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Fotografía: Ana Nieto

Sexenio

Por Sonia Antón Ríos

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Los años pasan, está claro, pues acabamos de cumplir nuestro primer sexenio. Y nos congratulamos por ello, y sobre todo por seguir tan bien acompañados desde hace tanto tiempo ya.

Sexenio, hacía años que no escribía esta palabra. Acaso las primeras y únicas veces fueron allá en el 98 en las clases de historia española del siglo XIX. El sexenio liberal, aquel era el que yo anotaba en mis apuntes. Un siglo, sin duda, muy interesante políticamente hablando en nuestra historia (así, en minúsculas cercanas). Hay palabras que esperan, y de repente ¡zas!. Vuelven, y casi tienes que mirar la RAE para comprobar que esa “x” sigue ahí y no se la han cargado en la última actualización ortográfica.

Un sexenio, un lustro más uno, y muchos contenidos interesantes de la mano de la escritura y la evocación de grandes colaboradores (aquí sí pondría yo una minúscula, pero como pertenezco al minusculismo, nuestro manifiesto, aún por redactar, no nos permitimos abusar, es más, tendemos a discriminarlas, jibarizarlas, igualar todos los cuerpos).

Quienes nos siguen saben que cada año por estas fechas tomamos la excusa del cumpleaños feliz para elegir un tema y que nuestros colaboradores se vean en la tesitura encorsetada de seguir un hilo que arbitrariamente suelo elegir. (Respiración y perdón por esta frase sin puntos).

La respuesta de muchos de ellos merece que la cuente, aunque sea someramente, pues cuando a algunos les he dicho el tema de este año, si ha sido en persona, la respuesta primera que me han dado ha sido una sonrisa. “Ya tengo tema para el monográfico”. “¿Sí? ¿cuál?”. “Agujeros...”. Respuesta: “Mmm”. Y una sonrisa. Después, inevitablemente, yo pregunto: “Qué te ha venido a la mente...”. “¡Ah! Da igual, es muy diferente a lo que me acabas de decir... pero vale, participo”.

¿Cómo viene el tema de “agujeros”? Es sencillo, viendo una viñeta de Kiko Pérez en la que un borrego mira un cráter en el suelo fíjamente. Un cerdo le pregunta: “¿Qué miras?”. “Mi cuenta corriente”, responde. Así ese páramo con ese agujero tan real como antojadizo me trajo el tema. No es que sea esta una historia apasionante, solo lo hago para aquellos que siempre preguntan el porqué de todo. Agujeros por extensión no solo económicos, sino vitales, científicos, fantásticos, reales, erógenos, pintados o perforados. Agujeros de los que salimos y en los que entramos voluntariamente, o en los que caemos por descuidos, como le pasó a un amigo, mientras leía el periódico, mientras caminaba..., por una calle en obras. O los agujeros de la empresa de electricidad catalana donde cae Gurb repetidamente. Agujeros negros, agujeros en las orejas, agujeros fiscales, o esos en las casas donde están seguro las cosas que se pierden y ya no aparecen.

Los que más me gustan son: las ventanas como agujeros y los agujeros de las cerraduras, ¡oh! estos en peligro de extinción –nos queda el consuelo de las mirillas de las puertas por contra–. Las ventanas son más agujeros vistas desde fuera (ey mira de esa salen unos prismáticos y los dedos de un pie escayolado...).

Aquí nos preguntamos si nosotros estamos dentro o fuera del agujero del calidoscopio, si estamos entre los colores de priedas de colores y afuera es todo tan gris como cuentan las noticias, o bien estamos fuera y no nos queda más remedio que girar de vez en cuando este calidoscopio y reconfortarnos con historias que nos cuentan nuestros amigos. Es internet ese agujero también en el que refugiarse, o no –porque la evasión excesiva tampoco es buena, según parece–.

Pero volvamos a las ventanas, mirillas y cerraduras. Cuantas de esas nos hemos creado aquí imaginariamente (la imaginación otro excepcional agujero, ahora que lo pienso todo es susceptible de esta metáfora). Entramos por la cerradura de la habitación de un autor, un escritor, pero no es un escritor normal, es un empecinado, es un demiurgo que como un niño tozudo toma una decisión y la lleva a cabo hasta sus últimas consecuencias. Es Cervantes que quiere que su personaje se crea un caballero andante hasta su lecho de muerte. Es Italo Calvino que se ha dicho a sí mismo: “Y si cojo a un personaje del siglo XVIII, un niño, y hago que se enfade y que se suba a un árbol y ya no baje nunca nunca. ¿Qué pasaría? ¿Lo hago? ¡A que lo hago! Vaya que sí, que nunca baje, ni para declararse al amor de su vida, ni para morir, pues se marchará agarrado a un globo. Sí, voy a intentarlo”. Quizá Calvino se dijo todo esto. Pero hay más empecinados en que sus personajes tomen decisiones histriónicas, extravagantes y las lleven a cabo hasta el infinito y más allá. Es Gunter Grass y su niño que no quiere crecer. Es Crouse y su náufrago. Es Unamuno y su Manuel dubitativo. Es Kafka con su artista del hambre. Es Pirandello con Matías Pascal. Es Melville con su escribiente al que preferiría no nombrar. Es Voltaire con Cándido. Es García Márquez con su coronel. Es Flaubert con Bouvier y Pecuchet. Es Perec con su estudiante durmiente...

Y ese es mi agujero, en el que llevo tiempo metida pero sin tiempo para seguir investigando, con nombrarlos ahora mismo me conformo (indolente agujero es el tiempo). Agujero en el que me persiguen personajes que sufren los antojadizos designios de sus creadores, déspotas perseverantes, empecinados en jugar. Pero no se confundan, no quiero salir.

Ahora el lector se ha metido en el bucle de este agujero que no es presentación del nuevo número ni artículo ni nada. Si se siente ahora mismo así: sonría por favor.

Bienvenidos a un comienzo de año nuevo calidoscópico. Les deseo felices agujeros, pero no monetarios.


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