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Revolutionary road. De como pagar el préstamo con sangre

Por Ana Ciurans

Aclamada unánimemente por los críticos como una de las grandes novelas de la literatura americana de los últimos cincuenta años, Revolutionay Road de Richard Yates ha viajado a lo largo del túnel del tiempo hasta nuestros días con esa carga de inmortalidad y de rescate que efectivamente cada gran novela autogenera dentro de sí misma. Era el 1961 cuando se publicó por primera vez y Tennessee Williams escribió «Si en la literatura americana moderna hace falta algo más para hacer una obra de arte, no sé decir de que se trata». Y sin embargo y a pesar de esta afirmación Yates que había echado los cimentos de la técnica narrativa del dirty realism americano, fue durante los treinta largos años de su actividad literaria «uno de los grandes escritores menos famosos de America», un «escritor para escritores». Palabra de Richard Ford.

Richard Yates

En Italia la novela fue publicada por primera vez por la casa editorial Bompiani, corría el año 1964 y resultó elegido el título I non conformisti (Los anticonformistas), justificado por un cierto e indiscutible retraso histórico imperante en esta parte del oceano. Cuarenta años después, Minimum Fax, casa editorial romana famosa por desenterrar a los grandes y afortunadamente recientes olvidados de la literatura americana, actualiza la traducción de Adriana dell’Orto por mano de Andreina Lombardi Bom y lo republica, primero en la colección “Minimum classics” y ahora en la colección “I quindici”. Y pasa, como quería Marco Cassini, uno de los editores, lo que pasa. Pasa que los lectores italianos se enamoran. Y menos mal porque, citando otra vez más a Ford, «no conocer todavía el gran libro de Yates me parece absurdo». Otra laguna colmada. En España la última edición de La vía revolucionaria, del 2009, es de Punto de Lectura, sello editorial del grupo Santillana que lo propone a 11,95 euros menos que la precedente edición de Alfaguara del 2008 que, sin embargo, misteriosamente, pertenece al mismo grupo. Y curiosamente por cierto las dos continúan en el intento de titularlo La  vía revolucionaria, en lugar de la Calle revolucionaria, tal vez atemorizados por una posible reclamación de los vecinos de la plaza Revolución de Gracia, en Barcelona, únicos verdaderos depositarios de la maravilla de vivir en lugar similar. Sea como fuere, hasta aquí la historia editorial. Revolutionary Road tiene también una historia cinematográfica ya que ha sido llevado a la pantalla por Sam Mendes con Kate Winslet y Leonardo DiCaprio como protagonistas principales y a cuyo juicio desde esta perspectiva me remito a nuestro especialista calidoscópico, Jordi Corominas i Julián. 

La trama de la novela es, por el contrario, bastante simple. Por lo que a mí respecta se resume así: América, años cincuenta. Estamos sumergidos hasta el cuello en el sueño americano. April y Frank Wheeler, dos hijos, pareja de la middle-class, arrastran su frustración, sentimental, paternal y profesional, entre martinis, cigarrillos, amigos curiosos y vecinos de opereta. De revolucionario no les ha quedado nada más que el nombre de la calle en la que viven, la Revolutionary Road que en realidad es una ironía que el destino les restriega cada día en la cara. April y Frank Wheeler son, sobre todo, dos que han dejado de ser. Dos que se definen por exclusión. Dos que son por silencio positivo. Han dejado de amarse, de pensar, de luchar, pero ante todo y dolorosamente de ser diferentes. Cuántas renuncias para los ex habitantes del Village, ahora exiliados en el papel de mujer-marido-madre-padre, modelo obviamente, en el suburbio de Revolutionary Hill, el complejo residencial de casitas-blancas-pastel invenciblememente alegre. Una vida escuálida a la que, sobrevalorando los propios límites, piensan ser inmunes porque «lo que cuenta es no dejarse contaminar (…) recordar quien eras», pero que inexorablemente acaba por empujarlos al abismo en el que precipitan cuando el último intento de inútil engaño al propio destino, la mudanza a París, fracasa.
Los estereotipos de la vida burguesa en Yates alcanzan una versión que hiela la sangre, el abismo es un agujero negro con bordes cortantes que se abre en lado oscuro de la felicidad. Que nos chupa con la potencia de las cosas que rozan la crueldad y se niegan a la razón pero que no son sólo instinto. Cosas ciegas, como la circulación de la sangre o la respiración, cosas que gobiernan la fuerza que nos mantiene vivos. Revolutionary Road es grande precisamente por esto. Porque Yates, aún haciendo suya la vieja y eterna regla “escribe de lo que conoces” y cubriendo con una puntualidad casi y a menudo autobiográfica lo que ha pagado estando todavía vivo, logra ir más allá de April, Frank, los Campbell y todos los demás. El retrato del fracaso de los protagonistas es el retrato de fracaso del sueño americano y nadie es inmune porque se trata del mismo sueño que Europa, devastada por la guerra, hereda con los electrodomésticos y las películas de Doris Day y Rock Hudson.

«Es como si todos se hubieran puesto tácitamente de acuerdo para vivir en un estado de perenne ilusión. ¡Al carajo la realidad! Dadnos callejuelas serpenteantes y casitas pintadas de blanco, rosa y azul, haced de nosotros buenos Consumidores, dadnos la sensación de Pertenecer y dejadnos criar hijos en un baño de sentimentalismo –papá es un gran hombre porque gana lo bastante para que vivamos dignamente, mamá es una gran mujer porque ha estado al lado de papá durante todos estos años– y si por casualidad la buena y vieja amiga Realidad viniese a visitarnos, a hacernos ¡cucu!, nos empeñaremos mucho para hacer como si nada».
Llama a la tragedia por su nombre, Yates y con estudio de empirista nos la cuenta, diseccionando a sus personajes científicamente y ofreciéndonos, como si fuéramos Salomé, sus vidas a trozos en una bandeja de plata. Y lo que no dice permanece en el aire cuando se cierra el libro: no sois los Wheeler, pero quienquiera que seáis, sedlo hasta la última consecuencia. Pagar por los propios errores es amargo. Arrepentirse, insoportable. 

                                                                                                 

Octubre 2009 ©

 

 

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