

Ultranoguera
Por Sonia Fernández Pan
Cuenta la leyenda que hay tres cosas en la vida que todo ser humano debería hacer antes de morirse: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Para que las cotas y los efectos de dicha proeza universal estén compensados los hay que no practican ninguna de las tres sugerencias ecuménicas; los hay que cultivan un jardín; los hay que tienen una extensa prole y los hay que no se cansan de escribir libros y, con un poco de suerte y muchos contactos, los publican. Claro que, para complicarse la vida escribiendo un libro hay que tener una idea motriz de la que vayan surgiendo cautivadoras y eficientes ideas secundarias. O, como en el caso de Miguel Noguera, muchas ideas a la vez que tengan la oportunidad de no perderse por los senderos y los bolsillos de la galbana.

Cuando un conjunto de ideas aparentemente dispares son convocadas en asamblea para participar de ese consabido lema que dice que “la unión hace la fuerza” aparecen libros como Ultraviolencia , del inclasificable Miguel Noguera. Este médico que no llegó a pisar la facultad de Medicina para cursar la carrera predilecta de muchos escritores escondidos tras el peso del vademécum, se ha hecho famoso por la espontaneidad –por usar algún término definitorio- de sus Ultrashows. Según cuenta el propio Miguel, la idea del Ultrashow empezó en una tetería, gracias a la creación de un ambiente violento entre la docilidad habitual de las tacitas, bolsitas de té y productos de repostería no aptos para diabéticos –esto último son elucubraciones mías-. Para los que no conozcan estas serenatas có(s)micas nacidas de la improvisación absoluta, nada mejor que aprovechar las posibilidades de ensamblaje de internet y dejar un enlace aquí mismo con un Miguel Noguera pegando ideas gracias a su uniforme de kilométrico chicle Boomer dentro del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona: http://vimeo.com/5677991

Ultraviolencia no es un Ultrashow aunque empiecen por el mismo prefijo y el argumento vaya de ideas que aparecen por aquí e ideas que surgen por allá, así como quien no quiere la cosa. Pero queriendo, porque para publicar un libro hay que tener ganas con ideas e ideas con presupuesto. Ultraviolencia es un libro y el Ultrashow es, como su nombre propio indica, un espectáculo: entre el monólogo y la conferencia pero sin pretender ser ninguno de los dos. No obstante, a medida que uno pasa páginas veloz y animadamente -el libro se lee en poco tiempo y sin sufrimiento -, el juicio inicial cambia y quizás no sea una barbaridad decir que Ultraviolencia sí que es un Ultrashow, pero con dibujos y para leer. Y viene con oferta especial: un contenido diez veces mayor en ideas que un Ultrashow. Además, se puede leer en tres modalidades (en silencio, en sonrisa tímida o en carcajada alborotadora) y en tres momentos del día (en el wáter, en el metro y antes de dormir para marcharse optimistas del mundo por un rato). Dejando planear la imaginación un poco, casi parece que entre sus 312 páginas surge de vez en cuando la gutural voz de Miguel Noguera para no dejarnos solos y perdidos entre sus bizarradas y ocurrencias.
Ultraviolencia , a pesar de sus medidas 14x21, no es un libro apto para reseñas ni para mentes remilgadas, de ésas cuyos cuerpos no se tiran pedos o no se sientan en retretes ajenos o no comparten un cigarro a medias. Como le explicaba el propio autor al conocido señor Buenafuente, crítico de arte por 12 minutos, en una de sus entrevistas nocturnas, éste es un manual de dislates cuya sala de lectura perfecta es el excusado, también conocido como baño o servicio.

Leyendo Ultraviolencia , al lector habitual se le ilumina la bombilla que sólo los genios llevan encima de la cabeza y piensa:
-Caramba, ¡esto también lo hacía yo!-
- ¿El qué?-
-Pues rebuscar entre los post-its, cuadernos y demás papeles todas las ocurrencias y disparates imposibles que se piensan en momentos de lucidez y ensoñación extrema mientras uno habla con su madre de las enfermedades que aquejan al resto de la familia.
Claro que sí, pero lo hizo antes Miguel Noguera que, no por casualidad estudió Bellas Artes. Y digo “no por casualidad”, porque generalmente los estudiantes que se meten a
Bellas Artes creen que sus ideas interesan al resto del mundo. Lo mismo pasa con los escritores o los inventores, razas en peligro de extinción a pesar del superávit de libros e inventos que pululan por el universo.
Podría pensarse que todos llevamos un volumen como Ultraviolencia en nuestras atareadas cabezas, aunque no siempre nuestras ideas tengan la suerte de acompañarse de simpáticos dibujos posiblemente obscenos. Lo que no todos poseemos es el atrevimiento y la audacia de este canario afincado en Barcelona, conferenciante heterodoxo y disidente de las somníferas ponencias en las que sobran bostezos y sobrevuelan moscas, para poner sobre la mesa de la cocina todos esos papelitos con anotaciones, pensamientos y demás tentativas de ingenio con el fin de encerrarlos resueltamente en un ocurrente volumen de 14x21.
Ultraviolencia es un ejemplo de cómo agrupar más de 300 ideas en diáspora que quizás no necesiten más espacio que un párrafo para definirse y de cómo los libros no tienen por qué pertenecer a esa cosa tan seria y solemne que llamamos literatura, aún a riesgo de que a muchos profesores de instituto se les pongan los pelos de punta con semejantes experimentos. Y, por encima de todo, Ultraviolencia es un evangelio hereje de verdades a medias que se merece que lo lean y no que lo expliquen en un prontuario de la reseña para lectores remolones.
