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Una jornada con un artista
que intenta sobrevivir en Barcelona

Por Valentina Natale

“No me gusta venderme, ¡soy un pintor, no un vendedor!” afirma Antonio mirándome fijo a los ojos.  Es este el principio de una tarde delirante pasada trasportando un enorme cuadro por las calles del Born entre turistas curiosos y viejecitos enfadados. Es inútil intentar convencerlo a crear un book con su obra , a escribir un currículum de su vida para presentarlo a las cientos de galerías que decoran la ciudad. Antonio toma uno de sus enormes cuadros y se presenta delante de los galeristas, quiere mirar sus caras mientras juzgan sin piedad su trabajo, mientras tratan de disimular expresiones. En su determinación puedo ver su historia, puedo percibir el carácter de su ciudad.

Antonio es un pintor napolitano, crecido comiendo arte como los otros niños toman leche, su padre también es pintor y su niñez se ha consumado entre pinceles y potes de pintura, entre manos manchadas de color y los primeros dibujos que venían juntos con las primeras palabras. Casi un paraíso su casa, espacio de creación en una ciudad hundida en su pobreza y más en su dureza. Allí tienes que mostrar coraje, enfrentarte con tus miedos: el rechazo, la incomprensión. Sensaciones que experimenta cada artista. En una ciudad como Nápoles se intensifican, se deforman. Él crecía entre una pelea y un dibujo, entre el Vesubio y la pintura, entre el mar y el olor de comida. Nápoles deja en sus hijos una mirada que parece no darse cuenta de nada y que lo ve todo, Antonio tiene esa mirada, esa actitud. En su ciudad ha tenido muchos éxitos, su vida era la pintura que le pagaba una maravillosa casa en un pueblecito en la provincia napolitana, se nutría de arte, vivía de, para y con sus cuadros. Pero llega el momento en que un hombre no puede sobrevivir tapado en su casa, no puede volar plenamente en una ciudad tan fuerte y tan conflictiva, y así con sus pinturas y sus pinceles se ha venido a la Meca de los italianos.

“En Barcelona todo es más caro, trabajo todos los días para comprar las pinturas y las telas”. Cuando llegó no tenía nada, no entendía nada, sólo sus herramientas, así empezó a pintar en la calle, ha pintado cada monumento de Barcelona, podías encontrarlo a todas las horas charlando con una turista en la plaza de la catedral o comiendo un bocadillo con las manos manchadas, mostrando su interpretación de la Sagrada Familia. Ganaba bastante y podía pagarse un pensión en Plaza Real, hasta cuando empezaron las multas, por cierto él no sabía que para pintar en la calle necesitas un permiso del Ayuntamiento. Aguantó un tiempo hasta el día en que los Mossos le requisaron todos los cuadros, fue este el momento en que decidió encontrar otro trabajo. Ahora es cocinero en un restaurante mexicano, trabaja por las mañanas y gasta todo su sueldo para financiar su pasión. Una tela puede llegar a costar  200 euros y las pinturas tampoco son baratas. He pasado un tiempo con él, he visto como es la vida de un artista que intenta sobrevivir en una metrópoli como Barcelona, que trata de levantar su voz contra el muro de la indiferencia de una grande ciudad, entre el ruido de los coches y palabras pronunciadas en todos los idiomas que se trenzan creando un serpiente sin colores, de contar la jornada de un pintor que crea en su casa, en la soledad de las noches en su cuarto, o sea la vida de un pintor sin estudio.

Su casa está totalmente invadida por sus cuadros, y sus compañeros de piso parecen muy contentos de lucir un hogar tan calido, como suelen ser las casas de los artistas. En un armario están almacenadas todas las pinturas, ordenadas por color, los pinceles parecen flores de pétalos blancos en los potes de vidrio, las espátulas con sus cabezas triangulares como las culebras cuentan el color del último trabajo. Hay armonía entre el verde de las plantas que duermen en el pequeño balcón y la imagen de la catedral de Santa Maria del Mar que aparece más allá de la ventana.
Antonio toca dulcemente su guitarra mientas saco las fotos de su cuarto, antes de empezar nuestra aventura con el cuadro. Lo ayudaré a trasportar un enorme tela de 2 metros por 130 centímetros hasta una galería que le gusta mucho.

“Si no expondré tu cuadro no pienses que no me gusta, es simplemente que estamos buscando algo vendible.” Le ha dicho el dueño de la galería cuando Antonio le ha hablado de su obra y se ha limitado a contestarle que no dejaría de pintar porque a un vendedor no le gusta su trabajo. Yo me divertía mirando la escena, ver este joven con la cara seria decirle al galerista que no le gustaba tomar fotos de los cuadros, que si quería verlos se los habría llevado hasta la tienda. Así hemos ido hasta su casa a buscar la tela, nos esperaba bajarla desde el cuarto piso sin ascensor y llevarla andando hasta la galería.
No ha sido simple, la estructura de madera que sostiene la tela pesa mucho sin considerar los cinco kilos de yeso que constituyen el fondo rugoso del cuadro y la pintura que tampoco es ligera. Hemos bajado el cuadro a poco a poco, por la escalera estrecha intentando no arruinarlo. Luego nos hemos perdido en el laberinto abarrotado de las calles del Born. Los turistas nos miraban y sacaban fotos. Lucíamos como una pareja totalmente surrealista trasportando una tela en la que están pintadas unas enormes manos que dicen en lenguaje de signos: “Déjame hablar”. Es un mensaje tan fuerte como simple, ocho manos sobre un fondo blanco y muchas ganas de exprimirse. Antonio ha interpretado así su deseo de ser escuchado, su necesitad de decir algo al mundo. En quince minutos llegamos a la galería, cansados y divertidos. El dueño ha parecido impresionado por el cuadro, tanto que le ha preguntado si podía ver otras cosas, esta vez en foto, Antonio ha vuelto a contestarle que no. El galerista, divertido por su obstinación, le ha prometido pasar personalmente a su casa para ver los otros cuadros.

Nos hemos vuelto con el cuadro que se hacía cada vez más pesado, callados y felices, he tenido la sensación que su éxito fuera el mío y el de todos los periodistas sin redacción, los actores sin escenarios, los poetas sin editores y los pintores sin estudios que cada día hacen el mundo un poquito más bello y un poquito más mágico.

 

 

 

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