Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio

Bella y sórdida

Por Natalia Zarco (Librería Galatea. Cambrils)


La muerte nos convierte en criaturas malditas desde que nacemos, condiciona cada uno de nuestros pasos sobre este mundo y nos condena sin posibilidad de negocio o tregua. Las tres mujeres de las que voy a hablar se enfrentan a la muerte desde sus entrañas, se enfrentan al miedo y al silencio, a la descarnada ausencia, sin comprender, aceptando la sordidez como parte del juego, haciendo de ella un relato cruel y hermoso. Siempre hay una nueva manera de narrar la muerte, siempre lo mismo, pero cada uno la suya, la vida y la muerte, las dos caras de la misma moneda.

Rinthy Holme parece arrastrar con ella a lo largo de toda la historia una maldición oscura y antigua. Es fascinante hasta el vértigo la América que nos relata Cormac McCarthy en sus libros. La oscuridad exterior escrita en 1968 y que tiene parecidos notables con la posterior Meridiano de sangre, no se considera una de las principales obras de McCarthy pero sin duda es una historia breve e intensa capaz de cortar el aliento. Rinthy, niña desgreñada que alguna vez fue rubia o pelirroja, inicia la novela dando a luz en el suelo al hijo de su propio hermano. Fuera la lluvia golpea el tejado de la choza en ruinas: la escena pone la piel de gallina. Cuando exhausta se queda dormida Culla Holme, su hermano, se lleva el niño y lo abandona en el bosque, silencioso, sólo dirá a su hermana que el pequeño ha muerto. Días después, cuando la chica consigue ponerse de pie, sin comer apenas, saldrá de la choza y se adentrará en el bosque buscando la falsa tumba que Holme le había contado, ante la cual de rodillas intentando desenterrar al niño descubrirá que el cuerpecito no está allí. A partir de ese momento empieza su camino tras del hojalatero que días antes había pasado por la cabaña, un buhonero que cruza los bosques de los Apalaches vendiendo trastos viejos, y que ella cree que es quien se ha llevado al niño. Por otro lado su hermano al darse cuenta que ella se ha marchado se lanza al camino a buscarla también. Es como una aterradora parábola bíblica, imaginar la miserable estampa de Rinthy, delgadísima, con los pechos llenos de leche, con la convicción de que si ella tiene leche es por que el niño está aún vivo en algún lugar, con los pezones heridos, sangrando, del roce de su áspera chambra de arpillera, empapada y hambrienta, caminando por las montañas de pueblo en pueblo, preguntando por el buhonero. Los personajes con los que se cruza son criaturas exhaustas, arrasadas por la miseria, por la vejez y la intemperie, como supervivientes de algún desastre natural. La América profunda de la que nos habla McCarthy, a la altura de Faulkner en historias como Luz de agosto o Mientras agonizo, es una América analfabeta y brutal, católica y primitiva en la que la culpa monstruosa genera situaciones absolutamente irracionales. Tres personajes misteriosos irán apareciendo a lo largo de la narración, como tres forajidos de los caminos, a caballo y con rifles, se van cruzando en varias ocasiones con Holme, como si le siguiesen, como metáfora de la conciencia y le interpelan como si lo supiesen todo de él. La última escena es apocalíptica: Holme encuentra por última vez a los tipos, el hojalatero muerto está colgado con los brazos en cruz como un espantapájaros, Rinthy permanece escondida en el bosque tras ver pasar los jinetes a caballo, y un niño con una gran cicatriz y un ojo vacío mira inexpresivo al que seguramente es su padre. Entonces se produce un interrogatorio propio de un juicio, uno de los forajidos pregunta a Culla sobre su hermana, sobre el incesto, sobre la culpa, sobre el niño, ante el estupor de Holme el cual asistirá frente a su propia cara a un desenlace de escalofrío, que ya no se puede entender como real si no que funciona como cierre de una representación bíblica, con los tres jueces oscuros, con el crucificado, con el niño sacrificio y culpa del hombre y la mujer, con una riqueza de simbolismo mitológico que convierte el texto en una magnífica historia de terror y desolación. No hay piedad, ni perdón, no hay dioses, no hay más que seres humanos al límite, prácticamente engullidos por una naturaleza desbordante, oscura y salvaje, condicionados por sus propias limitaciones y carencias, por sus instintos, condenados en su propia insignificancia más que evidente en el exagerado entorno natural. La oscuridad exterior es como un poema inmenso, violento y hermoso como los cielos abruptos contra los que se recortan los Apalaches, tan intenso que difícilmente conseguimos borrar sus imágenes de la memoria.
***

