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Cómo sobrevivir con un agujero de 36.000 dólares al año

Por Adolfo López Chocarro

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Tres frenazos ebrios, y los alerones del Cadillac descapotable sobre la acera provocan varios ecos de gritos alegres en las luces de neón del club de jazz, que los recibe complaciente bajo la fina lluvia coloreada. El portero de color corre con el paraguas para abrir la puerta, ayuda a salir a dos bellas flappers a la última moda, con sus vestidos de charleston agitados de risa, medio despeinadas sus finger waves bajo los sombreros cloché, y sus humeantes boquillas infinitas y altivas. Agarradas a los brazos de un impecable dandy que se tambalea, entran dispuestas a derrochar a ritmos del sonido jungle de Duke Ellintong todo lo que la noche les permita, olvidando la moral inútil de la ley seca y demás caprichos de la era Coolidge, ese presidente tan férreo en la moral y tan lasisser-faire en los bolsillos, del que no recordarán ni su nombre cuando lleguen exhaustos a la suite del lujoso hotel donde viven. La fascinación de vivir en el esplendor y el lujo de lo que realmente es un AGUJERO, cada día más negro, y más profundo... La bestia engullendo a sus criaturas.

Pero por ahora bullicio y fiesta, vida de luces y fastos, ritmos sincopados, glamour y despilfarro, la belleza y extravagancia de los locos años 20, la gloriosa y contradictoria Jazz Age. Lugares comunes de todo un tiempo que un escritor, Francis Scott Key Fitzgerald, recreará en una vida literaria que es sin duda uno de los mejores ejemplos de personificación en un escritor de toda una época, de todo un espíritu, y enmarcada nada menos que en esa incipiente y apasionante prosa norteamericana de la famosa “generación perdida”, la Flaming youth, que toma las riendas para, a través de nuevas formas de expresión, abrir en canal las luces de estas décadas de ilusiones, esplendor y felicidad ingenua, y mostrar sus sombras y contradicciones dolorosas, con una actitud crítica y relativista ante la vida moderna, sacando a flote, de forma suave o descarnada, sus limitaciones, su vacuidad, su falso resplandor con forma de cuesta resbaladiza hacia pozos muy profundos. Y el norteamericano será el claro ejemplo de lo que es vivir una vida en AGUJEROS: económicos, literarios, personales… viviendo del resplandor de la luz escasa, quemando y bebiendo la vida sin límites en una caída hasta el fondo.

Y para arrojarnos un poco en todo ello, hoy queremos destacar un LIBRO-AGUJERO, sí: una especie de túnel a una época con muchas similitudes con la nuestra –su inicio tal vez-, una muestra de la triste grandeza maquillada del agujero vital donde fue cayendo Fitzgerald, y un ejemplo del gran socavón de ha dejado su obra, tan fascinante como para hacer que sus libros sigan teniendo vigencia y frescura –solo hay que ver como se están reditando en estos últimos meses sus obras en nuestro país (Anagrama, Alfaguara, RBA, Zut…)-. Pero el nuestro es un pequeño libro con dos relatos autobiográficos del americano, que la editorial Gallo Nero nos regala bajo el nombre del primero de ellos, Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, texto que encierran mucha, mucha miga, y mucha profundidad…

“Tiene que empezar a ahorrar”, así de categórico se inicia todo, con un gran AGUJERO, y es que el escritor se vio pronto sumido en una debacle económica, ya que no solo derrochó pronto todas sus inmensas ganancias, sino que acumulaba unas deudas impresionantes. Pero no se vayan a pensar que esto va a ser un drama, no, no, el bueno de Scott, junto a su esposa Zelda y su hija, se lanzan a relatarnos con una frescura y humor elegantes sus peripecias ahorrativas para salir del hoyo, que nos llevará de carcajada en carcajada por todos sus intentos de contener sus gastos. Sí, se van a reír, y mucho: los artículos, una fuente de ingresos vitales para el matrimonio, se adaptan a la perfección al estilo folletinesco exagerado y la mordaz crónica de sociedad que reclama la prensa de la época, y es un disfrute. Pero déjenme que no les revele los golpes sublimes –ya leerán otras críticas, ya leerán el libro-, y me olvide de las tramas, me escabullo para dejarme llevar por las costuras, los reversos, y dejar aquí unos breves apuntes o notas de lectura, deslavazado, sensaciones, luces en la penumbra de lo que medio esconde este despilfarro de ingenio, y engrandecer así su valía para entender al escritor, su obra y su época.

Scott Fitzgerald es un hijo de su tiempo, el de los ascensos sociales fulgurantes, y es que con apenas 23 años, Fitzgerald, de orígenes modestos y etapas estudiantiles confusas en Princeton, tras publicar en 1920 A este lado del paraíso, entra de golpe en la casta de nuevos ricos, lo que le permite casarse con una niña bien y alcanzar la cima de la fama popular y de la crítica literaria. A partir de aquí, tal como titula Matthey Bruccoli su biografía, su vida tendrá siempre esa Cierta grandeza épica, en la que el destino moverá sus hilos hasta llevarle al borde del precipicio, y a la caída final, pero luchando siempre para estar a la altura de las circunstancias, en esa pose con regusto a la famosa frase de Don Lockwood, el protagonista de Cantando bajo la lluvia: “Dignity, always dignity”.

