
Por Adrià Garriga Far
Cae la tarde en un día de principios de septiembre, en el ocaso del verano. Sin nada que hacer, me encuentro sentado en la terraza, con un libro de Simone de Beauvoir y un vaso gigante repleto de limonada con hielo picado. Aún me siento acalorado, a pesar de que el sol, ya tímido, se va a esconder en breves instantes. En el mar tranquilo chispean los reflejos del movimiento precipitado del astro bajo la atenta mirada de una imponente luna, de textura aún medio diáfana, impaciente por volverse opaca en medio de un fondo oscuro. Mis ojos han detenido su lectura para ver el juego de colores anaranjados con que el cielo deleita a ciertos seres humanos que, como yo, detienen su ciclo vital para prestarle toda su atención. Es de los pocos días en que he podido repetir este ritual rutinario, pero a la vez extraordinario, solo. No sé donde se habrán metido el resto de residentes de la casa, mi familia. Me viene a la cabeza, con aires de melancolía, los veintinueve años que llevo sentado en la terraza de la casa familiar de la costa, por estas fechas, fiel seguidor al descanso diario solar. De niño, recuerdo que el rincón en el que me encuentro en este instante me parecía como cuatro veces mayor. Es sorprendente la relatividad del tamaño de las medidas y de los espacios según un chaval de metro veinte se convierte en un hombre de metro ochenta. Será por los recientes acontecimientos relacionados con la muerte de Michael Jackson, que me ha venido a la mente, entre tanta naturaleza y puesta de sol, inmensos botes de mermelada de arándanos. Me explicaré.
Nos remontamos a mitad de los años 80. Por aquel entonces, en esta misma casa, solíamos compartir el verano con nuestros vecinos, los Castellví. Nuestros padres eran amigos de Barcelona y, como tenían hijos de edades similares, decidieron alquilar casas adosadas en la costa norte. Ese día los Castellví nos invitaron a desayunar. Como si de mi propia casa se tratara, agarré en la cocina unos panecillos y un gran tazón de leche con chocolate en polvo y me senté en el sofá del salón junto con mi inseparable Álex, hijo de los propietarios de la casa y principal cómplice de mis aventuras infantiles de verano. Ese día, no sé por qué, la mermelada era de arándanos, cosa que celebré. Siempre había deseado probar otros sabores, como la frambuesa, las moras, los arándanos… y muy pocas veces había tenido la oportunidad de hacerlo, mi madre obstinada en comprar siempre la de fresa o la de melocotón. En cambio, esa mañana, cuando Álex me acercó el tarro con ese color morado oscuro, abrí la tapa y me acerqué el bote hasta la nariz para empezar a deleitarme con la fragancia dulce de la fruta del bosque. Para mejorar aún más su sabor, los empapábamos de leche con chocolate. Recuerdo que me zampé cuatro panecillos. Álex, cinco. Mientras disfrutábamos de tal holgoso desayuno, en la televisión iban programando distintos videos musicales. Todos los que estábamos allí presentes nos quedamos totalmente atónitos cuando, de repente, unos zombies invadieron la pantalla. Era Michael Jackson y su Thriller. Nunca antes habíamos visto nada igual. Algún padre hasta propuso cambiar de emisora para evitar futuras pesadillas de los más pequeños. Curiosamente, nuestras madres empezaron a bailar de modo espontáneo. Más gente de la casa se fue añadiendo a la improvisada coreografía. Yo no dije ni pío, a pesar de las ganas de levantarme y unirme a los que movían el esqueleto. Me quedé absorto, con mis panecillos y mi mermelada de arándanos. Más que un videoclip, tuve la sensación de estar viendo mi primer cortometraje. No sentí miedo. Cuando terminaron esos 15 minutos, sólo deseábamos que volvieran a emitir Thriller por televisión. A partir de ese día siempre he asociado la mermelada de arándanos con Michael Jackson.

Esta mañana, mientras desayunaba panecillos con mantequilla y mermelada de mora, otra variedad de fruta del bosque de mi agrado, anunciaban que la muerte de Michael podría tratarse de un homicidio. Luego, entré en el Youtube y, por primera vez en mi vida, busqué clips del artista. Una cosa llevó a la otra, hasta que terminé mirando un documental sobre el día a día del muchacho, en el 2003. La primera reacción al ver como MJ se gasta millones de dólares en una tienda de antigüedades horteras en poco más de cinco minutos, reitera una y otra vez que nunca ha pasado por un quirófano para hacerse la cirugía estética o le da el biberón a “su” bebé bajo los efectos de alguna sustancia sospechosa, es la de pensar que este ser humano está totalmente desequilibrado. Sentí hasta repulsión. Acto seguido me he preguntado por qué no estaba en la cárcel por sus escándalos con niños. Al final, un sentimiento de compasión y lástima se apoderó de mi mente. Alguien había creado un monstruo. Eso no justifica los delitos y las miserias del artista, pero sí marca el punto de inflexión entre el rey del pop que vendió más de 100 millones de discos – cifra ya inalcanzable – y el rey de la excentricidad.

