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La expresión poética supone necesariamente compromiso
Entrevista

Por Carmen Moreno

JJ Téllez

Hace poco le han concedido el Premio Unicaja de Poesía, pero desde hace mucho, Juan José Téllez se mantiene fiel a la poesía, a una forma de ver y entender la vida desde el compromiso social y estético, individual y colectivo.
Sus palabras siempre son valientes y eso, alguna que otra vez, le ha causado problemas. Hablamos con este poeta lúcido, inteligente, simpático y plausiblemente humilde.

Acaba de recibir el Premio Unicaja de poesía, ¿qué significa este premio para usted?
Toda una sorpresa. Sobre todo por la expectación que ha despertado en Andalucía. Se dio a conocer en pleno verano y quizá mis colegas anduviesen cortos de noticias. El mejor premio fue el de las palabras que me dedicaron los miembros del jurado, a quien tanto admiro y con quienes tanto quiero. Tampoco es manco el hecho de publicar en Visor. No es lo mismo correr en un Ferrari que en un Panda, por muy bueno que sea el Panda: hasta ahora, mis poemas han viajado a bordo de dignísimos utilitarios y me siento enormemente satisfecho tanto de los destinos como de las áreas de descanso hasta donde han logrado llegar.

¿Hasta qué punto cree que son importante los premios para la carrera de un poeta?
Sic transit gloria mundi. Robert Frost se vanagloriaba de lo que cobraba a veces por un verso. ¿Quién recuerda que Alberti recibió el Premio Nacional de Poesía de manos de un jurado que presidía Antonio Machado? Los premios suponen un gran estímulo para las cuentas corrientes de un poeta. En el caso que estén dotados de presupuesto. En el caso de las flores naturales, prefiero las flores propiamente dichas o la emoción cómplice de un lector. El mejor premio es que cualquiera use nuestros versos para amar. O para desamar. 

¿Cree usted que los premios designan a los poetas más importantes?
Muchos de mis poetas importantes no recibieron un premio en toda su vida. Los premios son, en el mejor de los casos, un alivio para la economía doméstica y un timbre de alarma para fijarnos por un instante en una obra o en un autor que de otra forma quizá pasaran mucho más desapercibidos. En cualquier caso, los premios poéticos suelen tener la misma repercusión social que los de los sorteos ordinarios del cupón de la ONCE. Hay excepciones, claro. Y sorteos extraordinarios.

¿Qué futuro le ve a la poesía?
La poesía es, en gran medida, una suerte de mística. Y hay que creer en algo, aunque sea en la belleza, para torear al Becerro de Oro. El código secreto de la poesía será cada vez más necesario, en la medida en que sea preciso descodificar la combinación de esa enorme caja fuerte en la que el capitalismo salvaje pretende encerrar la utopía y el alma de los seres humanos.

¿Si no hubiera sido poeta, qué habría sido?
No estoy seguro de ser poeta. Entiendo que escribo versos y a veces me gusta lo que escribo. Pero la poesía es una actitud ante la vida y hay ocasiones en que parece que no estoy a la altura de ese sacerdocio. Ser poeta no es un título que despachen en los supermercados a cuarto o mitad sino a tiempo completo. Ser poeta es una de las facetas de la vida en las que hay que ser necesariamente totalitario. Y, en el fondo, no me gusta ningún totalitarismo. De no escribir versos, relatos, ensayos o artículos, me hubiera gustado ser vocalista de un grupo de rock. Pero Dios, que de existir debe ser un cachondo o un hijo de puta, o ambas cosas al mismo tiempo, me regaló un buen oído para la métrica pero muy malo para la música. Menos mal que no me hizo matemático.

Tiene usted una de las voces más potentes y firmes del panorama poético actual, ¿cree en la poesía como compromiso social o sólo como expresión artística?
Es que la expresión artística supone necesariamente compromiso. Y el compromiso nunca es estrictamente individual, sino social. Bastaría con asomarnos a la biografía y a la estética del paladín de la llamada poesía pura: el compromiso de Juan Ramón Jiménez haría enrojecer a quienes creen que escribir “Animal de fondo” está reñido necesariamente con llamarle cerdo a Hitler. El lo hizo.

¿Es la risa un arma llena de futuro?
La risa es un pecado. Y ya van quedando pocos vicios con los que poder escandalizar a los virtuosos. En todo caso, no me gustan las armas. Creo que todos saldríamos ganando si vivir fuera un alma cargada de presente.

¿En qué cree Juan José Tellez?
Cada vez creo en menos cosas, pero en las que creo, creo mucho. Creo que los descreídos son quintacolumnistas de los conservadores y de los reaccionarios. Creo que hay que llamar las cosas por su nombre: así que, para evitar competencias desleales, no hay que confundir a los patronos con los empresarios ni a los liberales de hoy con los del XIX. Creo en la formidable paradoja de que el materialismo dialéctico sea mucho más espiritual que el materialismo restante. Yo también prefiero las revoluciones a las pesadillas, aunque hubo revoluciones que terminaron convirtiéndose en malos sueños. Creo en que hay que seguir saliendo de la cueva, a ver si se han extinguido los dinosaurios. Y en que es preciso hacer novillos del arca de Noé, para averiguar si ha escampado. Hay que dar dos pasos adelantes y ya veremos si es necesario retroceder uno. Y el poeta, desde luego, tiene la obligación profesional de que las palabras libertad, igualdad y fraternidad puedan declinarse en endecasílabos. O en alejandrinos, no nos pongamos intransigentes.

¿Nos puede contar algo de su nuevo libro?
Se titula “Las grandes superficies”, porque se me antojó que podía jugar con esa polisemia, la de un mundo que ha sustituido el agora por los hipermercados, las ideas por productos y la intensidad de la pasión se ha visto edulcorada por la abundancia de sucedáneos. Lo paradójico es que, en el fondo, se trata de un discurso contra el capitalismo que premia y paga una caja de ahorros. Qué tiempos más raros.

Elija entre:

¿Para escribir prefiere la noche o el día?
Depende qué. Depende cuándo. Depende cómo. Las musas son estajanovistas y están todo el día de guardia. Y los que somos partidarios de la pereza de Paul Lafargue no nos resistimos a llamarlas esquirolas.

¿Ron o agua?
Ron. Incluso para lavarme.

¿Cernuda o Alberti?
¿Y quién desprecia cualquiera de esos botines de guerra? Cuando me preguntan qué me llevaría a una isla desierta, suelo responder que a mi no se me ha perdido nada en una isla desierta. Al amanecer, puedo sentirme Elliot y Blas de Otero a mediodía. Lo mismo por la tarde me pongo Kavafis y anochezco Gioconda Belli perdido. Crecí con Whitman y con León Felipe. Y estoy madurando con Bruce Springsteen. Espero que no me de el barrunto de parecerme a Sylvia Plath en uno de esos terribles días de levante.

Para hacerse oír, ¿televisión o papel y bolígrafo?
Por televisión, se nos oye más, pero dudo que se nos escuche. El mejor pabellón auditivo sigue siendo el corazón y hasta ahí se llega antes por la vía del susurro.

¿Sexo o poesía?
Pero, ¿hay diferencia?

 

 

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