Y qué decir de Carolina, la hija del enterrador, con su juventud punzante sobre fondo gris. Se enamora una con dolor de Carolina y la persigue por toda la novela de Fialho de Almeida La pelirroja,Periférica 2006. De belleza sucia y agreste, la observadora pelirroja se ha criado en el cementerio con los sepultureros, en la taberna La Merluza con los borrachos y en los velatorios y funerales. El texto recuerda la crudeza de Baroja, la brutalidad en la descripción de los comportamientos humanos, la ruina y la miseria, los bajos instintos. La pelirroja pasea por la novela en un ambiente de sordidez áspero como el mundo que habita. Acompaña a su padre a enterrar los muertos y observa los funerales embelesada con los cadáveres de las niñas ricas, pálidas de tifus, que llegan al cementerio en sus carruajes dorados. El esperpento de Valle Inclán se respira también a lo largo de toda la historia, los personajes son brutales, sucios y mezquinos, supervivientes en un mundo difícil para finalmente, después de tanto y tan vano afán, llegar todos al mismo sitio, la tumba. El personaje de la pelirroja es quizá el más trágico, la niña ronda el depósito de cadáveres sin inmutarse, sin entender que asiste al gran drama todo ser vivo, pasea entre los muertos y busca los jóvenes guapos y helados, explora sus cuerpos que yacen fríos y hermosos, los toca febril y enardecida al descubrir ella sola en la muerte lo que la vida aún no le ha enseñado. Acaricia y pellizca los cuerpos de los muchachos, incluso en una ocasión besa a uno deshecha en lágrimas de culpa pero con avidez muda. La novela es de una crudeza explícita tan real y un erotismo tan descarnado que sin ser de terror produce escalofríos. La pelirroja, con sus quince peligrosos años, descubre el deseo, descubre su propio cuerpo, sin una madre ni una voz que la eduque y le indique. Sin afecto desinteresado, ignorando qué es ternura o cariño, con la única lección que su propio indagar en la vida, abrupto y errático, arrojada a este mundo frío sin más explicaciones y con la única lección que la que da la cercanía de la muerte en cada paso. La vieja celestina pondrá en el camino de Carolina a João, el aprendiz de carpintero que primero paga por ella y que poco después acabará viviendo con Carolina en pecado para el resto del pueblo. João ha tenido otra vida trágica, su experiencia también dura en la infancia le convierte en un ser próximo a la pelirroja, ambos intentarán una vida en común sin éxito alguno, condenada al fracaso pese a algún escaso momento de unión  conyugal en el que parecen conseguir cierto calor o consuelo a sus vidas y que finalmente no servirá más que para abrir zanjas más profundas entre ellos y ahogar cualquier posibilidad de ternura. Posteriormente sus vidas se separan, la salvaje Carolina, incapaz de adaptarse a la vida, toma el camino más simple, el más oscuro y con su arrolladora juventud y su belleza incontenible quemará sus fuerzas en grandes carcajadas vacías y noches agotadoras, cayendo en una especie de paroxismo que no hace otra cosa que poner de manifiesto el sinsentido y el absurdo de la existencia humana. La historia de un lirismo romántico exagerado, termina con una moraleja clara, con una conclusión más que sabida y devastadora, con una imagen recurrente de su época y cargada de simbolismo, que no es otra que un cráneo mondo con su atroz sonrisa encima de una mesa.
***

