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Nadezhda Teffi. Transitar calles secundarias.

Por Adolfo López Chocarro

No lo puedo evitar. Me seducen: los olvidados, los perdidos, los que recorren los pasillos del silencio desterrados de la gran historia, sin patria ni hogar que los acune, equipajes repletos de derrotas, jugando a ordenar un mundo que les disipó de un plumazo y les dejó en un caos que intentan recomponer con palabras.
Necesito reconstruirlos, reinventarlos.
“Las pequeñas y remotas ciudades siempre contienen unas pocas calles secundarias que conducen al río o al vertedero, o bien a alguna fábrica abandonada u otra. Estas calles siempre poseen su propia e independiente existencia.”
Este inicio del relato Viejas de Nadezhda Teffi, incluido en El duende del hogar editado recientemente por Nevsky Prospects, activa el mecanismo: ¿Quién se esconde tras esta emigrante rusa que muere y se olvida en París bajo el seudónimo de “Teffi”, después de haber sido una escritora apreciada por personajes tan dispares como el zar Nicolás II, Lenin, Rasputín, Iván Bunin o la emigración rusa post-revolucionaria, o haber llegado a tener perfumes y dulces con su nombre?
Volver las agujas del revés, transitar calles secundarias…

Nadezhda

Nadezhda Aleksandrovna Buchinskaia nacerá allá por el año de 1872, en la Rusia del zar Alejandro II, aquel que lloró con los Relatos de un cazador de Turguénev, concedería la emancipación de los siervos en 1861, y abría definitivamente la caja de Pandora social y política del país, que se irá radicalizando, pasando de grupos minoritarios de liberales que piden una constitución a la europea o populistas y orientalistas que quieren “ir hacia el pueblo”, donde reside la esencia y salvación del país, a nuevas generaciones plenamente revolucionarias. El mismo año del nacimiento de Teffi, será detenido y ahorcado Sergei Nechaev, que junto a Bakunin había redactado el Catecismo del revolucionario. Punto álgido de esta nueva estrategia revolucionaria y terrorista frente a la cerrazón institucional de las tres cruces (autoritarismo, nacionalismo y ortodoxia): la acción de La Voluntad del Pueblo, grupo radical que tras varios intentos, acabará con la vida del zar en 1881.
Nuevos tiempos, cambios, y la situación de las mujeres no iba a ser una excepción. A finales del XIX, nuestra querida Teffi podrá ver la efervescencia del moviendo por los derechos civiles femeninos, reclamando el acceso a la educación, la burocracia, la política, libertades sexuales y sociales, y contando ya en Rusia con sus propios movimientos, congresos, periódicos y revistas. Una nueva mujer adelanta el paso, y para 1877 ya tenemos a prototipos como la Marianna de la novela Suelo Virgen del citado Turguénev: una mujer de pelo corto, que fuma, atea y plenamente feminista y concienciada políticamente, que se compromete con su realidad. Nadezhda no será tampoco una mujer al uso, romperá moldes pronto: tuvo un marido al que abandonó y varios hijos antes incluso de iniciar su carrera literaria.
En este nuevo clima, las redacciones de revistas y periódicos, tan importantes en la época, incluso más que los libros en muchos casos, pues aquí es donde se publican y se dan a conocer las nuevas obras y artículos de los grandes literatos, se verán igualmente inundadas de estas nuevas mujeres, de escritoras combativas, como Maria Pokrouskaia, Varvara Tsekhivskaia u Ol'nem. Son valientes, pues no olvidemos el régimen de represión y censura bajo los reinados de Alejandro III y Nicolas II, y a falta de grupos políticos y sociales que pudieran encauzar la lucha política en libertad, la intelligentsia y la prensa, siguen, por lo general, tanto dentro, como fuera de Rusia, con su papel de símbolo y vanguardia, de compromiso en la difusión de ideas y cambios, y el pueblo los ve como tales, como creadores de opinión con la responsabilidad de mostrar la verdad, la verdadera realidad del país. Nada fácil este papel, bailar todos los días un vals peligroso, estar expuesto a la represión y la crítica literaria y social; y si en el caso de Teffi, y otras, añadimos la condición de mujer, podemos rápidamente comprender como arroparse tras un seudónimo no es mala cosa, tanto para protegerse, como para poder trabajar con mayor libertad. El camino no será fácil, incluso esa misma intelligentsia y el mundo periodístico y literario no les abrirá fácilmente las puertas: no pasaban sus obras de ser denominadas Popular Literature, prosa femenina, de tipo íntimo y banal, cosas de mujeres. Faltan pasos…
Teffi comienza a andar en este contexto; sus caminos se dirigen al mundo periodístico, y arranca nada menos que en 1905, en plenas revueltas, escribiendo en Novaia zhiirí y Zvezda, revistas de izquierdas, bolcheviques –si bien ella era liberal, y nunca pasó de un izquierdismo contrario al gobierno autocrático–. En 1907 tendrá su primer éxito con la obra de teatro La cuestión femenina, pero será con su colaboración con la revista Satirikón a partir de 1908, y especialmente en Novyi Satirikón, de 1913 a 1918, ambas dirigidas por Arkadi Averchenko, cuando Teffí dé verdaderas muestras de su capacidad y genio, y junto a otras escritoras como Verbistkaia Shapir, Smirnova y Ol'nem, consiga el éxito a través de un nuevo género de prosa cómica-satírica hecho por mujeres, y sea reconocida en toda Rusia.

