El benefactor
Por Norberto Luis Romero
El ciudadano ejemplar, archimillonarío y filámtropo magnánimo, famoso también por su inclinación hacia todo cuanto es bello en este mundo, y en especial por las flores, decidió donar a la ciudad un extenso, único y lujoso cementerio, dotado asimismo de los mayores avances tecnológicos, donde tuvieran cobijo los vecinos cuando pasaran a mejor vida, y sus restos descansaran en paz en elegantes criptas de mármol, rodeados de perfección, beldad, y acondicionadas para evitar el mínimo deterioro. La generosa iniciativa fue acogida con recelo en un primer momento, al saberse la notica, porque los cementerios producen inquietud sólo con mencionarlos, pero luego brotó el interés, el entusiasmo fue extendiéndose y cada uno eligió en un amplio catálogo el modelo de tumba con el que, inconcientemente, en lo íntimo de su corazón, había soñado.
Una vez elegida la cripta, en el sobre que contenía los planos de alzado y planta, prespectivas y detalles primorosos de cada elemento y ornato, cada vecino adjuntó un formulario con su nombre y apellidos, fecha de nacimiento, predilecciones, y sobre todo, en un recuadro especial, señalada su flor preferida, y lo introdujo en una urna colocada expresamente en el centro de la plaza pública.
En tres años de arduo e ininterrumpido trabajo, el cementerio se levantó circundado por altos muros de los que sobresalían estatuas de ángeles, doncellas, cúpulas doradas, agujas, torres y cruces exageradamente altas; y el 21 de mayo, coincidiendo con la llegada de la primavera, la inauguración fue convocada a bombo y platillo y ante las puertas del flamante recinto el benefactor pronunció un hermoso discurso cargado de metáforas florales antes de abrir las altas cancelas de hierro.
Los vecinos se extasiaron ante el panorama: la perfecta geometría ortogonal del trazado de las calles flanqueadas por cipreces alargados, por panteones expléndidos, jardines coloridos que acogían entre capullos cada panteon de mármol finamente cincelado. Superado el éxtasis, se esparcieron por las calles en busca de la tumba asignada, la que tres años atrás habían elegido en aquellos planos. Nadie se sintió defraudado al verse ante la propia, en cuyo dintel habían sido delicadamente cincelados el nombre y la fecha de nacimiento, pero no pudieron evitar sentirse invadidos por un ligero resquemor: no era usual ni agradable toparse con el propio nombre grabado en una tumba, por bella y lujosa que fuera.
De inmediato, este sabor de boca acre fue sustituido por uno más dulce cuando comprobaron la belleza, el oropel y fragancia reinantes en el interior de las criptas: catafalcos abiertos exhibían un terciopelo blanco como la nieve, espumosos encajes y bordados de plata, y el carmesí de las leves cortinas volvía la luz que se filtraba por las banderolas altas en delicados rosas o deslumbrantes reflejos dorados. Flores hechas con seda se enredaban en las columnas de ébano y marfil, y numerosas criaturas antelicales de un blanco imaculado velaban piadosamente desde todos los ángulos, con las bocas abiertas en una eterna loa al benefactor y cánticos. Allí estaban, asimismo, recogidos sus gustos e inclinaciones más íntimas: manjares para uno, vestidos de seda para otra, bellas niñas para otro… Tras la estupor inicial, cada uno busco las palabras que juzgaron más adecuadas para expresar su gratitud hacia el benefactor, y a punto estaban de caer de rodillas turbados por la emoción, cuando en cada cripta un silencioso y sofisticado mecanismo cerró de forma definitiva y hermética cada puerta sobre sus sólidos goznes, un frío glacial comenzó a fluir de la boca de los marmóreos ángeles sustituyendo las loas, y un rayo de luz proveniente de un colorido rosetón colocado en lo alto ilunimó de lleno el reverso de las puertas de acero donde cada uno vio su nombre cincelado, separado por un guión de una fecha inmediata seguida del dibujo de su flor preferida, y abajo un epitafio:
“Abiertas las flores en primavera, el benefactor se apropia de la belleza que encierran cuando agonizan”.
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marzo-abril 2006-2011 ©