Más tarde, he podido ver una de sus últimas actuaciones, en una entrega de los premios MTV a principios de esta década. Michael emplea 4 minutos para demostrar que, durante un tiempo, fue el artista más grande que ha dado la música. Nunca antes había pensado tal frase. No tengo ningún CD suyo, no he asistido a sus conciertos, he cambiado de emisora cuando ha sonado… pero ahora puedo decirlo contundentemente, sin avergonzarme. Quizás ahora le he juzgado por lo único que el Sr. Jackson sabía hacer, sin tener en cuenta más información que un par de focos, un escenario reducido y Michael haciendo el moonwalk y mil historias más: sus bíceps al ritmo del bajo, los tobillos siguiendo los beats de la batería, sus caderas bailando la melodía… El rey del pop hasta mueve partes del cuerpo que todos pensábamos que eran totalmente estáticas. ¡Sí señor!
No es un secreto que Michael Jackson era un tipo caprichoso. Sus fantasías venían dadas a raíz de un perfeccionismo enfermizo. Además, era fan incondicional de la magia, cosa que no sorprende: Michael siempre había tratado de obtener resultados contrarios a las leyes naturales conocidas, valiéndose de ciertos actos que todos conocemos, sobretodo en lo personal. Cuando Michael trasladó esta pasión en un escenario fue cuando obtuvo resultados espectaculares. Estos actos se trasladaban más allá de su lenguaje corporal metafísico; también desafiaba las leyes de la gravedad. Como he empezado a pillarle el tranquillo a Michael Jackson, he ido indagando en el archivo temporal cibernético de sus instantes más estelares, hasta encontrar uno de los mejores momentos de la historia del mundo del espectáculo, de la música, del arte y, en cierto modo, de la modernidad. Nos trasladamos a Bucarest, en 1992.

Para su gira Dangerous, Michael planteó un espectáculo a gran escala, con tecnología punta en escena y récord de audiencia mundial al retransmitirse simultáneamente por centenares de medios de información. Corría el rumor que Michael, ni corto ni perezoso, le comentó a su manager a última hora antes de iniciar la gira por Europa: “quiero volar”. Y así fue. Las imágenes del concierto en Bucarest hablan por sí solas. Dicen que fue uno de sus mejores shows. En plena recuperación de la dictadura de Ceausescu, los rumanos llenan jubilosos el estadio hasta la bandera. Michael termina su concierto con “Man in the mirror”, uno de sus clásicos. La gente no para de llorar, se palpa en el ambiente que el recital llega a su fin. El escenario se llena de hombres vestidos de negro con cascos de obra amarillos – simulan ser ingenieros – y de plataformas y luces que nos hacen pensar que nos hemos trasladado a la NASA. Los hombres de negro enfundan un mono blanco a MJ. Posteriormente, el artista se coloca un casco. Los seguidores no tienen ni idea de lo que va a suceder a continuación, pero una fan de primera fila, con una sonrisa incrédula, es la primera en darse cuenta. Michael se mete dentro de una caja y sale de ella con un jetpack (cinturón cohete). Y así, sin más, se despide del público y sale volando del escenario por encima de la gente. Supongo que nunca ha habido una despedida tan cósmica y sideral. ¿Se imaginan un final más impactante? Yo no, a pesar de que, seguramente, la magia sustituyó a Michael Jackson por un doble en el momento en que MJ se introduce en la caja para agarrar el cohete.

Hasta poco antes de su muerte, se especulaba que Michael Jackson habría contactado con su amigo el mago David Copperfield para que éste diseñara trucos de levitación, que supondrían los momentos más estelares de los conciertos que Michael debía realizar en Londres, este año. Michael Jackson quería volar, otra vez. Seguramente, a partir de su muerte, más gente empezará de cero con Michael. Ya no tendremos en cuenta sus rarezas, sus adicciones o sus delitos… sólo su obra, su arte. Como nos recuerdan a todas horas, el rey del pop voló al fin… esta vez de verdad, libre por primera vez.
El sol ya no da señales de vida. Mi lengua juega con un trocito de hielo mientras tengo estos pensamientos. Hoy he estado en la playa buscando cangrejos con mi sobrina de tres años y ahora me arrepiento de no haberme untado con protector solar. La cocina, capitaneada por mi abuela Dorotea, desprende un intenso aroma de cebolla: tortilla de patatas con cebolla bien cruda y seguramente gazpacho, casero.
A pesar de que el cielo sigue anaranjado, ya no queda ni rastro del sol. Me siento culpable por eso. En mi pensamiento, retorcido a veces, habita la idea que si no contemplo el ocaso de un día, segundo a segundo, milésima a milésima, estaré decepcionando al paso del tiempo, y, consecuentemente, puede que el nuevo día de mañana decida cambiar mi naranja-azul por un negro-gris prematuro, como señal de enfado por mi falta de atención ante tanta belleza. Escucho el cantar de un par de gaviotas. Vuelan juntas, realizando grandes círculos, jugando, joviales, embriagadas de amor. Se dirigen hacia el horizonte, sin un rumbo fijo. Las envidio, pues a diferencia de ellas, siempre estoy siguiendo un camino definido y marcado… siempre hay un lugar al cual acabaré llegando… por donde paso, antes alguien ya ha pasado. Nunca podré llegar donde el mar se junta con el cielo. Nunca podré volar.
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Octubre 2009 ©