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Mensajes del otro lado

Por María Zaragoza

Es curioso e inquietante cuando las obras de arte de cualquier tipo, se transforman en algo diferente al pasar por el filtro de la muerte de su creador. Cuando cobran un nuevo sentido muy diferente quizá del que en origen tuvieron. Tuve ese escalofrío, pues hoy voy a hablar de cine, la primera vez que vi All that jazz de Bob Fosse. Para quien no la haya visto, esta película narra el periplo de un coreógrafo, director de cine y de teatro, como el mismo Fosse, en sus últimos meses de vida. Bebedor, fumador, mujeriego, egoísta, todos estos calificativos le casan muy bien al protagonista. También a Bob Fosse, ese genio vestido de negro al que Michael Jackson copió sus mejores símbolos de estilo para hacerlos propios, y que no fue capaz de quitarse el cigarro de la boca ni para representar esa brillante versión humana de la serpiente de El Principito en la película homónima Stanley Donen. Tampoco es casualidad la similitud física de Roy Scheider, que tenía el papel principal en esta curiosa autobiografía, con Fosse. Lo que siempre me he preguntado es si el director y coreógrafo de esta pequeña obra de arte, era consciente de que hacía una pequeña autobiografía de sus últimos días. Bob Fosse no sólo adivinó que moriría, sino que también la forma que tendría de hacerlo. No desvelo nada principal si digo que, efectivamente, una de las últimas secuencias es ese cierre de bolsa en la morgue, con el cuerpo mortecino y azulado de falta de riego de Scheider en su interior. Y no desvelo nada que no se sepa, porque el hilo conductor del film es la conversación intermitente y llena de coqueteos del mismo Scheider con una muerte rubia, bella y vestida de blanco que toma la forma de Jessica Lange. Cuando uno sabe cómo murió Bob Fosse y no niego que es un personaje que no sólo admiro sino que he seguido como si de un mesias bailongo se tratase, el escalofrío al descubrir que algo en él lo intuía, es inevitable. O quizá no lo intuía, quizá simplemente acertó. Quiso hacer una película y le salió un testamento. A veces hay cosas brillantes que nos llevan a ver el futuro al crear. O bien la creación es lo que nos lleva a completar el círculo en nuestra propia vida, y lo que en un principio fue ficción se transforma en verdad como por arte de un encantamiento. Ese es un misterio que no sé si deseo desentrañar alguna vez.

Ese mismo escalofrío, aunque en un grado menos evidente, lo reviví hace poco viendo Morente. El barbero de Picasso. Lo primero que he de decir de ella, es que es una obra de la pasión encamada con el arte y el flamenco y la alegría de vivir. Esta película no sólo merece la pena verla porque sea una buena película, o por el morbo que supone que sea el último trabajo de Morente antes de su desgraciado fallecimiento. Merece la pena verla porque es una obra de amor. Todas las partes que conforman esta pieza, que no creo que busque una narración lineal, ni contar una historia, sino más bien una sensación y una emoción a través de la imagen, la música y hasta los elementos naturales que muy cordialmente se ofrecieron a colaborar, es una obra de amor a la vida, al flamenco, a la amistad, a la familia. Una repulsa al dolor y a la guerra. Una exaltación de todo lo que signifique lo contrario. Y no es gratuito que al director le duela la boca de decir que no es un testamento y que ninguna de las escenas se montó después de la muerte del maestro, sino que él mismo dio el visto bueno a esta versión antes de morir. No es gratuito porque la fuerza de esta película, el fuego que lleva dentro, todas las veces que Morente nos despierta una sonrisa o nos emociona y nos hace desear llorar a lágrima viva, toman un cariz diferente al verla después de haberlo enterrado. Cada plano, cada imagen ralentizada, cada chiste del protagonista, cada canción elegida muchas veces, nos recuerda, nos lleva a pensar si algo en él supo o intuyó o una vez más el arte se llegó a la realidad y se cobró a su víctima, a su artista predilecto. Es inevitable pensar que es un homenaje, y precisamente su magia reside en lo contrario: no lo es. Morente hizo un último trabajo brillante, anárquico, basado en la emoción y la intuición, una oda a todo lo que amaba y odiaba. Y lo hizo tan bien, con tanto conocimiento de sí mismo, que cuando la película se ha estrenado y él no está para presentarla, nos deja con el sabor agridulce de pensar si él, a través de toda esa alegría, veía lo que nadie se esperaba.

Fosse y Morente no son los únicos. A lo largo de la historia de la música, el cine, la literatura, podemos contar por cientos las obras de arte que se transformaron en escalofriantes y maravillosos testamentos por obra y gracia de esa bella señora rubia vestida de blanco llamada muerte que se quiere ligar siempre a los artistas más iluminados. Yo los llamo mensajes del otro lado. Aunque a veces sueño que, es la ficción, el arte, la que se enamora de esas obras y las copia, punto por punto, como a veces nosotros mismos miramos la naturaleza y decimos lo que dice Roy Scheider con una rosa en la mano en All that jazz:
-Cuando miro una rosa y veo que es perfecta, me dan ganas de preguntarle a Dios cómo coño lo ha hecho y por qué yo no puedo hacerlo.

 

 

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julio 2011 ©

 

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