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Imágen: Rocío Gilabert

My Funny Hole

Por Salvador J. Tamayo
salvadorjtamayo.blogspot.com


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1 - Es terrible asociar las canciones de The Doors con las imágenes de un lanzallamas escupiendo napalm. Vietman. El síndrome del soldado tan sólo era la falta de su olor abrasando carne comunista. Las nuevas generaciones de guerreros se quejan: “Vosotros ya tuvisteis vuestra guerra, dadnos una música propia”. Los impulsos tenues de The XX intentan anteponerse al ruido de las bombas de aviones americanos, británicos y franceses azotando Misrata. Los informativos usan la melodía últimamente para casi todo: el gol del momento de Messi, imágenes de niños heridos tendidos sobre el asfalto valenciano, y como banda sonora de la absolución del político fascista de turno. Ay, si al menos fuese fascista.

Desde el sofá. Enlatado, apoltronado, oxidado. Echando de menos el nocomment de Euronews que pusiera Televisión Española en los noventa. El verbo latía en el labio. El reportero observa a través de la mirilla. Comienza a grabar. En el monitor interno de la cámara, unos hombres embutidos en unos tejanos, corren. Lo hacen en blanco y negro. El camarógrafo, tiene que abrir el ojo derecho para apreciar la luz, el color, y la distancia. Tiene que abrir el ojo derecho para darse cuenta de que lo que está grabando, no es una impostura. No conoce ni The End”, ni “Islands”. Sólo disparos. En Madrid, el montador pondrá la banda sonora. Qué remedio.

2 - “¡Hey tíos, tenéis que oír lo que he compuesto!” La guitarra atada al amplificador, un apéndice, atada con un cable de cobre por el que el sonido fluye a medio millón de voltios. Suenan tres acordes, tan sólo tres acordes. Sol/La/Fa. G/A/F. La batería improvisa una base con desgana. Lo hace pensando que la nueva canción es basura, basura que le encantará al resto del grupo; lo hace aterrorizado y piensa que el día que decida abandonar las baquetas, tendrá que decidir que hacer el resto de su vida. Continúa con el ritmo. Alterna bombo y charlie, castiga la caja, toque de campana al terminar cada compás y golpe seco al finalizar el estribillo. Lo que pensaba, basura. “No recojas basura del suelo” le decía su madre. A su hermana también se lo decía, la que se subía al caballo mecánico que tenían abajo de casa sin echar ninguna moneda. A él le hubiera encantado hacerlo, abrazarlo y sentir la fibra del plástico desconchado contra su cara, era un pura sangre, no podía ser de otra forma, pero no, los niños no hacen esas cosas; los niños patean balones y hacen como que van a la guerra. Veía a su hermana, amazona débil de sal sobre el caballo inmóvil y cansado, con la carita pegada al animal. Le acaricia el pelo, esculpido de esa forma tan burda. A nadie le importa el realismo que podía llegar a plantear la figura. El bajista se anima a marcar el ritmo con sus dedos, fácil, sólo tres acordes. Insultantemente fácil. La funcionaria de correos que jugaba a ser cantante en la banda, miraba al grupo en silencio, esperando tener algo que decir. La canción se alarga hasta lo punitivo, la mentira termina con el eterno solo de guitarra, y tal vez un estruendo. “Ya tenemos música” dijo la chica; “Ahora necesitamos una guerra”. Al baterista se le retorcieron las tripas y deseó romperle los dientes a todos. “¿Ahora necesitamos una guerra?”, repitió.

3 - A Chet Baker unos traficantes le quebraron algunos dientes. La heroína no se paga sola. Qué importaba. No hubiera sido una gran pérdida si no hubiera tenido que reaprender a tocar, modificar la boquilla de la trompeta, el labio confuso, la encía amputada; el genio mellado que antes de intimidar a ritmo de bop a Kerouac, Cassady y a la marica de Ginsberg, había combatido en Berlín y le encantaba Italia. Le encantaba Italia, cómo no iba a gustarle, si hasta estuvo en la cárcel dos años. Las favelas toscanas, el mármol apolillado por los siglos, el presidio mirando desde una ventana en la que se olían jazmines. Suecia, Francia, Inglaterra, y de nuevo Estados Unidos. Grabar con Miles Davis y terminar con el salto del ángel desde una habitación de hotel en Amsterdam . La gravedad no era mentira. Nunca necesitó una guerra.

4 - Se nos caían los dientes; soñábamos que se nos caían los dientes. No teníamos suficiente con despertar llenos de arañazos, y no, no me cansaré de repetir una y otra y otra vez que no, que no eras tan gata. Mirarnos al espejo y sentir el surco de la carne, como nuestra primera palabra, salida de tus manos, de nuestras manos. Siempre había alguna luz en la habitación más allá que la del despertador y la del ordenador siempre encendido. Te daba miedo la oscuridad, a mí me daba miedo ver cómo tenías miedo. No podía hacer nada salvo comprarte una lámpara pequeña y colocarla en nuestra mesilla. Te propuse que nos suicidáramos juntos, me dijiste que no; pensé que al menos lo pensarías. La noche siguiente a la que soñamos que se nos caían los dientes no pude pegar ojo. Te miraba, tenías la boca abierta. Nunca roncaste. Te miraba agotado, velándote armas, sintiendo una vez más ese agujero tan familiar, dentro de las tripas

 

 

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enero 2012©     

 

 

 

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