Realidades de humo de María Zaragoza, publicado en La otra orilla en 2007, es un ejercicio literario en tres tiempos donde la presencia de la muerte asfixia con un lirismo crudo y hermoso cualquier subterfugio de los que la vida emplea para distraernos. No hay concesiones en los relatos. El suicidio, la pulsión de muerte, la muerte como única redención de la culpa. Todo ello contenido en una atmósfera estática, elegante y con una calma aparente donde la violencia es íntima y confiere a los protagonistas una  intensidad al límite. Empieza con Cuna de cuervos que nos cuenta, en una distante segunda persona, una historia de silencios entre dos únicos personajes, dentro de una habitación, en algún lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. Ella, una chica pelirroja con media cara quemada, con uno de sus ojos ciego, con media cabellera roja y vibrante abrasada:«perfecta, porque estabas viva y muerta al mismo tiempo». Él, un muchacho extraño, que ha decidido quitarse la vida y que solicita previo pago, pasar sus cinco últimos días con la prostituta pelirroja que conoce del pueblo, de toda la vida, «las razones por las que uno se quiere matar a veces también le son desconocidas a él mismo».La historia se estructura como una conversación lenta que irá acercando y alejando a los personajes, irá dibujándolos con pocos trazos, escasos pero suficientes,  pero que en ningún momento conseguirá poner remedio a nada. Ella, la pelirroja mitad muerta, conoce lo inexorable, no se puede evitar no se puede pedir tregua ni negociar, da igual, es inútil. La pelirroja, aterradoramente hermosa, ve la muerte con su ojo huero, la escucha desde el principio del relato, un chirrido constante de soga oscilando en la habitación. No cabe en el texto ni una sola posibilidad de salvación y en cambio la narración transcurre como un cuento triste, trágico como son los cuentos, pero lleno de imágenes de una belleza cruel e imperdonable. Como metáfora es un excelente ejercicio poético capaz de  generar una tensión a lo largo de todo el texto, como cuando está a punto de desatarse una de esas tormentas de verano en los campos inmensos castellanos y el aire vibra denso y la lluvia no llega. En los otros dos relatos, Realidad de humo y Sutileza, la muerte aparece también, de otras maneras, pero siempre presente. Realidad de humo, es una larga conversación que me recuerda a Durás en algunas partes. Dos personajes desconocidos en un hotel. El diálogo pausado y parco toca temas como el deseo, el vacío, los abismos que nos separan de los otros. Dos personas tan juntas y tan distantes, el sexo como vínculo, la creación lenta de una delicada tela de araña, como de humo, como una realidad de humo, frágil como lo son todas las relaciones humanas hasta llegar, con una cadencia cada vez más intensa, al final del relato donde la pulsión al crimen vuelve a aparecer vinculada al deseo, a la posesión, como un instinto atávico e incontenible procedente del inmenso vacío que parece anegar cualquier intento de comunicación, cualquier intento de la vida, con sus trampas dulces, por no fracasar del todo. Sutileza, igual que los otros dos relatos, presenta un fuerte impacto visual, los tres están cargados de imágenes muy potentes de gran intensidad emocional. Este último texto sobre la culpa cristiana que pesa sobre la mujer desde el principio de los tiempos, funciona de manera circular, casi en abismo diríamos, para narrar una misma historia sucedida a, una tras otra, toda una saga de madres e hijas hasta llegar a Alicia y a Ana, en las que la misma culpa, la de siempre, la de nacer mujer, la de no poder disponer de tu cuerpo y emociones, la del sexo y la maternidad como estigma, sigue suponiendo una tragedia cotidiana, habitual, que no puede redimirse si no es con la muerte, como predica la religión. La muerte y arrancarse el corazón, desentrañarse  para liberar el cuerpo de ese órgano delator origen de todo mal.
NOTA: Recientemente Parramón ha editado preciosamente Cuna de cuervos, en formato novela gráfica, ilustrado por Dídac Plà.
***

 

 

 

 


subir

 

Noviembre 2009 ©

 

 

 

sumario

 

 

 

 

calidoscopio.net © 2006-09