Fitzgerald no será un gran innovador de la forma, de la estructura o el enfoque, a lo Faulkner o Dos Passos, y quizás no tenía la maestría de Hemingway para narrar, tal vez, pero seguramente tampoco lo buscaba, él quiere frescura, cercanía, una nueva forma de sentir y expresarse, de narrarnos su vida y su época -que el siente como nueva y confusa-, y ello lo logrará con esa sinceridad que le caracterizan, sin tapujos ni grandilocuencias, siempre directo. Su sencillez estilística será su arma para llevarnos a hacer sentir esa unión extraña que tiene el glamour y el triunfo, con la angustia y el desencanto que llevan emparejados, para empatizar desde la primera línea con su mirada. Escritura como partitura de jazz, pentagrama lleno de agujeros elegantes, disonancias, ritmo desenfrenado, calidez.

Pero es que el escritor se vio pronto, como hemos visto, en un enredo, en el que el dinero le llevó a tener que hacer más dinero, y solo supo resolver la ecuación con más y más literatura, con más trabajo, dejándose llevar, caer, porque Scott Fitzgerald es potencia, la potencia y el don natural para escribir, como dijo de él Gertrude Stein, y quemando la juventud, la revalorizada y mitificada juventud en la que había que triunfar o morir. Pero el dinero en si, el ahorro, no será la meta, no es deseo de seguridad solo material, no, él está por encima de todo ello, y así, su escapada en la Riviera francesa, sus relatos o su artículos (“bazofías”, como el mismo las llama), esconden su necesidad de `ganar´ tiempo para poder centrarse en lo importante: escribir novelas sin interrupciones, poder escribir sus grandes obras, El gran Gatsby, o más adelante, crecidos los problemas, Suave es la noche, donde verdaderamente plasmará a lo grande todo ese mundo que le rodea, donde está inmerso, ahogado de éxito primero, asfixiado de derrotas después.

Sin duda, Vargas-Llosa es exacto al llamarlo “príncipe de las letras que no llegará a rey”, pues sus vaivenes económicos y los sucesivos golpes que le llegan -como la enfermedad de su esposa Zelda, que desde 1929 estará ingresada en centros psiquiátricos, o a sus problemas con el alcohol-, le arrojaron a un destino certero, labrado a golpe de éxitos y fiesta sin fin, que le persigue, y quizás por esperado, todo en su vida y en su obra –y estos relatos que tenemos entre manos son buen ejemplo de ello-, tendrá esa sensación de provisionalidad ante lo que ha de llegar, mezcla de inconclusión y frustración, donde la vida se escapa entre las manos, donde la existencia es momentánea, a medio hacer, un dejarse llevar… Sin embargo, Fitzgerald nunca fue apocalíptico, el solo muestra los desarreglos, las disfunciones de una sociedad y un sistema, no quiere entrar en verdades absolutas, él, de forma intuitiva, detecta los problemas, quiere cambiar el mundo, pero se deja arrastrar, en una mezcla de amor-odio, por el placer y el glamour, y nos deja el recorrido de la caída al vacío entre el humor, la fiesta y la actitud cínica.

Personificación y unión perfecta de vida y obra, sí, hay que estar atentos para ir recorriendo su biografía a bocados de relato, descubriendo a la persona-escritor, esto es una constante en sus títulos, un filón inagotable, pero déjense llevar también por su maestría como cronista de un tiempo, que corre ante sus -nuestros- ojos de forma deliciosa y certera, pues su capacidad de diseccionar el mundo es un disfrute. Tenemos en estos relatos de Gallo Nero casi un documento histórico, viviendo, por ejemplo, la evolución de la sociedad estadounidense, la de los nuevos ricos y muchos pobres, la de una economía caprichosa y especuladora, o el análisis del papel de los americanos en el mundo, con todos esos rich men que tras la Primera Guerra Mundial se embarcan a descubrir y disfrutar el bello y barato Viejo Mundo, extranjeros en cualquier lugar, sin capacidad de adaptación, de cambio. Como muestra, la descripción de la Riviera francesa no tiene desperdicio, por su humor, pero sobre todo por la claridad y crítica que conllevan: “Todas las mañanas un nuevo barco cargado de americanos se desparraman por los bulevares” en ese lugar que “hace las veces de patio de recreo mundial” (págs. 54-55). Humor socarrón que no oculta melancolías y sensibilidades a flor de piel, enfatizadas por detalles en las descripciones de personajes y paisajes, que nos dejan de pronto, en sus finales abiertos, maravillados, con una risa helada en los labios, al saber del próximo tropiezo de este espíritu incandescente.

Vamos, que esto es realmente algo triste, en serio ¿no era tan divertido, cierto? No, no, lo van a pasar de miedo, el vodevil que nos narra es una genialidad de frases y situaciones, divertidísimo, por eso no hay que entrar en mucha más explicación, hay que disfrutarlo, yo solo he querido lanzar apuntes para que no olviden, que detrás de toda esa pantomima, de este escribir para sobrevivir(se), de ese escenario, está la sangre convulsa de un autor efervescente y una época convulsa de lentejuelas y sones de jazz que van a acabar estallando además de en obras maestras, en una vida truncada y mucho, mucho dolor y tristeza, porque el dinero, 36.000 dólares o 3 billones de euros, como sabemos, nos harán pasarlo muy bien, pero seguramente no nos darán la felicidad.

No digo más, pasen, y lean.

 

 

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