El duende del hogar

¿Pero que tendrá la prosa de Teffi para cautivar por igual a zares y lideres revolucionarios o a escritores de la talla de Bunin, Kuprin, Andreev, y alcanzar tal repercusión social? Principalmente, Teffi embelesará por el don de una mirada certera, cruda, realista, que sabrá combinar con su lengua ácida y burlesca, trágicamente divertida, para devolver al lector una visión completa de su Rusia, de todo el mundo calidoscópico de frustraciones, caos y dramas que les rodean, en una mezcla de belleza, fatalismo y humor negro que funciona.
Teffi toma el relato breve (género que por cierto alcanza mucha importancia a finales del XIX, quizás por acomodarse mejor a esta situación de censuras y cambios rápidos), lo adapta al mundo periodístico –un necesario estilo más sobrio y sencillo en el “tratamiento ficcional” de la realidad, para una mayor pegada y llegar a todo tipo de lectores–, y lo entremezcla con sus influencias y su modo de entender la literatura y el mundo. Como ella misma reconoce, de Chejóv y Gógol beben sus fuentes, del segundo por sus finas historias con mordiente social y político que juegan al absurdo como único medio de poder expresar lo absurdo y desconcertante de la realidad, y del maestro Antón Pavlóvich esa nueva forma de captar la realidad de lo cotidiano, de condensarla con un laconismo perfecto, repleto de finas ironías y de un trasfondo psicológico tan bien trazado.
Pero Teffi va más allá del clásico Gógol y es mucho más dura que Chejóv, pues Nadezhda, aunque en general sus formas y estilo son tradicionales, en su visión personal da un paso a la modernidad, olvidando moralinas y verdades absolutas, el progreso, el bien… Nada ni nadie se salva, todo está impregnado de la crudeza del mundo, de su absurdo, y lo que es peor, no hay esperanza. Así, sus historias son malabares de engaños, sutiles y progresivos juegos tramposos, donde todo parece ser una historia divertida, y de pronto sacará el as de la manga, y nos dejará hundidos en la tragedia hasta el cuello, y todo de forma abierta: no intenta imponer su forma de pensar, nos deja abandonados, anclados en las preguntas, ante el espejo: el de su Rusia, el de la realidad del mundo, ante nosotros mismos.
Si tomamos las historias de El duende del hogar, que Nevsky Prospects ha tenido a bien editar para regocijo de rusófilos (nunca estaremos suficientemente agradecidos a James y Marian Womack por todo su trabajo), como botón de muestra de sus formas y temáticas, veremos que los relatos para Novyi Satirikón van despellejando todo su mundo, ya sea bajo formas más sencillas a modo de falsas fábulas moralizantes como en El examen o La liebre –con mujeres que se dejan engañar por la fe o la bondad–, o con esos rastros de lo tradicional y lo rural –con lo sobrenatural en Brujas o el Domovoi, o el duende del hogar, en el relato que da nombre el libro–, y que serán parte importante de su éxito en los medios conservadores y en el futuro exilio, por recoger ese retrato de la Rusia pre-revolucionaria; para llegar a otros que desbrozan lo social y lo político con maestría de cirujano, y que también interesaron a revolucionarios y progresistas.
Como vemos, los que quisieron ver solo lo bucólico y lo divertido de Teffi nos engañaron, y quizás la condenaron a un silencio mayor, porque Teffi es pura crudeza, su sátira tiene 7 lenguas que azotan hasta hacer sangrar, pues nos va ir destrozando todo lo que nos rodea, de lo general a lo cotidiano: mostrando como afectan al individuo unas instituciones y una política podridas –que decir de ese huracán que es Un abogado de moda, desgarrador; o esa joya de Ecipio Africanus, donde destroza a la prensa y a los politiqueos del momento; o esos anuncios del terror político aún por llegar al paroxismo stalinista de Educación política o Palabra de consuelo, de una intensidad y visión futura que sobrecogen–; o de una sociedad que anula y destroza, llena de inútiles o seres crueles que vencen, y acaban siempre a palos, con la violencia manchando sus manos –muestra en esa sátira de Nuevos valores, con niños como caricatura de una realidad cotidiana de cambios y convulsiones; o de A caballo regalado, donde un regalo a un pobre hombre le arruinará la vida; o esa bomba de precisión que es Idiotas, dónde se despelleja a la sociedad de durmientes, inútiles y fanáticos–; llegando a lo familiar, donde más chejoviana se muestra en sus formas, para ir dinamitando cada uno de sus pilares –ya sea la imagen de la mujer sumisa y esclava que caen en esa divertida Un amor dichoso o en esa enamorada del amor y pasiones de novela de Turgueniev de El duende del hogar; o la niñez, con retratos sin piedad, de una crueldad dolorosa, con niños abandonados, maltratados, sin esperanza, en Kátenka, La bestia no-viva o en esos niños del relato del Domovoi, que ríanse ustedes de Dickens, aquí no hay "happy end"–.
De la cuna a la tumba, todo crudeza y progresiva corrupción, aderezado todo de cierto humor, sí, pero nos deja, como apunta el buen prólogo de Almudena Guzmán, “con la risa congelada” y el ánimo desgarrado. Un agridulce inolvidable.

