilizada! La noche es el momento de encontrarse con uno mismo, es el momento del retiro hacia la oscuridad, donde ya no es válido esconderse. Frente a la muerte uno está solo, en la misma soledad en la que uno se halla de noche, cerrado en una habitación donde solamente el silencio resuena. Es la ausencia de la luz, la ausencia del otro, «sur les crédences, au salon vide: nul Styx /Aboli bibelot d’inanité sonore». En la inanidad sonora de Mallarmé todo resuena, todo adquiere sentido, el mismo sentido que adquieren las palabras pronunciadas dentro del taxi que recorre la ciudad, las palabras dichas y escuchadas en una barra de bar. La noche del desvelamiento, el momento de dejar de ser otro, de hacer que la ceguera diurna se convierta en lúcida visión, la visión de Gabriel acostándose en la cama al lado de Gretta, su esposa; es el momento de pensar, de hablar y callarse en libertad, son los instantes en que la imaginación divaga, alumbrando aquello que no es, aquello que quiso ser y nunca fue. Escribió Juan Benet que «la imaginación es una facultad que sólo se da en las criaturas que tienen destino no para luchar contra él sino para negárselo a sí mismo». Puede que todo lo escrito sea fruto de esta imaginación, puede que escribiendo haya negado el tener que escribirlo, puede que sean solo palabras, que los silencios vengan después de su lectura. Puede muchas cosas, pero el reloj ya marca más de medianoche y la soledad está presente en la habitación de quien les escribe, lo dicho tiene sentido ahora, ¿lo tendrá a la llegada del día?

 

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