Emigración y olvido

Pero las banderas rojas vendrán a barrerlo todo, toda esta nueva prosa femenina irá desapareciendo bajo las espuelas de la represión política y las nuevas maneras impuestas por el nuevo régimen, pues si bien es verdad que hay avances en derechos y libertades civiles, sociales, incluidos los femeninos, el nuevo concepto de artista y arte literario no casa con estas formas de hacer de nuestras autoras, no son tiempos para ficciones y sátiras burlescas, de ese nihilismo, y acusadas de burguesas y reaccionarias, obligará a escritoras como Gippius, Zinaide Vengerova y la propia Teffí, a abandonar sus trabajos periodísticos y pensar en callar o huir. Es el cierre de un ciclo, de una época.
Derrotados los ejercitos de Deníkin y Vrángel, sucumbe la “epopeya de los blancos”, y es la campanada para las salidas masivas al exilio. En 1920 ya tenemos a Nadezhda instalada en París, allí formará parte, junto a escritores como Tsvetaeva, de la vieja generación de literatos emigrantes rusos, escritores maduros que ejercerían mucha influencia en la cultura de la emigración europea. Teffi será un referente, por sus crueles sátiras humorísticas sociales de Rusia y el mundo emigrante –por el que tampoco tendrá piedad–, su bucolismo pre-revolucionario y por su famoso artículo Que hacer (Ke fer?), publicado el mismo año de su llegada a París en la prestigiosa revista Poslednie novosti, que se convirtió en lema de todos los expulsado de la Santa Madre Rusia.
Si bien siguió colaborando con revistas y diarios, publicando poesías y una novela, Teffi no es ya la misma Teffi, ella siente que el tiempo corre en su contra, no hay esperanza, la corrupción inevitable, y se dedica a describir a todo ese mundo emigrante con un ojo cada día más despiadado o desesperanzado –lo que hace que incluso muchos de sus escritos lleguen y se publiquen “clandestinamente” en Rusia, con el visto bueno de Lenin, por mostrar lo malo de los blancos y emigrados–. Llega la Guerra Patriótica, y tras ella, todo cambia para el mundo emigrante ruso, ya no queda casi nada de toda esa efervescencia e ilusiones de retorno, sienten que no hay esperanza, que pierden todo, la identidad, la dignidad, la voz... y un día de 1952 marcha definitivamente al eterno exilio, del que no se vuelve, en este clima, con un ánimo que estos versos suyos tan bien ilustran:

Extinguida mi lámpara
todo fusionado en sombras
callad... no tengo lágrimas.
¡Rezad por mí!

Tristeza, olvido, Tiempo Saturno. ¿Quién era Teffi…? La Guerra Fría, que tanto mal hizo para sobre o infravalorar a autores por criterios políticos, el ser emigrante en patria lejana, su condición de mujer, y un nihilismo sin militancia, son algunas de las claves que seguramente la relegaron injustamente a un olvido. Hubo un tímido intento de recuperarla en la URSS, con una antología en 1971, pero demasiado tamizada por la ideología soviética, escogiendo sólo lo “correcto”, que no le hizo justicia, todavía no era el momento... Aún faltaba mucho para que publicaciones como esta que tenemos en las manos intenten salvarla definitivamente del silencio, y devolverla al puesto que merece, como una de las grandes de la literatura satírica rusa y europea de principios de XX.
Vaya aquí mi rezo por ti, Nadezhda, luchando como pide el grito popular: “no lloréis por nosotros, recordadnos”.

 

 

 

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